21
Tras la muerte de la matriarca, la familia lavó el cuerpo rígido con agua tibia perfumada con incienso.
Le llenaron la boca con tres cucharadas de arroz y le colocaron una moneda sobre cada ojo antes de que los hombres la enterraran.
Con eso le ofrecían una vida plena después de morir y regresaban a un hogar sin ella.
El tiempo pasó. El largo invierno cedió ante la primavera y el montículo de la tumba de la matriarca reverdeció con hierba nueva y con los delicados pétalos arqueados de los dientes de perro.
Como si fuera por una bendición de la anciana, el hambre que asolaba la aldea comenzó a ceder.
Sus campos yermos finalmente produjeron cosecha y los hombres que se habían ido, años atrás, a trabajar en barcos de calamar en provincias lejanas regresaron y trajeron consigo ganado, esposas y bebés regordetes atados a sus espaldas como sacos de cebada.
Para entonces, el cuerpo de la niña estaba devastado por haber permanecido tanto tiempo ligado al ave espectral y a su odio. Unas abrasiones negras le recorrían los antebrazos, y unos moratones de color ciruela le ennegrecían el esternón, las clavículas y los pechos.
Pero ahora, la larga hambruna había terminado.
«Ya no hace falta depender de ella; el ave finalmente puede ser libre», pensó la niña mientras enterraba el esternón y esperaba a que la sangre se acumulara.
Ese día la resucitaría y, en lugar de sacrificarla, caminaría hacia las montañas para liberarla de una vez.
Allí, entre pinos y azaleas en plena floración, podría vivir su vida natural o ser capturada por un tigre y tener la bendición de una muerte sin interrupciones.
Pero en cuanto sacó la gallina del suelo, esta le arañó las palmas ennegrecidas y se alejó con furiosos aleteos.
Antes de que la niña pudiera reaccionar, la gallina voló hacia el río, que corría tan rápido como una arteria.
Decidida a morir a su manera, el ave se lanzó al agua y la corriente se la llevó de inmediato.
El cuerpo fue arrastrado sin emitir sonido alguno, sin dejar más que una solitaria pluma blanca a su paso.
La niña lloró en la orilla del río durante dos noches y tres días.
Había llegado a amar al ave que había resucitado una y otra vez para que, con su sufrimiento, ellos pudieran vivir.
Quiso ser absuelta de su culpa por todos esos días en los que le acariciaba las suaves plumas del lomo antes de romperle el cuerpo para hacer sopa.
En señal de disculpa, finalmente le puso nombre.
La llamó 장수 , Jangsu, que significa «larga vida», y el nombre la siguió hasta el agua como si fuera un animal.
Arrastrado por el río, el cuerpo llegó hasta un estuario donde, picoteado por los peces y despojado de sus plumas, se hundió hasta el fondo y no volvió a salir.
Tras el baile de otoño, Soojin y Mirae llegaron al acuerdo tácito de no hablar sobre la desastrosa forma en la que había terminado aquella noche.
Volvieron a los ritmos familiares; su hermana molía café en la cocina mientras Soojin, arriba, se preparaba para ir a la escuela.
Luego llegaba a casa después de un turno en el restaurante y se encontraba a Mirae leyendo viejos libros con los pies apoyados en el marco de la cama, absorta en escenas que probablemente había leído una docena de veces.
«Esto es la felicidad», pensaba Soojin en esos días. «Esto es lo único real».
Pero había una lista creciente de preocupaciones en las que Soojin se negaba a pensar.
Los moratones que se le extendían como tinta sobre la piel y la forma en que los días se habían convertido en un juego de azar.
Soojin nunca estaba segura de qué tipo de hermana encontraría por la mañana: la Mirae que brillaba como el sol y ayudaba alegremente a Soojin y Mark a preparar sus disfraces de Halloween, cuando su instituto, normalmente aburrido, se convertía en un lugar de diversión, o la Mirae cuyos estados de ánimo eran impredecibles, como un clima cambiante, que saqueaba la cocina a cualquier hora de la noche, dejándola llena de grasa, sin molestarse en limpiarla.
Soojin había notado que Milkis ya no suplicaba que la dejaran salir de la jaula cuando Mirae estaba en la habitación.
Y, en ocasiones, la rata se metía en su madriguera, dejando solo visibles sus atentos ojos rojos en las sombras.
Tampoco se detenía a pensar en eso, ni en la manera en que su hermana a veces se encerraba en el baño de sus padres, dejando correr el agua durante horas mientras las tuberías luchaban por tragarla.
Soojin no le daba demasiada importancia, pero a veces bajaba sigilosamente para pegar el oído a la puerta del baño.
Nunca salía luz por las rendijas del marco.
«¿Quién se baña en total oscuridad?», pensaba por un momento antes de apartar la pregunta y seguir escuchando.
