22
Los cuerpos fueron hallados por la mañana.
Cuando Claire Silas no llevó a su esposo a una cita médica y no respondía a ninguna llamada, una amiga, preocupada, fue a su casa.
La ducha del baño de invitados seguía abierta y Claire estaba dentro.
Su torso y cabeza en la bañera, las piernas arrodilladas sobre la alfombrilla fuera.
Se había golpeado la cabeza con suficiente fuerza como para que su cerebro se hinchara y, aun así, estaba claro que sus últimos movimientos antes de perder el equilibrio y ahogarse habían estado destinados a intentar limpiar.
Un trapo y una caja de bicarbonato de soda yacían junto a una de sus rodillas, y las manchas de sangre habían teñido profundamente la alfombra.
A Joe Silas lo encontraron en el dormitorio de arriba, apoyado contra el cabecero. Más tarde, ambas muertes serían clasificadas como ahogamientos accidentales. Tenían los pulmones llenos de agua. En una bañera vacía, en una cama. Nadie sabía cómo había podido ocurrir.
La amiga que los encontró contaría más tarde, histérica, a cualquiera que quisiera escucharla, que había huellas húmedas que iban desde el baño de invitados hasta el dormitorio principal.
Las plantas de la casa se habían marchitado por la putrefacción de las raíces, regadas en exceso.
Las paredes estaban oscuras por los daños del agua.
Incluso la barandilla de la escalera había estado goteando.
Pero lo peor había sido el propio Silas.
Tras demasiadas horas, sus ojos abiertos estaban lechosos.
Se había formado un pequeño lago sobre su regazo, en el que algunos peces negros nadaban entre los montículos de sus rodillas, chocando entre las mantas.
Las algas crecían por la enredadera de su garganta inclinada hacia atrás.
Una pequeña huella de mano se veía marcada sobre su pecho, hinchado y en rápida descomposición.
Su boca abierta estaba llena de agua salada, oscura por el limo.
Y de ella crecía un loto blanco, cuyo tallo se introducía por el esófago.
Flor de renovación. Flor de putrefacción.
Sus pétalos apenas comenzaban a abrirse.
Cuando floreció, un único ojo azul se movía frenéticamente donde deberían estar los estambres.
Fue esto, según afirmó la amiga, lo que finalmente la quebró.
La hizo salir corriendo de la casa gritando en busca de ayuda.
Más tarde, cuando los forenses fueron a por los cuerpos, no había nada fuera de lo común.
Todas las huellas habían desaparecido. El esposo y la esposa seguían muertos, pero de manera menos extraordinaria.
La mujer yacía en la bañera, el hombre en la cama.
No había agua a la vista. No había flores cadáver.
Pero la historia de la amiga era mejor.
El chisme se esparció por la ciudad, al igual que una aprensión supersticiosa.
«Agua», susurraba el pueblo. «El agua». La misteriosa desgracia de la familia Silas era lo único de lo que se hablaba.
Sus nombres se murmuraban en las mesas de los restaurantes, en las barberías, en los pasillos de las escuelas.
Cuando la noticia llegó al móvil de Mark Moon —un mensaje histérico de Jay con un enlace al periódico local—, él estaba ayudando a su madre a atender el cementerio.
Después de las lluvias, los ramos que se dejaban sobre las tumbas de las mascotas se habían ablandado hasta volverse irreconocibles.
Mark normalmente podía identificarlos todos mientras los recogía para el compost: crisantemos, rosas blancas, lirios de los valles.
Hoy, sin embargo, cuando su madre y él limpiaban las lápidas, arrancando maleza y desechando ramos muertos, solo podía reconocerlos por sus espinas.
Chilló cuando se hizo un pequeño corte en el pulgar. Se lo llevó a los labios, probó la sangre y luego nada. La evidencia del cuerpo desapareció muy rápido. Suspiró y tiró las rosas al contenedor de compost antes de secarse el corte con la manga.
Su madre detuvo su labor para mirar hacia la niebla omnipresente con una expresión inquieta.
Durante el último mes, Jade Acre había experimentado una cantidad inusual de lluvias, incluso para sus estándares normalmente lluviosos del otoño.
Hoy era un raro día semiseco y, aun así, no había nadie por la calle.
El ambiente en el pueblo era sombrío. Tras la insólita muerte de los Silas, la gente estaba nerviosa.
