24 #3
A contraluz, el rostro de él estaba casi todo en sombra.
—Fíjate. Pensé que mentías mejor —dijo. Luego, haciendo él mismo la brutal aritmética, se volvió lentamente en dirección de la cabaña de Mirae.
Sintiendo que perdía el control, Soojin le agarró el rostro con ambas manos con tal fuerza que se oyó un ruido sordo. El sonido hizo que volviera su atención de nuevo hacia ella.
—Sea lo que sea que estés pensando, Mark, para. Para de pensarlo ahora mismo, porque estás equivocado.
Pero él no podía detenerse y, por primera vez, ella vio verdadero miedo en sus ojos.
Un chirrido atravesó la habitación, tan metálico y agudo que, por un momento, pensó que un coche estaba derrapando en el camino de entrada. Se abrazaron con fuerza hasta identificar la fuente del sonido.
—¡Jesús! —jadeó Soojin, tropezando hacia la jaula de la rata. Milkis chillaba en su hamaca. Incluso en la penumbra, sus ojos color grosella se abultaban mientras se retorcía en el forro de fieltro—. ¿Está herida?
Mark metió la mano en la jaula y sacó la rata blanca, buscando sangre o algún hueso roto que justificara aquel sonido.
—Que yo vea, no —dijo antes de que se le escapara de la mano.
La rata volvió corriendo a la hamaca de la jaula.
Soojin y Mark compartieron una breve mirada atónita hasta que otro ruido les llegó desde abajo.
El reconocible estallido de cristal rompiéndose.
Una voz que chillaba y cuyo sonido indistinto llegaba a través de las paredes.
Salieron corriendo de la habitación a la vez y se precipitaron hacia la escalera. Mientras corrían, el alboroto cristalizó y las palabras se hicieron legibles en el aire.
—Oh, Cristo. Oh, Señor del cielo. —Era el padre de Mark. La madre de Mark gritaba en coreano.
Y entonces, por encima de todo, por encima del parloteo frenético de los Moon y de la lluvia que golpeaba los tragaluces, del trueno y los gritos de la rata en su jaula, Soojin escuchó la voz de su padre llamando a su hermana.
Una flecha blanca la atravesó. Soojin se dobló sobre sí misma en medio de la escalera y se agarró del pasamanos cuando sus rodillas tocaron el suelo.
Los nudos en la madera parecían girar, parpadear como docenas de ojos.
La garganta se le había estrechado hasta el tamaño de una aguja.
No podía respirar. En un segundo, Mark estaba a su lado y le sujetaba el brazo.
—Levántate. Soojin. Vamos. Tienes que levantarte.
Se levantó. El tiempo se volvió elástico, se ralentizó.
En un momento estaba en la escalera y al siguiente torcía por el vestíbulo.
Su mente le mostraba breves imágenes de fotos enmarcadas en la pared: su madre y su hermana sonriendo en la Torre de Busan.
Su familia en el centro de Jade Acre, con los dedos en V, frente a un árbol de Judas en intensa floración magenta.
Luego Mark la guio por otra esquina y llegaron al salón. Su cuerpo registró antes que su mente lo que veían los ojos.
El suelo estaba cubierto por una pulgada de agua y la mesa de jesa había sido saqueada.
La foto de Mirae se encontraba tirada de lado.
Las velas que la flanqueaban yacían apagadas y caídas de sus candelabros.
La cera derretida se había endurecido en estalactitas blancas sobre el cristal del retrato funerario.
Las bandejas de comida estaban volcadas y alguien había devorado su contenido: los corazones de manzana y los huesos de dátil se hallaban desparramados por la mesa como insectos resecos.
El abadejo desecado se veía destrozado, con la cabeza arrancada del cuerpo.
Las fibras cerosas de su carne permanecían húmedas de saliva y llenas de marcas de dientes.
Y con todo esto, su hermana no aparecía.
—Mirae —susurró su padre, como una súplica. Luego, cuando vio al fin a su hija pequeña, su rostro se transformó en algo horrible. Se abalanzó hacia ella, pero la madre de Mark se interpuso rápidamente.
—¡Tenemos que quemar el nombre! —gritó la mujer, corriendo hacia la mesa de jesa y sacando el papel con el nombre de Mirae del marco de la foto agrietado—. ¡Tenemos que ahuyentar al fantasma!
Se movió con rapidez, con la convicción que solo una madre podía tener, esquivando los platos rotos y a los hombres atónitos, hacia el fuego moribundo.
Soojin también se movía, aunque no era completamente consciente de ello.
Todo lo que podía pensar mientras la señora Moon alcanzaba la chimenea y lanzaba el papel húmedo era: «No estoy lista.
Dios, perdóname. No estoy lista para perderla otra vez».
Las rodillas de Soojin golpearon la madera justo cuando el papel finalmente prendía en el hogar.
Mark gritó a su espalda cuando ella metió las manos desnudas en las llamas.
El calor le acuchilló los dedos mientras removía las brasas y sacaba los restos humeantes del nombre para apagarlos en el estanque en que se había convertido el salón.
El papel se había ennegrecido más allá de toda legibilidad; el nombre de Mirae estaba tan chamuscado como su futuro epónimo.
Los bordes rizados del papel emitían un vapor gris insulso.
Resbaló en el agua y, sin poder detenerse, Mark chocó con ella.
De algún modo, Soojin permaneció erguida y ni siquiera parpadeó cuando él la tomó por los dedos.
Sus manos solo habían estado en el fuego unos segundos, pero se veían rojas, tensas y brillantes, como envueltas en film transparente.
Mañana se le formarían ampollas, pero por ahora solo sentía un aturdido hormigueo residual.
—Mierda. Tus manos. ¡Mamá, ayuda! —gritó Mark por encima del hombro, pero su madre se había quedado paralizada, con el rostro desprovisto de color.
—Fantasma. Oh. Fantasma... —murmuró antes de correr hacia ellos—. Aquí no estamos seguros. ¡Tenemos que irnos!