27 #2
«Algunos dicen que la única manera de detener la aparición de un fantasma del agua es salvarlo», le había dicho su madre después de que Claire y Joe Silas aparecieran muertos en su casa.
Se le cayó el alma a los pies. «Mirae», pensó, pero no se atrevió a decirlo. No cuando Soojin parecía tan frágil como ahora. Cerró la tapa y se hizo cargo de la caja.
—Ven conmigo —dijo tomándole con cuidado una de las manos heridas. Quizá era el shock lo que la aturdía, pero Soojin se dejó guiar, con la mirada desenfocada y vidriosa.
Sobre ellos, el cielo finalmente desprendía su luz temprana color albaricoque.
Iba a ser un día de claridad asombrosa. Por todo Jade Acre, los vecinos estarían abriendo de par en par las ventanas tras semanas de lluvia.
«¡Es una mañana gloriosa!». Con el reciente funeral de dos figuras emblemáticas del pueblo ya olvidado, habría risas.
La gente tomaría helados. Las playas de guijarros se llenarían de familias extendiendo toallas coloridas y persiguiéndose por la orilla, intensamente vivas, aunque solo fuera por un momento.
Mark se sentía a millones de kilómetros de todo eso conduciendo a Soojin hacia la cámara de cremación.
Dijo un silencioso adiós en su mente mientras se preparaba para colocar a la rata, caja de zapatos incluida, sobre la cinta que la llevaría al horno.
Pero Soojin lo detuvo poniéndole una mano sobre el hombro.
—Mark, espera —dijo y le mostró la palma. Un moratón como un brazalete negro le rodeaba la muñeca. Lo atravesó una punzada de preocupación que debió de reflejársele en el rostro, porque ella se ajustó rápidamente el puño del suéter para ocultar la mancha.
Él se detuvo sosteniendo la caja en el aire.
—La cola —dijo Soojin—. Necesito la cola para traerla de vuelta.
Mark se volvió para mirarla, aún con la caja en la mano. La mano de la chica seguía alzada, esperando por el pedazo de hueso para volverlo a enterrar. A él se le escapó una breve exhalación de incredulidad. No había pretendido hacerla evidente, y vio una expresión de incomodidad en ella.
—¿Hablas en serio? —le preguntó, en voz baja. No podía imaginar lo que ella sentía, pero, para él, nada de aquello estaba bien—. No creo que sea buena idea, Soo.
—Pero lo necesito. No es justo que su última vida termine así —dijo, acercándose a él—. Solo una vez más, Mark. Le daré una última vida buena y luego podrás llevártela de verdad. ¿De acuerdo?
La desesperación en su rostro lo hirió. Dio un paso atrás y levantó la tapa de la caja.
El olor a podredumbre salió con fuerza al apartar el paño con un dedo para buscar la cola cortada, pero, primero, encontró el cuerpo de la rata.
Milkis yacía dentro, corroída y apestando, con la boca abierta congelada en un grito truncado.
Había visto muchos cuerpos de animales en su vida, pero nunca uno así.
¿Quién podría decir que la rata querría otra vida después de esto?
Un renacer sin voluntad. ¿Cómo iba a ser eso lo mejor para el animal?
Cerró la tapa de la caja.
—Soojin —dijo—. No puedo.
A ella se le descompuso el rostro. Mark odiaba tener que ser quien le provocara esa expresión. Permanecieron en un silencio tenso hasta que ella habló finalmente.
—¿Por qué no? —Soojin intentaba mantener la voz firme, pero aun así la traicionaba un temblor.
No, no solo la voz le temblaba. Su cuerpo también lo hacía.
Sus manos, cerradas y ligeramente temblorosas, eran como las de alguien tratando de despertar de una pesadilla.
¿Qué había presenciado para que su cuerpo la castigara así?
Mark quiso dejar la caja y abrazarla, pero no lo hizo. Si no se mantenía firme, si ella seguía insistiendo, podría acabar cediendo. No podía ceder en esto.
—No puedo. Si quieres traer de vuelta a Milkis, encuentra otra manera de deshacerte del cuerpo. Lo siento. Esto no está bien.
—¿No está bien? —Exhaló lentamente mientras apretaba la mandíbula como si intentara controlar su rabia.
Falló. Perdió los estribos. Le dio un fuerte golpe con la mano en el pecho—.
¿Quién eres tú para decirme lo que está bien y lo que no?
—Su voz retumbó por la cámara de cremación—.
¡Milkis es mía, Mark! ¡Es mi rata! —Sus ojos brillaban de ira.
Él prefería esto. Podía lidiar mejor con su ira que con su tristeza.
—¿Y eso te da derecho a hacer lo que quieras?
—preguntó él, elevando la voz—. No era una extensión de ti, Soojin.
Tenía vida propia y merece descansar en sus propios términos.
¡Mira! —Quitó la tapa de la caja y apartó el paño con el que estaba envuelta la rata.
Era horrible. El rostro de Milkis era una máscara de puro dolor; sus ojos estaban tan destruidos que se colapsaban sobre sí mismos como semillas de granada podrida.
Solo quería honrar a la rata con una cremación adecuada—.
Mírala y dime que no merece descansar ya.