El río sabe tu nombre 23
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Su padre estaba en el despacho haciendo papeleo.

Probablemente algo relacionado con la compra de terrenos y la construcción de nuevos hoteles a lo largo de la costa virgen de Jade Acre, para horror y protesta de los grupos ecologistas locales.

Bentley se detuvo en el umbral. Una delgada franja de luz iluminaba la parte superior de sus zapatos mientras escuchaba la música que sonaba tras la puerta.

Levantó la mano para golpear y luego se detuvo.

Rara vez era bienvenido en el despacho. Pero esto parecía lo suficientemente importante como para arriesgarse a una reprimenda.

Tocó dos veces y luego empujó la puerta.

Cuando Bentley entró, su padre no lo saludó. Siguió escribiendo y solo se volvió hacia él después de haber enviado su correo electrónico.

—Sabes que no me gusta que entres aquí sin avisar —dijo Christopher Porter.

—Sí que he avisado. —Bentley se apoyó en el marco de la puerta, golpeando dos veces de forma rápida—.

Así. ¿Ves? —Era un intento de broma. Un triste intento, más bien.

Cuando su padre no dio muestras de encontrarlo divertido, Bentley jugueteó con un botón de su manga.

Se estaba aflojando; los hilos se habían desgastado tras todo lo que había tirado de él en las últimas horas.

Estaba borracho. Llevaba borracho desde que oyó la noticia, pero le daba igual si su padre se daba cuenta.

Nunca había tenido una relación cálida con él, ni siquiera de niño.

Bentley había llegado al mundo, prematuro, con cólicos y difícil de querer.

Al menos para su padre, que dejó claro que nunca había deseado serlo.

Su madre, sin embargo, sí lo había deseado y él, en su devoción absoluta a su esposa, había accedido.

Bentley castigó el cuerpo de su madre con preeclampsia y un vómito matutino debilitante durante los ocho meses que lo llevó en su interior y, aunque finalmente salió de allí, ella nunca se recuperó del todo del desgaste que le causó.

Desarrolló una miocardiopatía que la acompañaría durante años antes de llevársela, sin previo aviso, en una fría noche de diciembre. Bentley tenía poco menos de nueve años, pero, incluso entonces, entendió que se le culpaba a él.

Su padre cerró el portátil. Un destello de impaciencia le cruzó el rostro.

—Supongo que no has entrado solo a saludar. Estoy ocupado, Bentley.

—El jefe de policía y su esposa han muerto —dijo Bentley, tan rápido que las palabras se comprimieron en una larga consonante. Llevaba todo el día flotando en un ensueño, pero al pronunciar la frase se hizo real.

Su padre se llevó un vaso a los labios y bebió tranquilamente.

—Sí, ya lo sé.

«¿Eso es todo?», pensó Bentley. Por la forma en que su padre lo miraba, se dio cuenta de que también lo había dicho en voz alta.

—¿Qué más quieres? Es una pena lo que pasó con los Silas, pero apenas teníamos relación con ellos. No voy a fingir lágrimas en la intimidad de mi casa, si eso es lo que esperas.

«Apenas teníamos relación». Bentley vio el fantasma de las luces policiales rojas y azules reflejándose en las paredes del despacho.

Unas manos fantasmales cerrando un trato sobre el entonces desaparecido cuerpo de una niña ahogada.

Otro sobre un coche volcado humeando en un barranco.

Dos tratos distintos hechos años atrás. «Apenas teníamos relación».

—La mujer que los encontró ha estado diciendo unas cosas muy locas.

—Ya sabes que las mujeres suelen ponerse histéricas —dijo su padre. Parecía realmente imperturbable—. En cualquier caso, el funeral conjunto es el viernes. Confío en que asistirás. No estaría bien que faltaras.

Bentley no estaba seguro de haber llegado a responder, pero sus pies ya lo llevaban por los pasillos vacíos que le devolvían el eco del golpeteo fragmentado de sus zapatos.

No sabía qué reacción esperaba de su padre, pero no la había encontrado.

¿Se estaba volviendo loco? ¿Atando cabos donde no existían conexiones, como un conspiranoico?

Su mente le ofrecía imágenes inconexas del baile de otoño: luces rojas parpadeantes reflejadas en el latón del saxofón de la banda; Han Soojin con el antiguo vestido de su hermana...

Se parecía tanto a Mirae que era como un fantasma.

Bentley se había abierto paso entre la multitud directo hacia ella, furioso por alguna razón que no podía identificar.

Pero la chica se había escabullido por las puertas del gimnasio con Mark Moon antes de que pudiera alcanzarla.

¿Qué habría hecho si no hubiera desaparecido en la noche? Se imaginó sosteniendo el rostro de Soojin entre sus manos, fingiendo que era su hermana.

Después de la noche en que casi atropelló a Mirae cuando retiraba animales muertos de la carretera, empezó a seguirla.

