24 #2
Miró hacia la repisa de la chimenea, donde las cenizas de Mirae reposaban en su jarrón de porcelana verde, junto a una foto de ella sonriendo, iluminada por el sol, frente a un campo de flores de colza en plena explosión amarilla. ¿Olvidarla? Si él supiera lo que había hecho…
Soojin era la soberana en el reino de no olvidar.
Al día siguiente llovió. Soojin observaba el rostro de su padre mientras miraba por la ventana.
Su expresión recordaba aquellos días angustiosos antes de encontrar a Mirae.
Entre búsquedas y visitas a la comisaría, se había dedicado a escudriñar impotente por la ventana, justo así, con el deseo de que su hija apareciera saliendo de los bosques.
También llovía entonces.
Debió de sentir como una afrenta que un aguacero cayera en el día destinado a conmemorar a su hija mayor.
Y, a pesar de todo, continuó incesantemente.
Llovió lo suficiente para desbordar el río y anegar los anticuados sistemas de drenaje del centro de la ciudad.
Lo suficiente para que la tierra se deslizara por el acantilado hacia el mar, llevándose dos árboles y sus raíces centenarias.
Una cantidad de lluvia inusual, incluso para su pequeña franja lluviosa en un estado crónicamente cálido.
Aun así, la familia de Mark acudió, sombría, vestida de negro.
En el corto trayecto desde el camino de entrada al porche, la lluvia les pegó el pelo a la cara.
Soojin esperaba un reencuentro tenso. Sus familias, antaño tan cercanas, no habían compartido tiempo de calidad en años.
Sin embargo, la madre de Mark abrazó de inmediato al padre de Soojin.
Si el abrazo comenzó casi en contra de su voluntad, enseguida lo devolvió con sinceridad antes de estrechar la mano del señor Moon. Luego, todos se metieron en faena.
La cocina se llenó de actividad. La mesa del jesa , a pesar de su modestia, requería mucho trabajo. El padre de Soojin desenredaba abadejo seco mientras la madre de Mark cascaba huevos en un bol, los batía con sal y añadía finas rebanadas de abadejo rebozado para freír.
Soojin y el padre de Mark se pusieron a trabajar apilando fruta en bandejas blancas separadas: un montón de dátiles secos, peras arenosas y caquis sin los sépalos.
Mark, tan torpe en la cocina como seguro en el jardín, merodeaba detrás de ellos, ofreciendo una ayuda que siempre se rechazaba, hasta que Soojin le asignó la tarea de llevar las bandejas a la mesa del jesa y solo se le cayó una.
—¡Los alimentos rojos, al oeste! —ordenó el padre de Mark colocando un plato de pastelillos de arroz teñidos de verde con artemisa. Mark giró con su bol de manzanas y se apresuró hacia el extremo oeste de la mesa baja.
—¡Al este! —gritó su madre por encima del chisporroteo de la sartén—. Los alimentos rojos al este, los blancos al oeste. Los postres en la primera fila, lo más cerca posible del borde exterior de la mesa, lejos del retrato.
—¡No, el arroz y la sopa van en la primera fila!
—¿Por qué ibas a colocar la parte más importante de la comida más lejos de quien se supone que debe recibirla?
Mark se mordió el labio mientras sus padres seguían discutiendo y, poco a poco, se fue desplazando hacia el este para colocar la comida como le indicaba su madre.
Se volvió hacia Soojin y le guiñó un ojo, a la vez que fingía secarse el sudor de la frente, antes de ir a buscar el plato de abadejo frito y medallones de calabacín.
Era agradable ver que los Moon no habían abandonado su tradicional y bienhumorado intercambio de gritos.
Ese caos era algo que Soojin no sabía que había extrañado.
Y así, la preparación continuó, casi agradable.
No hablaron de la pérdida, ni siquiera cuando toda la comida quedó colocada en la mesa baja con incrustaciones de nácar en forma de garzas.
Una foto enmarcada de Mirae presidía la mesa, flanqueada por largas velas blancas y dirigida hacia la abundancia de alimentos dispuesta ante ella.
Junto al retrato, había una hoja de papel blanco con su nombre escrito verticalmente en un hanja impecable.
Un portaincienso al pie de la mesa completaba el altar improvisado.
Quizá la disposición no fuera precisa; los detalles de la tradición del jesa se habían ido pasando a través de demasiadas décadas de inmigración.
Aun así, su esfuerzo colectivo dejaba algo tierno flotando en el aire.
Soojin se preguntaba qué estaría haciendo su hermana, a apenas unos metros, en la cabaña, mientras ellos se preparaban para conmemorar el aniversario de su muerte.
¿Estaría pelando una manzana cuando ellos ofrecían manzanas en su memoria?
A Soojin le temblaban las manos sobre el regazo viendo a su padre jugar con el encendedor. Mark se inclinó y le apretó una mano y, cuando la iba a apartar, ella la sostuvo. Necesitaba un ancla, así que él permaneció allí, pasándole el pulgar sobre los nudillos, en una caricia reconfortante.
El encendedor finalmente prendió y su padre inclinó la llama azul hacia la mecha.