Oía el suave chapoteo del agua contra el borde de la bañera y un silencio por lo demás antinatural.
¿Dónde estaba el sonido del cuerpo moviéndose contra el esmalte de la bañera?
¿El clic plástico de los envases abriéndose y cerrándose?
¿El bullicio tenue que acompaña al hecho de estar vivo?
«¿Sigues conmigo?», pensaba Soojin con el oído pegado a la puerta. Escuchando el solitario goteo del grifo mientras los días pasaban ante ella como agua. «¿Estás ahí?».
La afinidad de la chica con el agua se estaba profundizando. No, eso no era exactamente así. El agua se estaba volviendo más insistente. Le lamía los bordes de la mente. Si antes podía relegar su ruido interminable, ahora se le infiltraba en el sueño y le susurraba a todas horas.
No era exacto decir que le molestara esta sensación de ser, poco a poco, desplazada de su propio cuerpo por el agua.
La noche que había ido a ver a Porter había sido un fracaso.
Había perdido el control del cuerpo del hombre antes de poder hacerle daño y él se había despertado solo con el recuerdo borroso de una pesadilla.
Pero no volvería a pasar. El agua podía cortar cualquier cosa.
Al ceder a ella, sentía que se afilaba hasta convertirse en una hoja más útil.
Pero aquella noche no era para Porter. Tenía otros cabos sueltos que quería cortar.
Cerró los ojos y dejó que los innumerables sonidos del pueblo la envolvieran: las arterias ramificadas del río Black Pine a lo lejos, una grulla alzando el vuelo y salpicando agua con sus garras, su hermana suspirando en el bar mientras inclinaba una cafetera manchada bajo el cálido chorro del fregadero…
Deshizo el sonido hasta encontrar el que buscaba. La respiración húmeda de Joe Silas. Su corazón palpitante y anodino. Y, en otra parte de la casa de los Silas, un grifo corriendo, agua de baño. Una puerta.
Cuando Joe había vuelto a casa, apenas consciente un instante y al siguiente furioso con cada ruido de agua, Claire Silas pensó esperanzada: «Quizá muera».
Ciertamente, toleraba lo suficiente a ese hombre, pero su matrimonio había sido por conveniencia.
Joe siempre estuvo allí. Era el que sus difuntos padres habían aprobado, y, así, cuando él había propuesto matrimonio, ellos la habían enviado como ganado.
Claire siempre había soñado con irse, y los años transcurridos no habían apagado ese deseo.
Si él muriera, el seguro de vida sería bastante para poder viajar; incluso podría vender su vieja casa e intentar suerte en un mundo más grande.
Sería mejor que estar atada a este hombre al que no amaba, alimentándolo con compota de manzana, mientras su olor se intensificaba por su aversión al agua.
Las toallitas húmedas solo servían hasta cierto punto.
Ni siquiera podía ducharse en su propio baño sin que él saliera de su estupor para protestar y enfurecerse apenas crujían las viejas tuberías.
Así que ahí estaba, en el baño de invitados de la planta baja, mirándose al espejo. Detrás de ella, la ducha llevaba abierta sus buenos cinco minutos, pero el agua seguía tibia. No se formaba condensación en el espejo y su reflejo era tan exacto que resultaba inquietante.
Se acercó de nuevo a la ducha. El agua continuaba tibia, maldita mierda.
Abrió el grifo al máximo y se sentó en el borde de la bañera.
Solo entonces notó algo extraño. Aunque el tapón no estaba puesto, el agua no se vaciaba.
La bañera estaba medio llena. Las tuberías parecían totalmente atascadas.
Claire suspiró. Casi todo en la casa era viejo y había que cambiarlo.
Deberían haberlo hecho todo de una vez muchos años atrás, cuando Joe encontró aquella gran suma de dinero cuyo origen nunca había explicado, pero que ella sospechaba que había ganado apostando.
En cambio, lo había malgastado. En la ridícula matrícula universitaria de su hija, sí, pero también en alcohol, diferentes artilugios y en la mesa de dados del casino Cache Creek.
Claire metió la mano en la boca del desagüe, buscando cualquier resto de jabón o suciedad que se hubiera quedado atascado, esperando no tener que usar un desatascador.
Pero allí estaba, su dedo se enredó en algo liso y sinuoso.
Tiró. No fue fácil desprenderlo, pero era, indudablemente, pelo.
Algunos mechones sedosos se rompieron cuando, finalmente, sacó una larga maraña del desagüe.
Un grito involuntario. No podía ser su pelo.
Era grueso y negro, cuando el suyo era marrón y con canas y el de Joe, corto y áspero como el pelo de un terrier.
La idea de que Joe hubiera tenido una aventura le cruzó la mente, aunque le resultó tan improbable que la encontró cómica.
¿Quién iba a quererlo? Pero entonces, ¿de quién era ese pelo?
