25
Condujeron internándose en el bosque todo lo que los caminos les permitieron.
Padre permanecía en silencio; los faros de los coches que pasaban le iluminaban el rostro con un matiz siniestro.
Soojin echó un vistazo al asiento trasero, donde Mirae yacía con el cuerpo destrozado, cubierto por una sábana blanca.
Bajo la tela, estaba tan quieta que Soojin temió que hubiera muerto.
Pero, de vez en cuando, Mirae gemía o exhalaba un jadeo áspero desde el hueco desgarrado de la garganta.
Una evidencia de que seguía viva y, por tanto, de que todo esto podía arreglarse.
Su cuerpo podía sanar y volver a ellos entero.
Entonces su padre sería feliz. Y una vez feliz, la perdonaría.
—Ya casi llegamos. Estarás bien —dijo Soojin, sin obtener respuesta y, aunque intentaba sonar segura, la voz le temblaba.
El coche había llegado todo lo lejos que podía. El resto del camino tendrían que hacerlo a pie. Padre aparcó al lado de un camino aislado, sacó a Mirae del asiento trasero, con la sábana blanca cubriéndola, y descendió por los senderos densamente arbolados.
En la cabaña, tras consumirse el fuego azul sobrenatural, que no había dañado nada salvo a una niña, el padre había preguntado a Mirae qué podían hacer.
¿Cómo podrían ayudarla? A pesar de su estado histérico, comprendía que ir al hospital era imposible.
Con la boca casi intacta, Mirae pidió que la llevaran al río.
Hasta el antiguo puente de traviesas que se asomaba al agua.
Soojin sabía cuál era. Todos los niños de Jade Acre lo conocían porque se retaban allí a saltar desde las vías, riendo a carcajadas, cuando los días eran largos y la corriente perezosa.
Mirae había arrastrado allí a Soojin una vez, en uno de sus últimos intentos por reincorporar a su hermana pequeña a algún atisbo de vida social tras la muerte de su madre.
Soojin recordaba a Mark flotando sobre un enjambre de flotadores atados con cuerdas, con una nevera llena de cerveza arrastrada por una cuerda elástica.
Jay estaba sentada en uno de los flotadores a su lado y animaba a un chico paralizado sobre las vías del tren, incapaz de saltar y demasiado asustado para volver por el borde.
—El río está tranquilo hoy, no te hará daño. ¡Tírate! —decía Jay, riendo y bebiendo una sangría.
—No te esfuerces —había dicho Mirae, que estaba junto a Soojin y se quitaba piedrecitas de los pies—. No va a hacerlo. ¿No ves que ni siquiera mira el agua? Nadie salta si ni siquiera se atreve a mirar.
Tenía razón. El chico movió una piedra con el pie. La piedra cayó al agua, pero él permaneció sobre las vías, de rodillas, aferrado a los raíles con los nudillos blancos y los ojos cerrados.
Debajo, la superficie del agua se iluminó en fractales dorados y luego se aplanó. La corriente arrastró a los chicos y su entramado de coloridos flotadores río abajo, mientras el niño que no podía saltar seguía cogido a las vías.
Si el río aquel día, dos años atrás, había sido apacible, hoy era suficientemente violento como para ahogar: rápido y crecido por la lluvia, espumoso y negro bajo la débil luna de la linterna de Soojin.
Se detuvo al borde, donde el agua le arañaba los pies.
La velocidad podía arrastrarla. Pero su padre no dudó.
Con su hija mayor en brazos, se adentró en las aguas furiosas.
Era peligroso. Podría perderlos a ambos.
Soojin le gritó que se detuviera, pero el viento se llevó su voz.
El agua llegó a las rodillas del padre, a los muslos.
Parecía imposible que no lo arrastrara. La corriente lo hizo tambalearse, tropezar hasta que el agua le rozó la barbilla, pero recuperó el equilibrio solo por pura voluntad.
Cuando el agua lo cubrió hasta la cintura, sumergió a Mirae bajo la superficie turbulenta, como en un bautismo, y la mantuvo allí.
Durante un rato no ocurrió nada. Solo la violencia frenética de la corriente azotando la figura de su padre al pasar.
Entonces, un silencio imposible descendió sobre el río.
El paisaje pareció volverse hacia el agua con todos sus ojos invisibles, mientras una bioluminiscencia fría y azul se acumulaba entre los brazos de su padre.
Soojin vio que los hombros comenzaban a temblarle violentamente, pero, de espaldas a ella, no podía discernir si reía o lloraba.
La sábana blanca que cubría a su hermana se hinchó y fue arrastrada rápidamente río abajo.
La luz se desvaneció del agua y dejó sus ojos luchando por adaptarse a la oscuridad desconocida. Cuando lo lograron, su padre ya había girado y regresaba a la orilla, con expresión sombría y apagada, a pesar de lo que sostenía.
Había entrado en el agua con una masa humeante en los brazos y había emergido con una niña.
Entera, desnuda, inmaculada. El agua había tejido piel nueva sobre las quemaduras, incluso le había restaurado el largo cabello negro.
Mirae dormía en el regazo de su padre mientras este pisaba la orilla rocosa, empapado y temblando.
Pasó junto a Soojin sin decir palabra y se dirigió al coche que los llevaría a casa, reunidos y, de algún modo, más fracturados por ello.
—Lo he hecho por nuestra familia —dijo Soojin a la silueta que se alejaba—. Sé que estás enfadado, pero quería que fuéramos felices. Eso es lo único que quería. —Se pasó la mano por los ojos con rabia.
Su padre no respondió. Las ramas le crujían bajo los pies cuando subía por el sendero, como si no le importara si ella lo seguía o no.
Soojin observó su espalda adentrarse en la sombra y, de repente, se encontró sola con el río y la lluvia.
No había nada, salvo los pinos azotados por el viento, y sus pies eran demasiado pesados para llevarla a ningún sitio.
—Eso es lo único que quería —repitió Soojin, sin que nadie la escuchara.
Ni siquiera podía convencerse a sí misma.
Porque lo había sabido desde el principio, ¿no?
Que su padre, con toda su fe, estaría horrorizado, obligado a llorar otra vez por su hija mayor, arrancada de cualquier posibilidad de vida en el más allá.
Y Mirae, devuelta al mundo como un simulacro, estaría siempre ahogándose.
Era imposible que eso fuera lo que ella hubiera querido.
La verdadera confesión surgió en ella, una presión física y creciente que no podía contener. «Quería ser feliz y necesito que ambos me perdonéis».
Soojin permaneció inmóvil bajo la lluvia, mirando la silueta del puente de traviesas, pensando en aquel chico paralizado sobre las vías, demasiado orgulloso para arrastrarse a la seguridad, demasiado asustado para saltar.
Cuando finalmente se recompuso y encontró el camino de vuelta a la carretera, contaba con que el coche ya se hubiera marchado, pero su padre la esperaba dentro con los faros cortando haces blancos a través de la lluvia.
Tenía la vista al frente, y su incapacidad para mirarla era tan brutal que ella no se atrevió a hablar. En su lugar, apoyó la palma contra el cristal, pidiendo permiso. La cerradura cedió con un clic mecánico. Seguía sin mirarla, pero la había esperado. Ella subió al coche. Regresaron a casa.