—Mamá —llamó Mark sacando una golosina para perros empapada de la tumba de un chihuahua.
Estaba resbaladiza, como preludio de la descomposición, y olía a letrina y a tierra—.
¿Puedes traer la bolsa aquí? —Ella se acercó y dejó la bolsa de compost medio llena a sus pies.
Él echó lo que había recogido y luego miró a su madre.
No era habitual que ella estuviera tan callada; seguía mirando en silencio la niebla lechosa como si algo pudiera salir de ella—. ¿En qué estás pensando?
—¿En qué voy a estar pensando? —suspiró, sentándose pesadamente sobre la lápida de un gato atigrado—.
En los pobres Silas. No lo puedo creer. Y esa amiga suya...
Alguien tiene que ayudarla. Las disparatadas historias que está difundiendo están poniendo a todos histéricos…
—Negó con la cabeza—. Me recuerda a mi ciudad natal.
La madre de Mark había crecido en una isla remota frente a la costa suroeste de Corea.
Ahora Mark no recordaba el nombre, pero lo conocía de oídas por las historias que ella contaba.
Era un pueblo accesible solo por ferri o por un puente de tierra que aparecía un par de veces al año, cuando el nivel de las aguas bajaba.
Las casas bajas de techos coloridos nunca estaban cerradas y los perros jindo vagaban cerca de los muelles, esperando a que les arrojaran cabezas de pescado o entrañas.
En los mercados al aire libre, las ancianas vendían peces lija prensados y cangrejos soy crudos, llenos de huevas doradas.
En primavera, las sepias se colgaban a secar en cuerdas por todo el pueblo y, durante el invierno, los ancianos iban a los bancos de lodo con cubos de hojalata para recolectar almejas del tamaño de una mano infantil.
Era también un pueblo del que los jóvenes huían, en el que quedaban solo niños y ancianos.
Un pueblo donde algunas escuelas permanecían vacías durante años enteros por falta de alumnos.
Donde los residentes morían sin que nadie los reemplazara y, así, las casas se volvían fantasmas, llenas de telarañas y blanqueadas por la brisa salada de la costa.
Sobre todo, era un pueblo encantado.
—Estás pensando en el fantasma del agua —dijo Mark. Había oído la historia muchas veces de boca de su madre; era su relato recurrente junto a la fogata.
—No había ningún fantasma —replicó ella.
Esta era la historia del pueblo donde su madre creció, tal como Mark la conocía.
Hacía mucho tiempo, una joven que jugaba en la playa afirmó haber visto una garza blanca en el agua.
Nadie más la había visto, pero la niña aseguraba que estaba allí, acicalándose las plumas y mirándola con ojos negros y solitarios.
La pequeña se escapó por la noche en búsqueda de su plumaje blanco, y la corriente la arrastró hacia el océano.
Aunque los aldeanos sacaron sus barcos de calamar y faenaron con redes, el cuerpo nunca apareció.
Era temporada de monzones y el mar estaba tan feroz que no se podía saber hasta dónde la había arrastrado.
Los lugareños atracaron los barcos y la dieron por muerta.
Su madre, desconsolada, no salió de casa durante semanas, y sobrevivió únicamente con un caldo ligero de abadejo que los vecinos le dejaban en su puerta.
Cuando finalmente emergió, estaba esquelética y eufórica y sostenía en sus manos un par de zapatos de su hija.
«¿A dónde vas?», preguntaron los aldeanos.
«Oigo la voz de mi niña. Me está llamando», respondió ella.
Colocó los zapatos al borde del agua, con los talones hacia el mar, como si su hija pudiera salir del océano y calzarse de nuevo.
Cada día, lloviera o tronara, la madre iba al mismo lugar esperando ver a su hija, pero en su lugar encontraba que los zapatos habían desaparecido. Llevaba un par nuevo y los colocaba igual: los talones hacia el agua y las puntas hacia el hogar.
«Tu niña se ha ido. Ella querría que siguieras adelante», le decían los aldeanos. La madre no se inmutaba. «Conozco la voz de mi niña. Me dice que está sola. Tengo que proporcionarle una forma de volver a mí».
Durante una semana repitió este ritual, hasta que una mañana clara un pescador salió en su bote y sacó con la red a una mujer ahogada, enredada entre peces sable.
