29 #2
—¡Papá! —gritó Soojin cuando se desplomó de rodillas en el suelo, con el rostro entre las manos.
Se meció con fuerza de adelante y atrás y dejó escapar un lamento desgarrado antes de que la voz se le apagase.
Los hombros le temblaban silenciosamente.
Por primera vez desde el jesa , su padre lloró sin parar y sus emociones eran tan crudas que el primer instinto de ella fue apartar la mirada.
Luego se arrodilló a su lado y le puso una mano en el brazo.
No tenía derecho a tocarlo. Había mentido.
Había arruinado todo. Y, sin embargo, él se inclinó hacia ella.
La abrazó y lloraron juntos hasta que no quedó nada y se sintieron vacíos y apagados, iluminados solo por la luz indulgente del árbol de Navidad.
Pasó mucho tiempo antes de que alguno de los dos hablara.
—A Mirae le encantaba la Navidad. Todo, absolutamente todo —dijo él cuando finalmente se soltaron el uno del otro.
Había dejado de llorar, pero sus ojos seguían húmedos.
Las luces del árbol se reflejaban en ellos como dorados sistemas estelares temblorosos—.
Los villancicos. La comida. Pero especialmente el árbol de Navidad.
Dios, ¿recuerdas cómo cada año, la primera noche que lo montábamos, ella arrastraba un edredón hasta sus pies para quedarse dormida mirando las luces?
—Sí —dijo ella. Aunque Soojin había dejado de hacer lo mismo en la preadolescencia, Mirae había dormido a los pies del árbol cada Navidad hasta el final.
Soojin todavía podía evocarlo: los años superpuestos de la figura de su hermana iluminada de dorado bajo el árbol, el pelo extendido sobre la alfombra mientras miraba las luces parpadeantes que, desde su perspectiva, debían de parecerle una galaxia, efervescente de estrellas.
En cada imagen mental, crecía un poco más hasta la última Navidad, en la que su árbol decorado a medias palpitaba solo, sin nadie que descansara bajo su resplandor.
—Supongo que es pronto para todo esto —dijo el padre—.
Pero a ella le gustaba tanto... Pensé que la haría volver aquí si…
—Se le aguaron los ojos. Extendió la mano y tiró de una rama del árbol—.
No sé por qué pensé que esto funcionaría.
—La rama se movió, soltando de sus agujas uno de los adornos.
Él hizo rodar la bola azul bajo el pie hasta que se rompió—. Soy un estúpido.
—Claro que no —dijo Soojin. Sabía demasiado bien hasta qué extremos ridículos puede llegar alguien al gestionar la pérdida. Su gestión solo había provocado un hogar festivo. La de Soojin había arruinado vidas.
—Sí que lo soy. Tu madre y tu hermana se reirían de mí. —Apoyó la barbilla en las rodillas y miró el resplandor del árbol. Sus ojos eran habitaciones vacías. Había algo en esa mirada vidriosa que la preocupaba. Se estaba desconectando de ella.
—No hagas esto —dijo agarrándole la manga.
Finalmente la miró
—¿Que no haga qué?
«Desaparecer de nuevo dentro de ti», pensó ella, aunque su boca dijo:
—Hacerme el vacío porque estás enfadado conmigo.
—No te estoy «haciendo el vacío» —respondió—. Solo me duele hablar. Todo me resulta insoportable.
—Entonces no hablemos del presente —dijo Soojin—. Hablemos del pasado.
—¿Sobre qué?
—Um… —Soojin miró las luces. Ahora que lo pensaba, había tantas cosas de su padre que no conocía... Él ofrecía poca información sobre su vida si no se la pedían y Soojin rara vez lo hacía—. Cuéntame cosas de mamá y de ti.
—¿Qué quieres saber?
—Uhhh…
Grandes conversadores, ambos. No parecía raro que se hubieran distanciado tan rápido tras la muerte de Mirae y de su madre. Soojin pensó en su discusión con Mark en el campo.
—¿Cómo erais cuando os conocisteis? ¿Discutíais mucho al principio? —Apenas recordaba peleas en su infancia, solo pequeñas disputas, sobre quién prepararía la cena o de qué color se pintaría el comedor, todas ganadas por su madre.
Su padre hizo un ruido profundo con la garganta, como si se preparase para la conversación.
Soojin sabía que le costaba hablar de su madre.
Que hubiera sido su fiebre la que la había enviado a buscar una medicina bajo la lluvia intensa era una culpa que le pesaba en los días buenos y lo destrozaba en los malos.
—Sí que discutíamos —dijo al fin y, para alivio de Soojin, una sonrisa vacilante le iluminó el rostro—.
Ya nos conoces. Los dos tercos como mulas.
Y tu madre podía ser muy temperamental a veces.
Pero nunca discutíamos mucho tiempo. Por muy enfadada que estuviera, encontraba humor en las cosas. Nos hacía reír.
Soojin recordó ese rasgo de su madre, cómo sus cambios de humor oscilaban, pero siempre estaban templados por el buen humor y una sonrisa generosa y brillante. Así recibió su apodo, Sunny. Un reemplazo improvisado de su nombre coreano, Sunyoung, que nadie se molestaba en pronunciar correctamente.
—Ah, pero recuerdo una pelea en particular que se alargó mucho —dijo—. Fue antes de que nacierais tú y tu hermana.
—¿Sobre qué?
—Sobre esta casa —rememoró, y golpeó el suelo de madera con los nudillos. Soojin miró alrededor, el único hogar que había conocido, con su chimenea rústica, los rincones de lectura y los amplios ventanales que dejaban entrar mucha luz en verano.
—¿Qué le pasaba?
—Que se lo propuse de repente —dijo él—.
Después de graduarnos, vivíamos en un apartamento en la ciudad y trabajábamos tantas horas que al llegar a casa estábamos demasiado cansados para hacer nada.
Aun así era una buena vida, pero tu madre y yo soñábamos con mudarnos a algún lugar bonito y grande antes de formar una familia.
No eran más que fantasías. «¿Y si...?», «¿adónde irías si pudieras? ».
—Y entonces lo hicisteis —dijo Soojin cuando su padre se sumió en sus pensamientos y dejó de hablar. Sus ojos se fijaron de nuevo en ella, como si acabara de recordar su presencia.
—Sí —dijo—. Y entonces lo hicimos. Tu madre volvió un día del trabajo furiosa por algo indecente que había hecho un superior.
Recursos Humanos ni se había inmutado, así que ella renunció sin más.
Recuerdo haber pensado: «Si existe un momento perfecto para hacer realidad nuestro sueño de irnos, es este».
Había recibido una cantidad decente de dinero de la herencia de mi abuelo.
Pensé que nunca volvería a dejar que estuviera en un lugar donde se sintiera pequeña.
»Así que le pedí ayuda a tu tío y busqué una casa económica.
Esta fue la que encontramos. —Golpeó el suelo de nuevo—.
Llevaba décadas vacía. Un verdadero proyecto.
Llena de excrementos de roedores, madera podrida y hiedra por las paredes.
Pero sabía que tu tío y yo podríamos convertirla en algo especial.
Cuando finalmente sorprendí a tu madre con ella, la casa ya era hermosa.