El río sabe tu nombre 26
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Cuando la niña despertó, recordó el hambre y la atracción irresistible de los platos del jesa llamándola de vuelta a casa.

La comida estaba destinada a ella, colocada ante el talismán con su nombre.

«Ven a comer con nosotros», le decía la ceremonia.

Sabía que no debía, pero cuando el incienso se encendió, no pudo contenerse.

Fue. Comió y, luego, con las manos pegajosas de jugo de pera, regresó a la cabaña antes de que alguien pudiera verla.

Entonces el fuego azul empezó a lamerle los bordes del vestido y le prendió el pelo hasta que se deshizo en mechones chamuscados que caían desde el cuero cabelludo.

Cuando su padre y su hermana vinieron a buscarla, fue una suerte que le quedara suficiente trozo de lengua para suplicarles que la sumergieran en el río, que, como sabía que ocurriría, la reconstruyó por completo.

En casa, Padre la arropó en su cama de infancia y la besó en cada párpado nuevo, en las sienes, en la punta de la nariz. Le apartó el pelo de las cejas mojadas y susurró tiernamente en coreano:

—Te quiero. Lo siento. Te quiero.

Luego bajó corriendo la escalera, arrastrando a Soojin del brazo.

La niña ahora podía oírlos; el agua que pasaba por las tuberías de la vieja casa amplificaba las voces y las llevaba hasta ella.

Él gritaba, pero no lloraba. Sentía la presión de la sangre de él corriendo por las arterias.

El corazón trabajaba con esfuerzo; las cámaras llenas de agua luchaban por dar espacio a su furia.

La avalancha sensorial se estaba volviendo insoportable.

Era hiperconsciente de cada gota de lluvia que golpeaba las tejas, de cada gota de sangre que recorría los cuerpos finitos de su familia.

Más que ninguna otra cosa, deseaba terminar lo que había empezado y luego hundirse bajo la superficie del río, donde todo era perfectamente silencioso y no cabía discernir dónde acababa su cuerpo y empezaba la corriente.

Pasaron horas antes de que el padre terminara de gritarle a su hermana, y cuando Soojin regresó al dormitorio, sollozaba más por el esfuerzo que por la tristeza.

Movida por el deseo de consuelo, se arrastró no a su propia cama, sino a la de la niña.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Soojin en la oscuridad.

La niña pensó un momento y luego se giró hacia su hermana.

—No lo recuerdo.

Soojin le puso algo en la mano. Un pequeño trozo de papel, doblado en cuatro partes.

Lo abrió y vio la palabra «futuro» escrita en un coreano torcido y desordenado.

Le llevó unos instantes recordar qué significaba.

El último papel con su nombre había desaparecido entre el fuego y el río.

Guardó este nuevo en el bolsillo, aunque no estaba segura de que importara ya.

Soojin le ofreció una sonrisa delirante antes de caer de repente en un sueño cadavérico. Presente un momento, y al siguiente, ya no. No parecía normal.

—Soo —dijo la niña sacudiendo a su hermana.

Soojin ni siquiera gimió. La niña pudo oír la sangre bombeando por las venas de Soojin, la lentitud de su respiración.

Se sentó, la sacudió con más fuerza—. Por favor.

—Encendió la lámpara de la mesilla y miró.

El sudor pegaba el pelo a la frente de Soojin.

El pecho subía y bajaba, pero despacio. Demasiado despacio.

La niña agarró la muñeca de Soojin y se inclinó para levantarla, pero vio una decoloración antinatural allí.

Un moratón del color de las moras rodeado de un amarillo rancio.

¿Sería el único? Desabrochó el cuello de la camisa de su hermana y vio el comienzo de un hematoma del tamaño de una mano que se extendía por la clavícula y el esternón.

Parecía moverse con aspecto de ameba bajo la débil luz de la lámpara.

—Oh, Soojin… —susurró.

¿No les había hablado su madre de esto, de las chicas de su familia que resucitaban muertos humanos y luego se deterioraban rápidamente? ¿Por qué habrían de ser ellas diferentes? De inmediato, la niña supo que debía irse.

La visión se le nubló al ponerse en pie.

Todo parecía descolorido, como una fotografía húmeda.

En su jaula, Milkis vio su larga sombra girar y se tiró de nuevo en su hamaca con un chillido angustiado.

La rata hacía mucho eso últimamente, se escondía de ella.

Normalmente, la habría dejado. Pero ahora una determinación sombría la invadió.

Si dejaba a la rata, Soojin inevitablemente la reviviría una y otra vez en su ausencia, ávida de esta última reliquia viva de un pasado feliz.

Milkis era una buena rata y merecía que no la resucitaran sin permiso. La liberaría en el bosque para que pudiera vivir esta última vida sin deberle nada a nadie.

—Milkis, ven —dijo la niña, abriendo la puerta de la jaula. La rata no se movió, congelada en su hamaca. Su columna subía y bajaba con respiraciones tensas y desesperadas—. No pasa nada, peque. Ven conmigo.