El incienso estaba destinado a guiar el espíritu del difunto hacia la mesa e invitarlo a comer.
Mirae no era un espíritu. Era carne, sangre y emociones terrenales. No estaban invitando a nadie a la mesa; Mirae ya estaba allí.
Su padre encendió el incienso. Su aroma penetrante ascendió con el humo, enroscándose lentamente en el aire y, con eso, la ceremonia comenzó. Bajo la luz ámbar, la punta de la mecha humeaba. Un faro que no llamaba a nadie a tierra.
En la cálida casa de los Han, las dos familias hicieron una reverencia ante la foto de la hija fallecida y luego salieron de la habitación para permitir que su espíritu comiera en paz.
Los adultos se trasladaron al porche trasero a hablar, bajo el golpeteo de la lluvia sobre el toldo.
Soojin y Mark se retiraron a su habitación, donde Milkis corría frenética en su rueda.
Soojin recordaba lo que venía después de los jesas que habían hecho por su madre.
Tras la participación simbólica del espíritu, regresarían a la habitación y quemarían la hoja con el nombre del difunto para señalar la partida y así cerrar el puente hacia el otro mundo.
Después de que los muertos se hubieran ido, los vivos comerían. Pero por ahora solo quedaba esperar.
La ligereza de la cocina había desaparecido y Soojin se sentía agotada. La semilla de una migraña empezaba a florecer y unas distorsiones de chispas brillantes se agitaban por su visión. La luz lo empeoraba, así que pulsó un interruptor y dejó que su habitación quedara en semioscuridad.
Mark no cuestionó nada. Buscó la única fuente de tenue luz gris, la ventana, se apoyó en ella y se desabrochó el primer botón de la rígida camisa negra. Ella observó cómo descansaba contra el cristal, con un repentino aire de seriedad. Su deseo de consuelo superó a su orgullo. Se acercó a él.
—Oye, ¿estás…? —comenzó él.
—No me preguntes si estoy bien. Por favor.
Él se detuvo a mitad de frase; el resto de sus palabras abandonadas salió en un lento suspiro contra su oído.
Ella le apoyó la frente contra el cuello y él la abrazó, sin decir nada.
Olía a sudor y a jarabe de arce. Soojin quiso meterse en su calor y desaparecer.
Permanecieron así mientras los relámpagos trazaban cursivas blancas en las nubes y su resplandor los dejaba brevemente sin rasgos.
Un golpe resonó desde abajo. Tal vez los adultos habían decidido que había pasado suficiente tiempo y volvían al interior. Pero Soojin aún no estaba lista. Esa soledad con alguien que sabía lo que había hecho le resultaba reconfortante.
—Solo quiero que esto termine —susurró contra su esternón tras un largo silencio. Asustada por el trueno, Milkis ya no corría en su rueda. Todo lo que Soojin oía era la lluvia y el latido del corazón de Mark—. Qué pérdida de tiempo. Si mi padre lo supiera, no tendríamos que estar haciendo esto.
—Mirae merece una conmemoración —dijo Mark con calma apartándose de ella.
Le retiró un mechón del rostro, se lo colocó cuidadosamente detrás de la oreja y retiró la mano rápidamente.
Ella notó que a veces la miraba como si fuera una serpiente de cascabel.
Como si sus estados de ánimo resultaran tan cambiantes y condicionados que un solo error la haría atacar.
Durante los últimos meses, él no le había mostrado más que una bondad en la que se podía confiar.
No entendía bien por qué ella no podía hacer lo mismo.
—Las conmemoraciones son para los muertos —dijo Soojin.
Otro golpe sordo proveniente de abajo.
Mark respiró hondo y alzó la mirada hacia el techo, como si buscara orientación. Al no encontrar nada, volvió sus ojos hacia ella.
—Soo… —Comenzó antes de que algo llamara su atención. Con cautela, estiró la mano para bajarle el cuello de la camisa por debajo de la hendidura de las clavículas.
—¿Qué haces? —preguntó ella antes de darse cuenta de lo que estaba mirando.
Siguió su mirada alarmada hasta su propio esternón.
Unos moratones grandes, del tamaño de ciruelas, se le extendían con violencia azul negruzco sobre la piel.
Había elegido cuidadosamente una camisa que los ocultara, pero la proximidad y el ángulo de visión de Mark la habían delatado.
Se volvió, alejándose de él, y se abrochó la blusa hasta que el cuello le quedó apretado a la garganta.
—¿Qué demonios es eso, Soojin? —preguntó siguiéndola hasta el centro de la habitación—. ¿Alguien te ha hecho eso?
—Me he caído.
—¿Te has caído?
—Sí.
Otro golpe sordo desde abajo. Ella se volvió para enfrentarlo, esforzándose por mantener el rostro sereno.
No podía decirle que los moratones habían comenzado a formarse la noche del regreso a casa que acabó en desastre.
No podía hablarle sobre los sangrados nasales, ni sobre sus manos, que a veces temblaban tanto que tenía que meterse en el armario pegajoso del trabajo para apretarlas entre los muslos.