29
Pasaron los días, luego vino una semana que pronto se convirtió en dos.
Padre pidió unos días en su trabajo en Bragg Hills y los pasó todos, desde el primer rayo de luz hasta la noche, buscando a Mirae.
Soojin también lo hacía los días que no tenía que ir al instituto, donde se pasaba las clases disociada, mirando por las ventanas golpeadas por la lluvia, ignorando la mirada herida de Mark.
Dejó el trabajo en el bar y los fines de semana salía a rastras de la cama en cuanto escuchaba pasos abajo.
Con los ojos vidriosos y agotada, seguía a su padre hasta el coche antes de que él pudiera rechazarla.
Su presencia nunca era bienvenida, pero sí tolerada, y juntos conducían hacia la luz lavanda del amanecer.
Desde el jesa , él apenas le había dirigido la palabra, pero, al fin y al cabo, ¿por qué iba a hacerlo?
Ella lo había traicionado y ahora él empleaba toda su energía en suplicar silenciosamente al paisaje que pasaba veloz por la ventanilla que le devolviera la imagen de su hija mayor ante los faros del coche.
Las manos siempre fijas en el volante, los ojos, en la carretera.
A veces daban vueltas alrededor de la residencia de los Silas, de la que se rumoreaba que estaba encantada; de la floristería en la que trabajaba Mirae cuando estaba viva, en la que el fantasma de su imagen aún colocaba ramos con meticulosidad en la mente de Soojin.
Otras veces iban a la escuela, donde, no hacía mucho, Mirae se había arrodillado frente a su taquilla con sus propias condolencias sostenidas contra el pecho.
Pero en la mayoría de las ocasiones, como ahora, aparcaban en los senderos de la montaña y emprendían el arduo y resbaladizo camino hacia el río Black Pine para peinar en la oscuridad sus orillas pedregosas en busca de un atisbo del largo pelo negro.
Nunca la llamaban por su nombre. En su lugar, ella gritaba «Unnie» y su padre, «por favor» o «vuelve a casa» al viento azotador.
Pero hoy, la compostura de su padre, tensa como un hilo, se había roto y Soojin observó horrorizada cómo llamaba a su hermana por el nombre.
—¡Mirae! —gritó y el corredor de árboles, el río que corría rápido, el cielo cargado de nubes parecieron atrapar el sonido. «Mirae», resonaba su voz. «Mirae. Mirae»—. Vuelve a casa.
—¡Papá! —siseó Soojin, deslizándose hacia él por las orillas resbaladizas—. ¿Qué estás haciendo?
Él se apartó como si ella fuera un obstáculo en su camino. Mantuvo los ojos fijos a lo lejos y volvió a gritar el nombre de su hija mayor. El sonido se expandió y se fragmentó en la garganta del valle, haciendo que un grupo de pájaros alzara el vuelo desde sus ramas.
—¡Mirae! ¡Han Mirae!
—Podría oírte alguien —rogó Soojin. No dijo: «Ya no responde a ese nombre». No dijo: «Se ha perdido y yo también».
Finalmente, él giró los ojos hacia ella, lentamente y con esfuerzo, como si no pudiera soportar contemplarla.
Era la primera vez que dejaba que su mirada permaneciera en ella, y eso parecía dañarlo físicamente.
Volvió la espalda de inmediato, con los hombros encogidos como si quisiera desaparecer.
Empezaba a lloviznar y el gris claro de su camisa se empapó hasta convertirse en pizarra.
—¿Qué importa? —dijo, tan desolado que su voz parecía carente de emoción.
Ella lo había oído así antes, apático, vacío, en los raros momentos en los que hablaba.
La estremeció un miedo profundo—. Aquí no hay nadie.
—Gesticuló vagamente hacia el paisaje, el río indiferente y los árboles enloquecidos por el viento—.
Ni los vecinos. Ni tu hermana. No está en ninguna parte. No hay nadie que me escuche.
El tono de su voz la asustó. Su padre se estaba consumiendo. Apenas había dormido desde el jesa y casi no había comido. Se pondría enfermo si continuaba así.
Soojin intentó tomarle la mano, pero sus dedos permanecieron flojos en los de ella.
—Vamos a casa, papá. Necesitas descansar. Solo un poco, ¿vale? —Empezaba a llover con más fuerza. Qué rápido cambiaba ahora el tiempo en Jade Acre. Un síntoma de su hermana. Un día claro que se convertía rápidamente en un diluvio. La lluvia golpeaba en staccato la superficie del río.
Negó con la cabeza y se apartó de ella, dando un paso tembloroso hacia atrás.
—¡Papá, para! ¡Para ya! —Soojin lo rodeó, con los brazos abiertos, bloqueándole el camino.
Se estremeció al mirarla y su expresión fue como una flecha.
No podía hacerle esto de nuevo. Este acto de desaparición emocional—.
Por favor, vamos a casa. Necesitamos descansar.
Tenemos que esperar a que pase esta tormenta y luego la encontraremos. ¿De acuerdo?
Él se quedó inmóvil un momento hasta que un relámpago lejano lo sacó de su ensoñación. Empezó a caminar sin tomar la mano que ella le había tendido. Soojin lo siguió mientras se alejaba sin palabras del río desbordado y de la sombra amenazante del puente de vigas.