Metió cuidadosamente la mano bajo el vientre blanco de la rata y la levantó de la hamaca.

Milkis se relajó mientras la sacaba de la jaula.

Al elevarla a la altura de su mirada, los ojos rojos de la rata brillaron salvajes.

Se miraron fijamente, dos cosas muertas atrapadas en jaulas distintas.

Entonces la rata se agitó en su mano y le mordió con fuerza la unión entre el pulgar y el índice.

Los dientes se hundieron con profundidad, pero no salió sangre.

En su lugar, de la herida manó agua. Sorprendida, la niña apretó involuntariamente el vientre de la rata y vio cómo los ojos color arándano se abultaban.

Comprendió de forma vaga que debía soltarla, que cualquier presión adicional podría lastimar al animal, su delicado acordeón de costillas.

Pero algo amargo había arraigado en la mente de la niña.

Había intentado salvar a Milkis y la rata, a cambio, la había herido.

Si alguien en esta vida debía entenderla, era esta rata.

«Soltar». El pensamiento la golpeaba una y otra vez.

«Va a morir: soltar». Pero no podía. Se sentía consumida por un deseo de violencia tan primitivo que se le ondulaban los bordes de la visión.

El sonido del agua corriendo le llenaba los oídos y sonaba alegre.

Hambrienta. No podía escuchar nada más, ni siquiera los chillidos de la rata, y no podía, no podía soltarla.

Sintió los momentos siguientes como un sueño.

Las diminutas costillas se le quebraron bajo los dedos, dos crujidos frágiles, el estruendo salvaje de un corazón.

Notó que el estómago de la rata cedía como plastilina.

Un hedor orgánico y poderoso llenó el aire mientras la piel y el pelaje blanco de Milkis comenzaban a ablandársele bajo los dedos, acelerando su descomposición, separándose de la carne por efecto del agua.

La espalda de la niña chocó con la cómoda y cayeron varias fotografías y objetos esparcidos. Un jarrón de rosas secas se volcó y se rompió. No registró el cristal que se le clavó en los pies descalzos cuando se tambaleó sobre él, riendo.

Su mente estaba llena de recuerdos desarticulados de la rata corriendo feliz en su rueda o posándose sobre su hombro como un pájaro mientras ella lavaba los platos.

Una vida entera de compañía. Ahora notaba el pelaje viscoso en las manos.

Sin pelo, la cabeza de Milkis parecía diminuta y resbaladiza, una uva húmeda, en tanto que el animal se retorcía.

La niña tropezó y dejó unas huellas oscuras en la pared antes de caer de rodillas al pie de la cama.

Entonces se acabó. Sus dedos se aflojaron de golpe. El animal se le cayó de las manos, convulsionando espasmódicamente.

Pudo ver la definición de la musculatura de la rata, los tendones y las articulaciones como en un libro de anatomía.

La oleada de violencia la abandonó por completo y se echó a temblar.

No podía recomponerse. Su boca, aún congelada en una sonrisa salvaje, se fue relajando lentamente cuando los últimos movimientos de la rata cesaron.

Solo entonces se notó la humedad en las mejillas, las lágrimas que le habían bajado por la garganta.

—¿Por qué no pudiste venir conmigo? —sollozó mirando hacia donde Milkis yacía tan descompuesta como un animal muerto que llevara semanas en una orilla—.

Oh, Dios mío, lo siento. —Se arrastró hasta el cuerpo.

Amaba a esa rata. La había amado toda la vida.

La niña extendió la mano hacia su masa grisácea antes de vacilar y volver el rostro a la cama donde Soojin todavía soñaba, destrozada por su proximidad maldita.

—Lo siento —dijo de nuevo, pero esta vez a su hermana. Se acercó a la cabecera y le apartó de la frente el pelo empapado de sudor, como hacía siempre que Soojin estaba enferma. Su caricia le dejó una raya de sangre y pelo de animal en la sien.

«Vete», le dijo el río. La niña se miró las manos, sucias de violencia, y luego volvió la vista hacia la rata despellejada que acababa de dejar de convulsionarse.

Ya no podía confiar en su propio cuerpo ni en su carácter.

Tenía que terminar lo que había empezado y luego desaparecer.

Desaparecer en el río y liberar a su familia de esta maldición podría ser su último acto de amor.

Se deslizó escalera abajo y pasó junto a la puerta del dormitorio de su padre, detrás de la cual podía oír su pulso monótono mientras permanecía en un silencio aturdido. Sin nadie que la viera, se escabulló por la puerta principal y salió al exterior.

En el sueño, había oscuridad y una rata tan blanca como la luna. Una conciencia distante de que la rata le pertenecía y aun así le parecía desconocida, más sana de lo que jamás había estado en vida; el pelaje, normalmente escaso, era ahora exuberante y brillaba con su propia bioluminiscencia.

—Milkis —llamó Soojin y el roedor corrió unos pasos y luego miró hacia atrás, olfateando el aire como diciendo: «¡Estoy esperando!».