El río sabe tu nombre 27 #3
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27 #3

Mark acercó la caja hacia Soojin y, aunque ella la tomó, mantuvo los ojos furibundos fijos en su rostro.

El rugido de la maquinaria del horno le resonaba en los oídos, pero el silencio que los envolvía llegaba a anularlo.

Cuando Soojin finalmente reunió la suficiente determinación como para mirar, mirar de verdad a su rata, él vio un remolino de emociones cruzarle el rostro.

Primero horror, luego confusión, ira, amargura.

Iba a hacerlo, pensó. Iba a salir de allí, destruir el cuerpo y enterrar el hueso.

Un ciclo interminable. Su deseo encadenando a este animal para siempre.

Pero en vez de eso, devolvió la caja a los brazos de Mark. Él pudo ver lo alterada que estaba por el rubor en las mejillas, los ojos vivos. Pero ahora estaba más cerca de la desesperación que de la ira.

—Está bien —exhaló—. Está bien. Hazlo. —Luego se hundió en el suelo de hormigón como un papel plegable, con las manos cruzadas sobre el vientre en gesto de protección.

Mark colocó la caja sobre la cinta y presionó el botón que abrió la puerta metálica.

El pequeño féretro del animal fue arrastrado al calor rugiente del horno.

Una serie de recuerdos lo asaltaron entonces.

La rata acicalándose, como un felino, sobre la cama de Soojin o reclamando golosinas.

Recordó hasta que la puerta del horno se cerró y se llevó al roedor de este mundo para siempre.

Mark podía ver, más que oír, los sollozos de Soojin. Los hombros le temblaban y se balanceaba en un intento desesperado por calmarse.

Se arrodilló a su lado y le apartó los brazos del cuerpo. Pensó que iba a reprenderlo, que se apartaría, pero no lo hizo. Le dejó rodearla con los brazos mientras lloraba y, así, esperaron a que el animal de muchas vidas se convirtiera en ceniza.

Soojin dijo algo que Mark no pudo escuchar sobre el ruido del horno.

La miró, iluminada por la luz parpadeante de la maquinaria.

Ya no lloraba, pero le brillaban surcos de lágrimas en las mejillas húmedas.

Lo que no pudo oír, trató de leerlo en el movimiento de sus labios.

«Maldición» fue la única palabra que logró discernir.

El horno entró en calma, y el animal era tan pequeño que no tardó más de veinte minutos en desaparecer.

—No tienes una maldición —dijo cuando la sala finalmente quedó en silencio, pero había oído mal. Ella negó con la cabeza.

—No, yo soy la maldición —dijo con convicción y jugueteó con sus vendajes manchados hasta que se deshicieron. La piel quemada de debajo brillaba por el ungüento y había comenzado a ampollarse—. Nada que se acerque a mí sale indemne. Mi padre. Mi hermana. Incluso mi rata. Quererme es una maldición.

Mark sabía que eso no era cierto, pero negar aquello de lo que ella ya se había convencido era inútil.

Sabía lo inamovible que era en su dolor.

Cuando Soojin se desesperaba, se desesperaba por completo.

Y ahí estaba, con los hombros encogidos, haciéndose pequeña.

Podía ver lo cerca que se encontraba de rendirse.

No parecía haber nada adecuado que decir, así que dijo lo único que se le ocurrió.

—Esto apesta.

Ella se tensó, como sorprendida de lo insuficiente que resultaba «apesta» para describir su situación.

Un sonido sorprendido como «oh» se le escapó y luego una risita floja.

Pareció como si una aguja acabara de pinchar el aire entre ellos y la tensión acumulada se hubiera disipado.

De pronto, se vieron inclinados en una carcajada aturdida e indefensa.

Se derrumbaron uno sobre otro hasta que la intensidad de la emoción los recorrió por completo.

Cuando finalmente todo se calmó, estaban sin aliento, arrodillados sobre las baldosas con las frentes pegadas.

—Venga. Vámonos —dijo él cuando recuperó el resuello. Se levantó y se dirigió al pasillo, donde tomó del gancho la llave del coche antes de seguir su camino.

—¿Adónde? —preguntó Soojin. Echó un vistazo al horno, en el que los restos de su mascota de toda la vida despedían vapor, antes de dejar que la puerta se cerrara tras ella.

Afuera, el aire fresco de la mañana olía a verde y a vegetal. Mark caminó hacia su coche, abrió la puerta del pasajero y señaló su cara confundida.

—Escucha. Estás hecha un desastre. Yo también. Nuestras familias están histéricas. Todo apesta y no puedo respirar. —Decía la verdad. De repente, era tan difícil respirar en ese pueblo empapado como en un acuario—. Así que salgamos un momento. Solo nosotros dos. ¿Sí?

Soojin se miró los pies. Una hierba asomaba por una grieta en el cemento que había entre ellos.

—Mi padre me dijo que no saliera de casa sin él. Estoy más que castigada. Ni siquiera debería estar aquí.

Mark se desinfló.

—Entonces te llevaré a casa —dijo. Pero ella se adelantó y se metió en el coche de manera vagamente desafiante.

—Pero ya estoy aquí, así que, qué más da —dijo Soojin cerrando la puerta.

Él, animado, se sentó al volante, activó el arranque y la miró. El motor rugía debajo de ellos.

«Podría enamorarme de ti totalmente», pensó mientras compartían una sonrisa frágil y desolada. «Algún día te lo diré».

—¿Lista? —preguntó.

—Sí.

El coche se alejó del crematorio echando humo, pasó por el grupo de tumbas de mascotas donde las familias colocaban pelotas de tenis y juguetes de masticar sobre las lápidas y siguió hasta el límite del pueblo y más allá.