24
El funeral conjunto de los Silas se celebró una semana después de que se encontraran sus cuerpos.
Tras lo visto en el servicio del viernes por la mañana, no se esperaba una gran asistencia, pero casi todo el pueblo se presentó.
Los negocios cerraron cuando sus dueños fueron a presentar sus respetos.
Los pasillos del Instituto Jade Acre se vaciaron mientras los estudiantes justificaban su ausencia en las primeras clases para dejar flores u ofrecer una breve oración.
Soojin hizo lo mismo y llegó sola, sintiéndose de algún modo implicada por sus ropas negras y los crisantemos que traía.
La familia de Mark se colocó frente a ella en la fila para depositar flores sobre los féretros y, aunque no se atrevieron a hablar por encima del crescendo de la música del órgano, Mark la tocó.
Un breve roce intencionado de su muñeca con la de ella, un gesto de seguridad.
Cuando llegó su turno frente a los ataúdes, Soojin mantuvo los ojos fijos en la madera de caoba barnizada, en el interior de satén crema.
Todo menos los rostros de cera, demasiado pálidos por el maquillaje.
Esa noche, su padre regresó para el fin de semana, con provisiones del mercado coreano de Bragg Hills. Había algo rígido en él cuando descargaban las interminables bolsas del coche.
—Huele a humedad aquí —dijo llevando una bolsa de manzanas hacia adentro.
Soojin olfateó el aire, pero solo percibió madera y Pine-Sol.
—No, no huele a nada.
Él se frotó la nariz, se encogió de hombros y continuó trabajando en un silencio opresivo.
Aunque no era muy hablador, solía hacer torpes intentos por mantener una conversación durante al menos una hora después de regresar a casa, tras una semana fuera.
Esa noche, sin embargo, no hizo ninguno.
Descargó la última bolsa y se unió a Soojin en la cocina para organizar su enorme adquisición.
Parecía que hubiera hecho compra para un ejército, pensó Soojin clasificando las provisiones.
—Han Soojin —dijo su padre. El sonido de su nombre completo la llenó de temor.
—Eh... —dijo ella, intentando mantener la voz ligera mientras doblaba una bolsa de la compra—. ¿Qué he hecho?
—Alguien está en esta casa contigo cuando yo no estoy, ¿verdad?
Fuera lo que fuera lo que esperaba que dijera, no era eso. La pera que sostenía le salió rodando de la mano hasta la isla de la cocina. Se apresuró a recogerla y, cuando lo logró, tenía los nudillos tan blancos como huesos. Adiós a parecer indiferente.
—¿Por qué dices eso? —El corazón le latía desbocado, buscando una salida.
¿Había visto a Mirae? Pero habían sido muy cuidadosas.
Incluso ahora, su hermana estaba escondida de manera segura en la cabaña con todas las cortinas opacas corridas.
Cada viernes se aseguraba de llevar a cabo una limpieza completa de la casa, hacer la cama de su hermana y guardar todas las tazas y chucherías que se habían acumulado en su lado de la mesita durante la semana.
Pero Mirae era humana, ¿no? Era posible que, de vez en cuando, decidiera arriesgarse a mirar fuera, corriendo un poco la cortina para dejar entrar la luz del sol.
¿Quién era Soojin para asegurar que su padre no había mirado hacia las cabañas de alquiler en el momento exacto de aparecer el destello de un rostro pálido y familiar detrás de la ventana?
Pero no, si lo hubiera sabido, no habría sido capaz de enfrentarla con tanta calma. ¿Verdad?
Su padre la miró y suspiró.
—Veo lo rápido que se acaba la comida. Casi se ha terminado un mes de arroz. No has estado sola.
Lo sabía. Sintió que algo caía en su estómago como una roca y no podía distinguir si era alivio o terror.
—Papá, yo…
—Soo, por mucho que me guste Mark, me incomoda que pases tanto tiempo a solas con él —dijo su padre.
—Espera…
—No dormirá aquí, ¿verdad?
—¿Qué? ¡No! Yo…
—¿Estás segura?
—¡Sí! Jesús, papá —dijo Soojin, con el rostro enrojecido pese a sus esfuerzos.
Era una mentira. Mark a menudo pasaba la noche, tras las excursiones a horas intempestivas con Mirae, durmiendo como un golden retriever en el sofá de abajo, con unos ronquidos tan fuertes que ella podía sentir los graves desde el piso superior.
Pero Soojin no podía ser honesta con su padre por un montón de razones—.
Confía en mí. Soy tu guapa hija, ¿no? —dijo en coreano.
Él se tranquilizó un poco, aunque no perdió del todo la rigidez de los labios.
Continuaron organizando las compras en un silencio tenso.
Había comprado todo tipo de cosas, desde pasteles de arroz espolvoreados con harina de soja hasta una caja de caquis, envueltos individualmente en periódicos coreanos del 2008, de la variedad suave y alargada que siempre había sido la favorita de Mirae.
Incluso había conseguido un pescado seco entero.
Soojin lo manejó con cuidado. Aparte de las vísceras, no le habían sacado nada.
