28
Les llevó casi tres horas llegar a su destino.
Por algún acuerdo tácito, Mark y Soojin fingieron que todo era normal.
No mencionaron ni una sola vez el agua, la rata despojada de piel ni la hermana fantasmal desaparecida.
En cambio, se dedicaron a cotillear sobre los compañeros de clase, quién salía con quién, y, una vez que agotaron ese tema, hablaron del tiempo.
Cuando la charla trivial se volvió insoportable, Soojin se apoyó contra el cristal con mosaicos de insectos para contemplar el paisaje que pasaba veloz.
Afuera, los bosques densos daban paso a campos abiertos salpicados de caballos pastando.
Los esqueletos de acero de los tendidos eléctricos se sucedían en el horizonte, transportando cables entre pueblos lejanos.
Cuando Mark finalmente se detuvo al borde del camino, habían llegado a un lugar tan rural que parecía olvidado por el tiempo. No había nada en esas llanuras salvo algunos árboles dispersos y un granero abandonado y deteriorado cubierto de grafitis desvaídos. Pero los campos…
Soojin contuvo la respiración y se olvidó momentáneamente de todo mientras absorbía la escena.
Ante ella se extendían hectáreas de hierba salvaje, tan alta como su torso, que ondeaba en todas direcciones como un mar de algodón rosa. Alcanzó una brizna y se maravilló ante la suavidad de los mechones que coronaban cada tallo. Un valle de cuarzo rosa. No sabía que existiera hierba de ese tono.
—Se llama muhly rosa —dijo Mark mientras se le unía al borde del campo. Le brillaban los ojos esperando su aprobación—. Bonito, ¿eh?
—Mark, esto es… —Le faltaban las palabras. Campos rosados ondulando bajo un cielo cerúleo perfecto; parecía un sueño y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió reconfortada—. No sé qué decir.
Mark, aliviado, le tendió la mano. Ella la tomó y juntos se adentraron en la hierba que les llegaba hasta la cintura.
Era un día cálido, quizá el último día realmente cálido de la temporada, y parecía que todos los seres vivos estaban decididos a disfrutarlo.
Los gordos abejorros volaban con lentitud.
Un ciervo joven pastaba a lo lejos, moviendo las orejas sobre el matorral.
Y, por supuesto, Soojin y Mark eran los únicos humanos a kilómetros, que avanzaban por aquel paisaje sonrojado hablando decididamente de cosas ordinarias.
—Entonces, ¿qué crees que harás? Después de graduarnos, quiero decir —preguntó Soojin. Mark, que por la mañana estaba tan ansioso por ponerse en marcha, parecía ahora distraído.
—La verdad, con todo lo que ha pasado en los últimos meses, no lo he pensado mucho —dijo él—. Supongo que me tomaré un año sabático. Me quedaré en Jade Acre y ayudaré a mis padres con el cementerio mientras decido qué hacer después. Quizá una diplomatura. Quizá una FP... No lo sé.
Sonaba tan indeciso que a ella le dolió un poco. ¿Habría provocado ella eso? En el caos de su cercanía, ¿lo había apartado de su propia vida?
—¿FP para servicios funerarios?
—Quizá. —Se encogió de hombros—. Pero me preocupa que, si tomo ese camino, mis padres me convenzan para hacerme cargo del cementerio por ellos. Que parezca como que me caso con el lugar, ¿sabes? Patitas en Paz, Jade Acre…, todo eso. No quiero sentirme atrapado.
—Pensé que no te importaba.
—No me importa. No me malinterpretes. Es agradable ayudar a las familias a dejar ir, ¿sabes?
—Aunque sus palabras no eran desagradables, Soojin se sintió herida de todos modos.
Milkis, cuya cola solo a regañadientes le había dejado quemar.
La hermana que no dejaba ir, sin importar lo que Mirae hubiera hecho o pudiera hacer aún.
Como si percibiera su incomodidad, él cambió de tema rápidamente.
—¿Y tú? ¿No ibas a hacer la preinscripción a la universidad en primera convocatoria? ¿A cuáles te has presentado?
—A ninguna —dijo ella.
—Ah. ¿Has decidido presentarte a la convocatoria extraordinaria?
—He decidido no presentarme a ninguna. —A su lado, Mark se detuvo. Todavía estaban cogidos de la mano y el movimiento de ella al seguir le hizo tensar el brazo. Se volvió hacia él—. ¿Qué pasa?
—Nada, lo siento. Es solo que… pensé que era tu sueño, eso es todo. Ya cuando teníamos diez años, Mirae y tú siempre hablabais de ir juntas a la Universidad de San Diego. Vivir en una residencia, ir en bici a clase. Dejar Jade Acre para siempre, cosas así.
Tenía razón. Ese había sido el plan: Mirae iría primero y, durante ese primer año, conocería el terreno.
Para cuando Soojin se inscribiera, Mirae habría encontrado un apartamento de estudiantes que compartirían.
Soojin se saltaría la residencia y se mudaría directamente con su hermana en su primer año.
Le había hablado a Mirae sin cesar sobre todo lo que quería que hicieran juntas.
