24 #4
Enganchó su brazo al de Mark e hizo un intento desesperado por agarrar la muñeca de Soojin, pero ella se zafó.
En el segundo en que los ojos de la señora Moon se encontraron con los de ella, hubo un entendimiento.
Soojin había querido esto. De algún modo, Soojin era la causa y nada podía hacerse. No quedaba más opción que irse.
En un frenesí decidido, la señora Moon arrastró a su esposo y a su hijo, que protestaba, hacia la puerta y bajo la lluvia. Enseguida, el sonido del motor y el de la grava procedente del derrape llenaron el aire cuando salían del camino de la entrada.
Soojin extendió una mano temblorosa hacia el papel chamuscado e intentó enderezarlo, pero, carbonizado y empapado, se desmoronó.
—Tú —susurró su padre detrás de ella. Era un tono que nunca le había escuchado, tan cercano al odio que le cortó la respiración. No era así como se había imaginado que lo descubriría.
Debería habérselo contado en el momento en el que enterró el diente de su hermana.
Debería haber aceptado su consuelo la noche de la fogata, después de que las palabras de Bentley la destrozaran.
Debería haber hablado con él cuando el comportamiento de Mirae empezó a volverse errático después del baile de bienvenida.
Era demasiado tarde. Les había dejado a todos sin tiempo.
Soojin se giró lentamente. Él se cernía sobre ella, lo suficientemente cerca para golpearla, estrangulando el aire con los puños.
—¿Qué has hecho? —preguntó él.
—Yo… —Las palabras le fallaron. El agua le goteaba sobre la frente desde las empapadas tablas del techo.
—Soojin, ¿qué has hecho? —Sus nudillos se tensaron.
Si la golpeaba, no estaba segura de culparle.
Pero no la golpeó. Se retiró, mirándose los puños como si no pudiera creer su propio deseo de violencia.
Su rostro estaba inexplicablemente bañado por una luz azul enfermiza, como la de un televisor.
Esa luz trazaba líneas angulosas y gélidas sobre la mitad de su cara y dejaba el resto en sombra.
Pero algo fallaba. El televisor estaba apagado y no había nada en la casa que emitiera ese color glacial.
Notó la fuente al mismo tiempo que su padre y avanzaron juntos, a trompicones, hacia la ventana.
Dejó de sentir las piernas. La cabaña estaba en llamas. Aunque quedaba medio oculta por los árboles, podía ver su luz. Pero no era el rojo de un fuego de leña, era un azul fosforescente, que envolvía la construcción por completo.
—Está ahí dentro —susurró Soojin. Luego, saliendo de su ensoñación, gritó—: ¡Está ahí dentro!
Salieron de casa corriendo, descalzos sobre el césped empapado, hacia donde ardía la cabaña.
Solo que… no estaba ardiendo. Soojin pudo verlo ahora al acercarse.
Las llamas azuladas no emitían calor y, aunque lamían las tablas de madera de la cabaña y la maleza circundante, no consumían nada.
Extendió una mano hacia el extraño fuego y dejó que brillara sobre sus dedos heridos, pero lo sintió frío sobre la piel.
Como sonámbulos, Soojin y su padre abrieron la puerta y entraron en la cabaña.
El interior era una distorsión azul. El fuego azul trepaba por las cortinas y los mostradores de mármol.
El linóleo estaba frío bajo ese fuego. El televisor antiguo reproducía «La ruleta de la fortuna» mientras las llamas subían por la antena.
Mirae no se encontraba en la habitación.
—Unnie —llamó Soojin hacia el fuego que no quemaba nada.
Su padre la siguió, con la respiración ahogada por la incredulidad.
—Se ha ido —dijo.
Pero entonces lo escuchó. Incluso con la cabaña iluminada por el fuego sobrenatural, Soojin oyó el sonido del agua corriendo.
Se dirigió al baño, abrió la puerta y encontró a su hermana dentro.
Estaba en el suelo de la bañera, acurrucada en posición fetal, bajo el chorro de la ducha.
Pero algo iba mal. A diferencia del resto de la cabaña, que estaba en llamas, pero de algún modo intacta, el cuerpo de Mirae silbaba en el agua, liberando un humo negro y fino que olía a carne quemada.
Soojin pensó en la chimenea, en el talismán con el nombre chamuscándose dentro de ella.
Los vivos y los muertos… Y su hermana, el puente que se quemaba entre ellos.
—Unnie —empezó, pero su padre la apartó y corrió hacia ella primero. Sus rodillas salpicaron el agua cuando se desplomó.
Atrajo el cuerpo humeante de Mirae contra su pecho y Soojin finalmente vio el daño.
Su piel, antes inmaculada, estaba carbonizada más allá del reconocimiento, los restos de su vestido, fusionados con la carne burbujeante.
La piel delgada que recubría las cuencas de los ojos se había quemado por completo y estaban desmesuradamente abiertos cuando la miraban.
El cuerpo de su hermana era una herida infinita.
Padre se contuvo de vomitar mientras el imposible caparazón quemado de su hija jadeaba en sus brazos.
¿Qué más podía hacer él? Acarició con ternura lo que quedaba del pelo de su hija mayor y se lo apartó del rostro destrozado.