Ni los ojos endurecidos ni los afilados dientes de la boca momificada.
En su país natal, por lo que había oído, este tipo de pescado seco a veces se colgaba fuera de las puertas, con sus cuencas siempre abiertas vigilando las malas acciones y entidades malignas.
Estos ojos lo veían todo. Incluso a los muertos.
Incluso sus mentiras. Ahora la pupila seca la miraba mientras envolvía su cuerpo unas cuantas veces más con papel pergamino, antes de enterrarlo en el congelador.
—Lo siento —dijo finalmente su padre, su expresión había dejado de ser inquisitiva—.
Me preocupo por ti, eso es todo. Estás creciendo tan rápido...
Nunca imaginé que sería yo quien tuviera con vosotras la conversación sobre citas.
Tu madre solía decir que se lo dejara a ella.
Que yo era demasiado mojigato para manejarlo bien.
Estoy seguro de que vosotras también habríais preferido que la charla os la diera ella.
Esta conversación estaba dejando a Soojin completamente descolocada.
—Papá, agradezco que me quieras lo suficiente como para ponerte pesado —dijo.
—Ah, así que resulta que soy pesado. —El silencio de ella lo hizo reír—. Supongo que nunca cambiaré.
Últimamente él hacía eso más a menudo, reírse. Quizá no era la carcajada desenfrenada que solía tener cuando mamá y Mirae estaban cerca, pero, entre ellos dos, aquello era algo nuevo y sagrado.
—Escucha, ¿por qué no les dices a Mark y a sus padres que nos acompañen en la ceremonia de mañana? Hace tiempo que no los invitamos, pero tal vez quieran venir de todos modos —dijo su padre.
—¿Qué ceremonia? —preguntó ella distraída, enjuagándose las manos en el fregadero.
La sonrisa despreocupada de su padre se tensó.
—Soojin, por favor, dime que no hablas en serio —pidió, cambiando del inglés al coreano. En cierto modo, ese cambio sonó muy grave. Ante su silencio, añadió—: Este fin de semana es el aniversario de la muerte de tu hermana.
El agua la quemó. Cerró el grifo y miró el acero del fregadero con los ojos muy abiertos. Claro. ¿Cómo había podido olvidarlo?
Hacía justo un año, Mirae estaba despertando a uno de los últimos días de su vida.
Pronto sería el aniversario de su muerte y, para honrarla, se celebraría el jesa , la ceremonia en la que la familia coloca comida en recuerdo del fallecido, para que no pase hambre en el otro mundo.
Una ceremonia pensada para los mayores y los ancestros, que su padre tenía que llevar a cabo por una hija que nunca llegaría a hacerse mayor.
De repente, la abundancia de frutas caras y pasteles de arroz artesanales cobraba sentido, al igual que el incienso que ella había confundido con mechas antimosquitos.
Era fácil olvidar aquel aniversario sombrío mientras su hermana estaba en la cabaña, a apenas unos metros.
Con todas las noches que pasaban correteando como fantasmas felices por la playa, lanzando piedras y sentados en el muelle tomando el chocolate caliente, demasiado dulce, que Mark preparaba, era fácil olvidar que Mirae había muerto.
—¿Cómo has podido olvidar precisamente esto, Soojin? —La voz de su padre, cargada de dolor, hizo que quisiera desaparecer.
Si alguna vez hubo un momento para confesarle su secreto, su mayor traición a su confianza, fue ese.
Su mente desplegó dos escenarios. En uno, él estaba eufórico.
Iban a la cabaña juntos y padre corría a abrazar a su hermana.
Giraban juntos mientras él la levantaba hacia el cielo, como solía hacer cuando eran pequeñas.
Pero ese escenario era improbable.
En el otro, veía a su padre doblarse sobre sí mismo, agarrándose a la isla de la cocina.
Dios, cómo reaccionaría al ver a su hija no muerta.
Su padre creía en un cielo en el que Soojin no creía.
Para él, significaría que su hija había sido arrancada de ese cielo y devuelta a la tierra.
Aun así, tenía que decírselo. Al final, tendría que hacerlo.
—Lo siento —susurró y él puso su mano sobre la de ella.
Las imágenes febriles de su mente se deshicieron.
Solo estaba su padre y su dolor, y no había nada peor que su imaginación pudiera crear.
Él no la miró a los ojos, sino que estudió la encimera rayada mientras elegía cuidadosamente las palabras que debía decir.
—Me alegra que estés sanando, Soojin. Me alivia que no estés siempre sola, que socialices y vivas la vida normal que mereces. La que yo nunca he sabido darte. —Su voz dolía amablemente—. Pero no olvides a tu hermana, que nunca tendrá esas cosas. Su memoria se volverá solitaria.
La decepción en el rostro de él la quemaba. La soltó, se sirvió un trago y se retiró. Su puerta se cerró y ella observó cómo el pequeño rayo de luz de debajo del marco se apagaba. Todo el progreso que había conseguido con su padre en los últimos meses acababa de desaparecer.