El río sabe tu nombre 27
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Soojin se sentó entumecida en el suelo de su dormitorio a mirar cómo el agua goteaba desde el techo.

El moho trepaba por la húmeda superficie del papel en cadenetas oscuras y fétidas.

Los colores brillantes se habían tornado grises tras meses de humedades.

El papel se desprendía por los bordes y colgaba cual piel floja.

Todos los libros de las estanterías se habían abultado y deformado.

Sobre las superficies descansaban marañas de pelo negro.

No sabía si algo de aquello era real. No debía de serlo, porque su padre no hacía mención alguna al desastre.

Y si mantenía los ojos cerrados por un instante, al abrirlos su habitación estaba como siempre, luminosa y acogedora, con su papel damasco crema aterciopelado, desgastado por el uso.

Pero enseguida la visión cambiaba de nuevo y volvía a ver todo arruinado.

Soojin se imaginaba a su padre y a ella cenando en su casita de muñecas sumergida, ajenos al agua que goteaba desde las lámparas y les caía en los platos; a dos hermanas jugando a la normalidad mientras la lluvia se acumulaba sobre el suelo y se filtraba por los cimientos.

Soojin no podía fiarse de sus propios ojos.

Pero de algo sí estaba segura: su hermana había desaparecido y la rata estaba muerta.

Su padre había notado los moratones antinaturales de Soojin, el sudor que le perlaba la frente, y le había ordenado que se recuperara en casa.

Incluso había confiscado la llave del coche por precaución y ahora recorría Jade Acre, desesperado por encontrar a su hija mayor a la luz de un amanecer lavado por la lluvia. Soojin estaba más sola que nunca.

Así todo, se arrastró para intentar limpiar de las paredes las siniestras huellas de su hermana lo mejor que pudo.

Los mechones de pelambrera y la piel solidificada se desprendían, pero las manchas ya habían teñido el papel de un marrón profundo.

Se sentía lenta e incorpórea, como si avanzara por una pesadilla.

Le parecía imposible que su hermana hubiera infligido aquella tortura a Milkis. Pero aun así...

Soojin se acercó a la mesita de noche. Había acomodado el cuerpo de Milkis, envuelto en varias capas de tela, en una caja de zapatos. Levantó la tapa. El líquido gris empapaba la tela. La punta de la cola de la rata asomaba por la estrecha envoltura.

El olor fue lo primero que la golpeó. Agrio y putrefacto.

Le provocó arcadas; los ojos le ardían por la fuerza misma del hedor.

Era insoportable pensar que Milkis hubiera sido reencarnada tantas veces solo para morir a manos de una chica a la que había amado.

Una chica que ahora estaba ahí fuera, con una capacidad brutal para la violencia.

«Ha sido ella», el pensamiento la invadió sin avisar.

Soojin se tapó los oídos con las manos, como si pudiera silenciarse a sí misma.

Su corazón empezaba a castigarla, latiendo con fuerza y rapidez en el pecho.

Pánico. Había estado flotando en un estado de shock toda la mañana, pero ahora la magnitud de la situación se le vino encima.

«Mirae ha matado a la rata. Ha matado a Milkis y ha matado a los Silas».

No podía comprender por qué lo había hecho, pero sabía que era cierto.

Se le escapó un sollozo. Una parte de ella lo había sabido todo el tiempo, aunque hiciera lo posible por ignorarlo. Pero su capacidad de autoengaño tenía un límite. Algo se estaba fracturando en el borde de su mente.

«Tendría que devolverla». El pensamiento la golpeó sin previo aviso.

Soojin se vio presa de la súbita noción de que, si podía deshacer el resultado de la violencia, la violencia misma podría deshacerse.

Las manos de su hermana podrían limpiarse de nuevo, volver a la inocencia.

Ser las manos de una buena chica, lo que siempre había sido.

Soojin podía hacer retroceder el tiempo. Siempre había podido hacerlo.

Como poseída, se precipitó hacia sus cajones y rebuscó hasta encontrar el bisturí. El mismo que había usado meses atrás para cortar la cola de Milkis. Podía hacerlo de nuevo.

Su padre no querría que lo hiciera, no después de todo esto.

Pero los pensamientos no la dejaban en paz.

Recordaba a Milkis limpiándose la suciedad del pelaje cada vez que la sacaban de la tierra y cómo se quedaba quieta sobre su hombro mientras ella renovaba el lecho de cedro en el fondo de la jaula.

Soojin sostuvo la hoja sobre la cola. Le temblaban las manos, no sabía si por el agotamiento o por el horror.

Cortó piel, luego tendón. La hoja cortaba, pero no brotaba sangre; quedaba muy poca.

Y el hedor. Esa acidez provocada por el agua.

La bilis le subió por la garganta. Se inclinó hacia adelante y dejó que el cuchillo penetrara más hasta encontrar resistencia.

Hueso. Si presionaba con fuerza, se escucharía un pequeño crujido y todo habría terminado.