Se deshizo de los mechones agitando la mano en el agua, luego hundió los dedos de nuevo en el desagüe. Se enredaron en otro nudo de pelo negro, que sacó, tan grueso y liado como el sargazo. La bañera ya estaba llena. En su lucha con el pelo, había olvidado cerrar la llave.
—¿Qué demonios…? —murmuró Claire. El agua seguía sin vaciarse.
«Escucha a través del agua», había gimoteado Joe una vez que ella le había llevado una palangana para su baño con esponja. «No dejes que entre».
La superficie del agua era ahora un cuaderno de bocetos de pelos a la deriva.
Los filamentos negros cubrían la superficie como un denso bordado.
Al principio, Claire no notó la ondulación, el fondo que se juntaba para formar la silueta translúcida de una niña, acurrucada como si acabara de nacer.
Un remolino repentino y un estiramiento.
Solo entonces la golpeó la sensación innombrable de peligro.
Claire chilló e intentó alejarse de la bañera, pero algo bajo la superficie le agarró las muñecas con firmeza.
Sintió un dolor abrasador al contacto, como una sensación de saqueo, como si estuviera siendo evacuada, absorbida a algo diferente mediante una violenta ósmosis.
La criatura tiró de sus muñecas, usando su peso para levantarse.
Pero Claire no pudo mantener el equilibrio.
Cayó y su cara chocó con fuerza contra el borde curvado de la bañera.
Su visión se volvió blanca antes de que llegara el dolor, pero incluso entonces la sensación era amortiguada.
Tuvo una conciencia difusa de que algo andaba mal con su cuerpo.
Era vagamente consciente de la sangre que le goteaba en un reguero caliente por la frente, pero no podía recomponerse.
No entendía lo que estaba sucediendo. Algo se levantó de la bañera, salió, pasó a su lado y abandonó el baño con pasos silenciosos.
Claire apenas pudo consignar miedo ante ese hecho.
«Limpiar. Hay que limpiar esto», pensó. Su mente producía pensamientos inconexos acerca de la alfombra del baño. Era tan bonita…, amarilla con ribetes de flores rojas. La sangre la arruinaría. Nada mancha tanto como la sangre. Joe protestaría.
Claire se tambaleó hasta el armario, sacó un trapo y bicarbonato de soda.
Tenía sangre en los ojos y no acababa de recordar por qué se inclinaba para limpiar.
Las extremidades no le respondían. Se convulsionaron y, de repente, estaba en el agua.
La cabeza sumergida mientras el resto del cuerpo se esforzaba por quedarse fuera.
Las rodillas arañaban la alfombra, inútiles y rígidas, y se hallaba demasiado sorprendida para encontrar apoyo.
Abrió la boca para respirar y el agua entró en ella. Una agitación de espuma. Pelo. Nada.
El agua, que golpeaba la superficie de la bañera cayendo desde la ducha, finalmente se volvió caliente mientras ella se ahogaba.
La chica se movía por la casa en silencio, quitándose nudos de pelo de la falda y buscando, dejando unas huellas menudas y húmedas a su paso.
Pronto encontró al hombre. Joe Silas estaba sentado en su cama, apoyado sobre unas almohadas contra el cabecero.
Sus ojos lechosos se deslizaron hacia ella.
No había pánico, solo un temor lento, como si ya supiera que ella iba a llegar, aunque no tan pronto.
La chica se sentó a su lado, dejando cercos de agua de la bañera sobre las sábanas.
Extendió la mano para tocarlo y él solo se estremeció un poco.
—¿Va a doler? —preguntó. Sus ojos tenían un aspecto regresivo, infantil.
Eso la inclinaba hacia él, incluso cuando la anticipación de la violencia se esparcía dulce por sus sinapsis.
Había aprendido que el odio era una forma de devoción.
Estaba ante este hombre, que había tenido la oportunidad de salvar a su madre y no había hecho nada.
Y luego, años después, otra oportunidad, otro desastre y tampoco había hecho nada.
Ella se había hecho devota de hacerle sufrir.
La chica le mostró su sonrisa más amable.
Para el hombre, había cierto alivio en saber que no había más opciones; una aceptación forzada seguía siendo aceptación.
Ella le colocó una mano sobre el pecho. Él sintió una punzada como si una espina se le deslizara dentro.
Luego un frío que irradiaba hacia afuera, apretándole el corazón, llenándole los pulmones.
Dolía. Abrió la boca para llamar a su esposa.
En lugar de voz, un líquido tibio le subió por la garganta como un torrente de bilis.
Pero no era bilis. Era agua, salpicada de tierra y pequeñas piedras.
Le corría por la pechera de la camisa y se acumulaba en la manta del regazo, creando su propia pequeña biosfera.
Lodo. Filamentos de musgo. Una larva de efímera moviendo sus muchas patas translúcidas.
Se le replegaron los ojos. El río lo había atrapado.