Era la madre, muerta, con una sonrisa congelada en el rostro y abrazando una masa orgánica tan descompuesta y comida por los peces que era imposible de identificar.
El asustado pescador arrancó la masa putrefacta de los brazos de la madre y la arrojó de nuevo al agua antes de llevar rápidamente el cuerpo ahogado de regreso al pueblo.
La madre fue enterrada con el último par de zapatos de su hija y eso pareció poner fin a la tragedia, o eso pensó el pueblo.
Entonces las redes empezaron a regresar del océano con todos los peces muertos; después, los árboles y las enredaderas se marchitaron.
Comenzaron a aparecer huellas mojadas alrededor del pueblo.
Repetían los pasos de la madre desde su casa hasta el agua.
Las lluvias torrenciales arrancaban tablas de los muelles.
Los niños del pueblo gemían por la noche y lloraban por la soledad de alguien.
Estos mismos niños comenzaron a salir de sus casas, sonámbulos, hacia el agua.
Dos niños desaparecieron así, antes de que el pueblo aceptara finalmente que estaba encantado.
—Mamá, ¿cómo sabía tu pueblo que era un fantasma y no una serie de accidentes extraños? —preguntó Mark.
—Te he dicho que no había ningún fantasma —replicó su madre otra vez, pero al ver su expresión seria suspiró—.
Había un punto en el agua que siempre se veía negro.
Incluso en días perfectos cuando el resto del mar era azul.
Ese era el lugar que los ancianos del pueblo decían que estaba encantado por la madre y la hija ahogadas.
Aseguraban que se habían convertido en mul gwisin , fantasmas del agua, y que eran sus cabelleras negras en constante crecimiento lo que mantenía a las malas hierbas tan salvajes.
—¿El pueblo realizó algún exorcismo?
—Dios, no. Los fantasmas del agua no pueden ser exorcizados fácilmente, sobre todo los femeninos.
Hay algo relacionado con la energía de una mujer alineada con el agua.
Algunos dicen que la única manera de detener la aparición de un fantasma del agua es salvarlo.
El pueblo realizó un ritual de purificación para redimir las almas de las ahogadas.
Se pagó a chamanas de un pueblo cercano.
Llenaron de arroz un cuenco de latón, lo ataron con una cuerda de lino blanco y lo arrojaron al mar.
Los aldeanos decían que cuando se recuperase el cuenco, si algo semejante a una parte del cuerpo aparecía —una uña, un pelo, tal vez un diente—, significaba que el alma había sido purificada y se podía realizar un funeral.
»Esa noche, el ritual se detuvo porque una tormenta repentina pasó por la costa. Arrojó barcos al océano y los convirtió en madera flotante. Cuando los aldeanos finalmente pudieron ir a por el cuenco, el lino se había deshecho. El cuenco y todo su contenido habían desaparecido.
—¿Pero funcionó?
—¿Por qué de repente te interesa tanto esto?
—preguntó, mirándolo de reojo. Giró un hilo que se le salía de la manga—.
¿Quién sabe? Hubiera o no un fantasma, el pueblo acordó no continuar.
Las familias más asustadas decidieron mudarse.
Pero, sobre todo, se fueron porque no había oportunidades.
Era solo un lugar hermoso para morir. Mi familia se fue por eso.
A Masan y luego aquí, a este país, donde tuve la suerte de tenerte.
—Se tocó la barbilla antes de mirar de nuevo a la niebla que se extendía como un ovillo abajo en el valle.
»La gente cree que cualquier cosa es un fantasma.
La madre de la niña ahogada no estaba oyendo la llamada de un espíritu.
Era víctima de su propio anhelo y dejó que ese anhelo la destruyera.
Eso es todo lo que se necesita, Mark. No aceptar la pérdida es el único requisito para que haya un fantasma.
Nuestras heridas nunca nos abandonan si no las dejamos ir.
Se levantó, retomó la bolsa de compost y le despeinó el pelo.
—Me voy a casa. No te quedes demasiado tiempo, cariño. Te vas a resfriar.
Pero él se quedó pensando en la madre pescada del agua, sonriendo serenamente abrazada a la podredumbre, en las infinitas maneras en que el amor se puede convertir en su propio espectro.
¿Cómo sería eso? ¿Amar algo tanto que podrías meterte en el mar por ello, sin siquiera dejar tus zapatos en la orilla para volver a tu propia vida?