El río sabe tu nombre 28 #2
76%

28 #2

—Pero ahora está aquí, lo que significa que puedo resolver esto con ella.

No puedo… Mi hermana merece vivir —dijo Soojin—.

No conoces a Mirae. Siempre ha sido tan buena.

Ella… —La garganta le ardía, pero se obligó a continuar—.

Después de que mi madre murió, mi padre dejó de funcionar.

No podía trabajar, no podía cuidarnos… Simplemente dejó de hacerlo.

¿Sabes quién se convirtió en mi padre durante esos meses, Mark?

—Su mente recorría recuerdos. Su hermana, apenas un año mayor que ella, asegurándose de que comiera.

Cenas sencillas de arroz, kétchup y huevos, en completo silencio, mientras su padre deambulaba por la habitación que ocupaba solo.

¿Cuántas veces se había dormido Soojin en la cama de Mirae, como una niña llorona y desvalida?

Se dio cuenta de que había convertido a su hermana en su madre.

Una verdad insoportable y vergonzosa. Mirae, que apenas tenía once años.

Que ni siquiera podía alcanzar los armarios sin subirse primero a un taburete.

Pero ¿a quién podía recurrir Mirae cuando Soojin ya estaba consolada y dormida y la puerta de su padre permanecía cerrada?

La imagen de Mirae sentada en una casa oscura después de que terminaran los quehaceres del día amenazaba con abrumarla.

Soojin se frotó los ojos con fuerza para despejar el pensamiento y, al volver a levantar la vista, sus ojos se toparon inmediatamente con los de Mark.

La ira, incandescente y largamente contenida, salió a la superficie. El cambio en su expresión pareció hipnotizarlo. Soojin estaba asustada y dolida y quería hacer daño a cualquier cosa a su alrededor.

—Pero tú no podías saberlo, ¿verdad? Porque no estabas allí.

—Soojin…

No le dejó hablar.

—Después del accidente de coche, nos evitaste como si estuviéramos cubiertas de muerte.

Como si fuéramos a contagiártela. —Se limpió los ojos—.

¿Sabías que una semana después del funeral de mi madre llamé a Patitas en Paz para preguntar a tu padre si podía hablar contigo?

Solo quería escuchar tu voz. Estaba cansada de oír a mi padre llorar todo el día.

Mirae se encerraba en el baño y no salía durante horas. ¡Me sentía tan sola, Mark!

Él parecía querer desaparecer.

—Tu padre dijo que no estabas y que me llamarías después. Pero estabas allí. Lo sé porque te oí susurrar «no estoy». Te necesitaba y me dejaste atrás con toda facilidad.

Ya no importaba que esto fuera una distracción, un intento desesperado de cambiar de tema. Soojin necesitaba decirlo. Los años de fingir que su abandono no le había dolido, que nunca había significado lo suficiente como para molestarla, se desvanecieron. Le había importado y la había cambiado.

—Joder, qué estúpida soy —jadeó.

Parecía que Mark quería hablar, pero todo lo que pudo hacer fue formar con los labios un espectro de la palabra «perdona». Su disculpa era queroseno y ella, incendiaria.

—¿Por eso has estado haciendo esto? ¿Porque lo sientes? Estos meses conmigo y con mi hermana, llevándonos aquí y allá en tus estúpidas salidas nocturnas. ¿Todo esto era solo para redimirte? ¿Algún tipo de proyecto caritativo?

La respiración le salía entrecortada, tartamudeante. Nunca se había sentido así antes, tan asustada, enfadada y humillada.

—¿Y ahora quieres que la devuelva? Es todo lo que tengo.

Soojin se dejó caer de rodillas entre la hierba alta para ocultar las lágrimas que empezaban a brotar.

El muhly se elevaba sobre ella, brindándole un breve resguardo.

Todo quedó en silencio un momento, antes de que la hierba se moviera y Mark quedara a la altura de sus ojos.

Sus pupilas estaban dilatadas. Tenía miedo.

Ella lo estaba asustando. Pero también estaba avergonzado.

—No te voy a mentir —dijo él—. Al principio, todo lo que hacía era porque me sentía culpable.

Nunca me he perdonado por haber sido tan ruin después del accidente de tu madre.

Todavía lo siento. —Su voz imploraba—. Pero era un niño.

No estaba listo para la muerte. Era algo demasiado grande y dejé que eso me impidiera estar ahí para ti.

Necesitaba otra oportunidad para ser un buen amigo.

Quería demostrarme a mí mismo que podía.

Por primera vez, Soojin sintió que lo veía como una persona real.

En esos meses, Mark había sido una caricatura dorada.

El chico del jardín, que insuflaba vida a flores moribundas.

El chico que amaba a los animales, incluso cuando los quemaba.

El hijo perfecto, el amigo perfecto, amable y bueno en todos los sentidos.

Pero a Mark Moon no le había sucedido nada verdaderamente traumático.

Era fácil ser bueno bajo las circunstancias adecuadas.

Su amorosa madre, su alegre y bullicioso padre, el resto de su animada familia, que venía a Jade Acre cada verano: vivos, vivos, todos estaban vivos.

Su vida era amable; todo se hallaba dispuesto para conservar sus bordes suaves.

Un lujo que ni ella ni su hermana habían tenido.

Y ahora lo veía de verdad, su inseguridad. Una necesidad profunda de reparar esa fachada inmaculada, aunque solo fuera para él mismo.

—Pero ya no es así. Estoy aquí porque me importas.

—Su voz adquirió un tono desesperado—. Me preocupo.

Por ti y por tu hermana. Esto no puede ser bueno para su…

—se trabó buscando las palabras antes de decir finalmente—: su alma.

—Luego señaló el pecho de Soojin, donde los moratones empezaban a extendérsele hacia las clavículas—.

Y obviamente a ti también te está afectando que ella esté aquí. Las cosas no pueden seguir así.