Cuando llegaron a casa, estaban temblando y empapados, sin energía para hacer nada al respecto. En su lugar, se sentaron cerca de las amplias ventanas que daban a la cabaña y se dedicaron a contemplar la lluvia torrencial golpeando el pasamanos del porche, deseando que parara.
Soojin echó un vistazo a su padre. Parecía peor que durante la cremación de Mirae.
Las mejillas se le habían hundido aún más y la piel pálida bajo los ojos parecía teñida de un degradado púrpura desde el conducto lagrimal hasta el pómulo.
Ahora miraba al exterior sin interés, con un rostro flojo y desapasionado, y Soojin comprendió que su búsqueda frenética era lo único que lo mantenía alejado del colapso completo que había sufrido tras el accidente de su madre.
Aquellos largos meses de mirar al vacío, comiendo solo lo que Mirae le traía con sus manos infantiles.
No podía volver a eso. Soojin no podría soportarlo si lo hiciera.
—Papá —dijo sentándose a su lado. Una de sus manos estaba apoyada contra el cristal y dejaba el contorno fantasmagórico de los dedos extendidos.
Él no respondió—. Appa. —Le tiró de la manga.
Olía a tabaco y zarzas. En algún momento entre el jesa y el presente había vuelto a fumar y su olor se había vuelto extrañamente desconocido.
Estaba a punto de sacudirlo cuando se levantó de repente y casi la hizo caer. Sus ojos se volvieron tan salvajes que Soojin miró hacia fuera, medio esperando que Mirae estuviera allí, en la lluvia.
Nada.
—¿Qué pasa? —preguntó Soojin. Lo siguió mientras corría hacia la puerta y, de camino, tomaba el impermeable del perchero y se lo echaba sobre los hombros—. ¿Adónde vas? ¡Es peligroso estar ahí fuera!
—Quédate aquí —ordenó antes de cerrar de golpe la puerta. Ella se quedó observando, atónita, cómo los faros se alejaban y se perdían tras una curva.
Pasó una hora antes de que viera regresar esos ojos brillantes a través de la penumbra y, para entonces, ya estaba a medio camino de un ataque de ansiedad.
Su padre forcejeaba con algo casi tan alto como él dentro del coche.
Soojin no podía distinguirlo claramente a través de la lluvia, pero el corazón casi se le detuvo al ver cómo arrastraba algo flácido por el suelo.
Mirae. Corrió hacia la puerta, la abrió de golpe y gritó el nombre de su hermana al viento.
Él llegó al porche y gruñó mientras subía por los escalones lo que sostenía. Solo entonces vio que no era un cuerpo.
Empapado por la lluvia y con muchas de sus agujas perdidas, se trataba de un pino escuálido y castigado por el tiempo. No dio explicación alguna sobre su procedencia y lo arrastró junto a la chimenea. Parecía un perro mojado.
—Papá, ¿qué haces? —susurró Soojin.
Él se quitó la chaqueta, aún brillante de gotas de lluvia, y corrió al sótano.
Soojin permaneció paralizada mientras los pasos bajaban la escalera y luego retumbaban de vuelta.
Sostenía una caja con la etiqueta «Christmas» en sus brazos.
La dejó al pie del árbol. Soojin oyó crujir algunos de los delicados adornos en su interior.
Sin hacer caso, su padre la abrió, sacó una base roja para el árbol y colocó el pino sobre ella.
Luego salieron de la caja largos tramos de guirnaldas.
Rubí, oro y plata. Volcó a sus pies una caja de zapatos con adornos.
Luces en cadena. Una estrella LED con las pilas gastadas para la punta del árbol.
Entonces, como poseído, empezó a decorar.
Durante un rato, Soojin se limitó a observarlo colocar guirnaldas y tres calcetines sobre la chimenea.
Pero cuando su frenética energía se centró en el árbol, ella se unió.
Envolvieron el pino en tres colores de guirnaldas y luces.
Muchos de los adornos de cristal se habían roto, pero salvaron los de plástico, como los bastones de caramelo, los gnomos con nieve falsa y los angelitos bebés sin un ala o sin las dos.
Decoraron cada centímetro del pequeño árbol hasta rozar lo esperpéntico y, finalmente, cuando terminaron, su padre se inclinó para pulsar el interruptor.
Las luces se encendieron en un estallido verde chillón, y Soojin sabía que alternarían a rojo, blanco y oro en intervalos rítmicos y pulsantes.
Dio un paso atrás, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, y volvió su atención absorta hacia la puerta.
—Por favor —susurró él entre dientes. Las bombillas le delineaban los hombros con un resplandor enfermizo, de tono radioactivo.
Apretó los puños, temblando. ¿A quién estaba suplicando?
Todo lo que Soojin podía oír eran sus propios jadeos entrecortados y la lluvia que finalmente empezaba a ceder.
Luego, como si escuchara algo, los pies lo llevaron vacilante hacia la puerta.
Un paso adelante. Otro... Y entonces, un peso invisible pareció asentarse sobre su espalda y lo obligó a arrodillarse. Un plegarse lento y laborioso.