Una sensación familiar de náusea la envolvía, pero había algo más. Una vacilación que le resultaba completamente nueva. Soojin tragó saliva con dificultad y descargó toda su fuerza. El cuchillo cortó el hueso de un solo tajo.

«Una última vez y nunca más», se prometió Soojin.

Traería de vuelta a Milkis para una vida final, amable: columpiarse en la hamaca, mordisquear cortezas de sándwich y recibir besos entre las orejas.

Luego, cuando muriera, sería de verdad. Soojin quemaría el cuerpo hasta que no quedara nada, una despedida amorosa, como todo el mundo merece.

Su padre le había prohibido salir, pero poco la conocía si pensaba que sus promesas significaban algo. Soojin tomó la caja de zapatos y salió.

Era la primera mañana clara en mucho tiempo.

Sin nubes, con un cielo del color de un sorbete de naranja que pronto se tornaría azul.

Los pájaros se lanzaban entre las ramas hacia sus nidos, llevando bayas de espino en el pico.

Las criaturas crepusculares se apresuraban a sus madrigueras tras un largo amanecer de búsqueda de alimento.

¿Quién no querría estar vivo en un día como este? ¿Quién?

No se permitió responder. Acunaba el improvisado féretro de su rata y caminaba hacia la entrada y luego más allá, con la mente en blanco. La grava crujía bajo sus pies mientras dejaba que el cuerpo la guiara.

Mark estaba trabajando en el jardín cuando Soojin alcanzó la colina de la funeraria.

Aunque la mañana era seca, las plantas colgaban, como pesadas de humedad.

Demasiadas semanas consecutivas de lluvia habían tenido la culpa.

Todas las raíces pivotantes se habían podrido y los amplios y coloridos ramilletes de flores se inclinaban ante el ataque inesperado.

Tendría que salvar lo que pudiera, arrancar el resto y empezar de nuevo.

Acababa de desenterrar la primera dalia cuando la vio.

Una estampa familiar: Soojin con una caja de zapatos.

Las manos, quemadas por haberlas metido en el fuego, estaban vendadas.

La jesa había sido el día anterior, pero parecía que hubieran pasado meses.

Por la noche, al llegar, su madre les había hecho arrojar sal por encima del hombro antes de entrar en casa.

Y esa mañana, con la primera luz del amanecer, sus padres se habían apresurado a ir a la iglesia, sin duda para rezar y alejar la maldición.

¡La de reprimendas que recibió por sus meses de secretos!

Y le habían dado una única orden: «Sabemos que Soojin es tu amiga, pero si está ligada de alguna forma a esta maldición, tienes que dejar de verla.

Es demasiado peligroso, no importa lo que sientas.

Ya no puedes verla». Pero ¿cómo podía darle la espalda después de todo lo que habían pasado?

¿Después de tantos años lamentando haber perdido la complicidad que una vez tuvieron?

Se quitó los guantes de jardinería, corrió hacia ella para salirle al encuentro en el campo y le sorprendió un poco no poder llegar allí lo bastante rápido.

Se sintió aliviado al verla. Incluso feliz, a pesar de todo.

Eso era lo que Soojin le provocaba últimamente.

Hacía que los sentimientos se le desbordaran en un florecimiento descontrolado y tumultuoso.

«Quiero decirte cómo me siento», pensó extendiendo la mano. «Algún día quiero contártelo todo».

Solo cuando estuvo lo bastante cerca para tocarla se percató de su expresión. Se detuvo en seco y la excitación embriagadora de verla se desvaneció rápidamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó, aunque de inmediato le pareció una pregunta estúpida. Todo. Había ocurrido de todo.

—No debería estar aquí —dijo ella—. Tus padres no querrán que esté aquí. —Parecía enferma. Tenía el rostro pálido y hundido. Algo oscuro había manchado el cartón de la caja de zapatos.

—Da igual. No están. Me alegra que hayas venido —dijo él y señaló lo que sostenía—. ¿Qué llevas ahí?

Ella abrió la caja y se lo mostró. Al principio él pensó que era un bazo, alguna víscera humana hinchada que se había vuelto gris con el tiempo. Luego vio la cola, los ojos rojos abiertos, los diminutos dientes amarillos expuestos como si estuvieran rechinando.

—Dios mío. ¿Qué ha pasado? —susurró.

Ella negó con la cabeza, sin querer hablar. Él recordó que, apenas unos meses atrás, Soojin había llegado con una caja igual para pedirle el favor que los había vuelto a unir. Entonces Milkis parecía tranquila, como dormida, amorosamente acurrucada en papel de seda. Y ahora…

El cadáver le recordó a la zarigüeya que él y Jay habían encontrado una vez arrastrada por el río.

Tras una prolongada estancia en el agua, parecía cera derretida.

La mayor parte del pelaje y la piel se habían levantado y estaban resbaladizos después de ser medio devorados por los peces.

Les había parecido demasiado cruel dejarla pudrirse al sol.

Usó un palo para devolverla al agua y la observaron mientras se incorporaba a la corriente y se hundía y desaparecía.

Agua. Corrientes.