Surf en la playa de La Jolla, un año de estudios en Seúl...
—Por si no lo has notado, me han pasado muchas cosas desde que tenía diez años —dijo—. ¿Por qué tiene que ser tan importante? Tú también te tomas un descanso. No tienes planes.
—No es importante. Solo que siempre me ha parecido que querías irte de aquí. Supuse…
—Eso era antes —dijo ella. La palma de él se había humedecido un poco.
Soojin apartó su mano de la de Mark y se la limpió contra el vestido.
Un largo silencio se extendió entre ellos, interrumpido solo por los penachos de muhly rosa rozándose lentamente.
Arriba, el cielo, que había sido tan claro, comenzaba a cubrirse con densas nubes grises—. Ya no sé lo que quiero.
Mark frunció el ceño deliberadamente y, con cautela, preguntó:
—Esto no se trata de ti, ¿verdad? Se trata de Mirae.
—¿Por qué iba a ser así?
—Te sientes culpable por haberla traído de vuelta para ahora irte —dijo—. Te sientes responsable de ella.
Ella no tenía nada que decir a eso.
—No es justo, Soojin —dijo Mark—. No es justo contigo y tampoco con Mirae. Ella querría que vivieras tu propia vida. No puedes cargar su recuerdo con… —Gesticuló en el aire, buscando las palabras adecuadas—. Con clavar un clavo en su pecho y colgar tu vida de él.
—¿Recuerdo? ¿Por qué hablas de ella como si se hubiera ido?
—¿No es así? —Se pasó la mano agitada por el pelo y abrió y cerró la boca en silencio antes de decirlo finalmente—. Por eso has venido hoy a mí, ¿verdad? Se ha ido y quieres que te consuele.
—Nunca he dicho que se haya ido.
—No hacía falta. Tu cara lo decía todo.
Soojin odiaba la forma en que la miraba, con tanta compasión que le daban ganas de golpearlo. ¿No había sido Mark quien sugirió que se fueran lejos y fingieran que todo estaba bien? Estaba rompiendo su acuerdo tácito.
—Está bien. Cuando me desperté, Mirae había desaparecido. Pero la encontraré. La traeré de vuelta a casa, ¿vale? ¿Podemos dejar el tema?
—No. Lo siento, pero no podemos —dijo Mark dando un pequeño paso hacia ella.
El muhly se agitaba violentamente a su alrededor.
¿Cuándo se había vuelto tan salvaje el clima?
—. Soojin, ¿podemos dejar de fingir? Sabes que tu hermana ha matado a los Silas.
Ha matado a tu rata. ¿Por qué te niegas a hablar de eso?
—¿Qué quieres de mí, Mark? —dijo ella, con una voz tenue—.
¿Quieres que lo diga? ¿Es eso? —El viento le azotaba el pelo.
Él la observaba, embobado, esperando. Ella se mordió el interior de la mejilla hasta que el sabor del hierro le inundó la boca.
Le costó formar las palabras, pero logró hablar—: Mi hermana los mató y no sé por qué, ¿vale?
Sé desde hace tiempo que algo no va bien respecto a ella.
—Un ardor intenso le quemaba detrás de los ojos—. ¿Estás contento?
Él no respondió.
—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Vas a ir a la policía? Qué lástima que Silas no esté allí para redactar el informe del incidente, ¿verdad? ¿Vas a denunciar a una chica ahogada por asesinato? —Se reía. ¿Por qué se reía?
—Por supuesto que no —dijo suavemente tendiéndole la mano. Soojin no la tomó
—¿Qué quieres, entonces? —exclamó, dejando de lado la falsa ligereza en su voz.
Mark se pasó los dedos nerviosamente por el pelo y deliberó durante un largo momento antes de hablar.
—He estado pensando mucho en dientes.
—¿Dientes? —dijo ella con tono plano, pero él no se inmutó.
—Sí. Su diente de leche es lo que has usado para resucitarla, ¿verdad? Entonces, si encontrases la manera de sacarlo…
—Podría destruirla —murmuró ella al mismo tiempo que él—. Podría descansar.
Soojin dio un paso atrás para alejarse de él. Sobre ellos, el cielo se agitaba y una luz blanca brilló más allá de las nubes.
—¿Qué has dicho? —La voz apenas se le escuchaba sobre el viento.
—Tienes que deshacer este hechizo, Soojin. Sé que puedes. —Tenía la mirada firme, pero parecía inseguro. ¿Por qué la miraba así? Como si temiera su respuesta, como si no estuviera pidiéndole que renunciara a todo. Ella ya había renunciado a Milkis a petición suya. ¿Cómo podía pedirle más?
—¿Hablas en serio? —preguntó—. Piensa en lo que me estás pidiendo ahora mismo. ¿Quieres que mate a mi hermana?
Él negó con la cabeza lentamente. Ella parecía tan tan triste. La ansiedad le nublaba la visión. Soojin se golpeó la sien con la mano en un intento de despejarse la mente. ¿Por qué le estaba haciendo esto?
—No puedes matarla, Soo. Nadie puede. Hace un año que… se ha ido.