La siguió a distancia durante días mientras ella iba y venía del trabajo.

Aparcaba su coche y esperaba en la oscuridad hasta vislumbrar su abrigo pálido escapando de su casa y adentrándose entre los árboles.

¿Qué hacía una chica retirando cadáveres de la carretera?

Tenía que saberlo y dejó que la curiosidad le pesara más que la culpa.

Atraparla en una «resurrección» había sido solo cuestión de tiempo.

Bentley la vio sacar la rata de la tierra, se frotó los ojos, incrédulo, y comprendió de repente los motivos de su padre para llevárselos a Jade Acre.

Luego salió disparado de entre los árboles.

Hablaba sin sentido, con náuseas y con una profunda incredulidad.

—Has estado espiándome —dijo Mirae, con voz cortante.

La incapacidad de él para provocarle emoción alguna, incluso en esas circunstancias, le hizo sentirse invisible, un sentimiento que conocía debido a su padre, pero que no podía tolerar de sus iguales.

—¿Crees que iba a verte recogiendo cosas muertas y no seguirte para ver qué pasaba?

Ella no respondió de inmediato y se dedicó a juguetear con el borde de encaje de su manga. A menudo vestía más como una curadora de museo que como una chica de un pueblo cuyas principales exportaciones eran recuerdos de pinos y joyas de conchas de abulón.

Bentley vio cómo se mordía el interior de la mejilla. Iba a rogarle que guardara el secreto. Iba a negociar. Tener ese poder sobre una chica que durante años había considerado muy superior a él era maravilloso. Pero, cuando finalmente habló, sus palabras no eran las que él esperaba.

—Ahora ya lo sabes. Más vale que me ayudes.

Y él lo hizo. Durante meses, la acompañó en sus numerosas excursiones secretas por caminos rurales, remangándose para el trabajo sucio en el que ella, de alguna manera, lo involucraba.

No buscaban bayas, sino cadáveres. Los coyotes y ciervos destrozados con ojos como huesos de ciruela eran demasiado pesados, pero sacaban del asfalto vidas más pequeñas como si fueran dioses destructores.

Zarigüeyas. Ardillas. Mejor si los cuerpos aún estaban tibios y lejos de la descomposición.

Solo recogían lo que los tábanos no habían alcanzado primero.

Ese fue el inicio de un año de amistad tentativa, sostenida enteramente por secretos y cadáveres. Durante meses, la vio enterrar una y otra vez. Tal como probablemente había hecho su padre junto a la madre de ella décadas antes.

«¿De verdad tienes que ir tan lejos?» era la pregunta recurrente que le hacía en aquellos días.

Ella levantaba la bolsa transparente con una pata amputada hacia la luz temblorosa de la linterna.

Estaba lista para ser enterrada. Para que la llamaran de vuelta.

Para entonces él conocía los detalles de su magia.

Sabía que extraía vida de lo que estuviera cerca para alimentar la formación de carne nueva.

Sabía que podía oír voces y que, a veces, una era la de su madre.

Sentía una ansiedad terrible, que un día Mirae escuchara lo que no debía, que enterrara un hueso y este le susurrara secretos sobre lo que su padre había hecho. Pero, más que nada, temía perderla. Esta nueva amistad, frágil y construida sobre secretos, era lo único que le hacía sentirse visto.

Su temor no era infundado, porque al final sucedió.

Bentley llegó a su habitación y los recuerdos se desvanecieron.

Abrió la puerta y entró tambaleándose, hasta apoyarse en su mesa, donde un vaso de agua a medio beber acumulaba motas de polvo en la superficie.

Sentía un pulso sonoro en los oídos, como si estuviera sumergido en un cuerpo de agua.

Estaba asustado. No tenía un motivo concreto para ello.

Sus recuerdos de Mirae seguían extendiendo sus filamentos hacia el presente.

La recordaba pensando en los cuerpos de los Silas endureciéndose como plástico, en la morgue.

La recordaba mientras la lluvia golpeaba en un código Morse palpitante contra la ventana de su habitación.

De repente, deseó con fuerza estar sobrio.

Tomó un sorbo de agua que bajó parcialmente por su garganta antes de retroceder hacia arriba.

Apenas llegó al lavabo. Vacío, Bentley se recostó sobre las sábanas en la habitación que no amaba lo suficiente como para decorar, y contempló un círculo de humedad en el papel blanco inmaculado.

Nunca lo había notado antes. Parecía contraerse y luego distenderse, como el diafragma de una cámara o como un solo ojo oscuro enfocando.

Un afecto innombrable lo llenó. El deseo de pasar el pulgar sobre la mancha, pero, al parpadear, la perdió de vista.

Aun así, extendió la mano para tocar el papel. Estaba húmedo y frío.

—No hay nadie —se dijo a sí mismo en la oscuridad solitaria.

Y luego, durante varias horas, soñó.