20
Se acercaban a la entrada de la cabaña cuando algo llamó la atención de Mark.
En la oscuridad era casi imperceptible, pero, mientras seguía a Soojin hacia la puerta, notó que los parterres que esa mañana habían estado llenos de vida se estaban marchitando.
Si viera así las plantas de su jardín, no lo dudaría, sería el tipo de peligro leve que se soluciona regando.
Aun así, la piel se le erizó. Soojin sacó su llave.
—Espera —dijo él.
—¿Qué pasa? —La llave brillaba en la oscuridad.
—No creo que debamos entrar. —Trató de mantener una expresión tranquila mientras observaba las cortinas rojas que se mecían en la ventana. Sentía cada respiración, el aire entrando y saliendo de sus pulmones.
—¿Por qué no? —preguntó Soojin a la vez que insertaba la llave. El clic de la arquitectura interior de la cerradura sonó como artillería al alinearse en su interior. Esta vez Mark no pudo evitarlo; la tomó por la muñeca, más fuerte de lo que pretendía.
—Mira —dijo, señalando las jardineras. Soojin siguió la línea de su dedo y sus ojos se abrieron impactados. Mark se había equivocado: no era la falta de agua lo que hacía que las flores estuvieran marchitas. La tierra, completamente encharcada, había ahogado las raíces.
—¿Qué diablos…? —susurró Soojin moviendo los pies.
Había pisado un charco y los tacones dejaron marcas húmedas en el cemento.
Algo parecido al miedo le cruzó el rostro, pero enseguida volvió a concentrarse en la cerradura.
Un clic y la puerta se abrió. Soojin entró y se quedó, casi de inmediato, envuelta en la sombra.
Un instinto animal empujó a Mark a darse la vuelta, pero ¿por qué? ¿Por unas flores demasiado regadas? La siguió y cerró la puerta, lo que provocó que tuvieran que buscar el interruptor en completa oscuridad.
—¡Mira por dónde vas! —susurró Soojin cuando él se chocó con ella. Entonces ella le dio una patada a algo que salió rodando por el suelo.
—¿Cómo voy a mirar por dónde voy? —Sus rodillas golpearon un mueble y algo rebotó produciendo un tintineo metálico que le recorrió la pierna—. Mierda. Vamos a despertarla. Te lo dije… —La mano de Soojin voló en la oscuridad y golpeó los ojos de Mark antes de posarse sobre la nariz y la boca.
—Shhh —dijo, y él obedeció. Su respiración, que subía y bajaba al mismo ritmo que la de ella, era lo único que podía oír.
Luego sus oídos captaron algo más: el viento, el murmullo suave de una ducha detrás de unas puertas cerradas.
Y después, algo extraño, un sonido húmedo y torpe que venía del otro lado de la cabaña.
El sonido de un animal buscando alimento, hurgando en la oscuridad.
—¿Unnie? —llamó Soojin. Se apartó de la cara de Mark y buscó la pared para encontrar el interruptor. Él tanteó a ciegas hasta sentir su mano y entrelazaron los dedos—. ¿Estás dormida?
Soojin finalmente encontró el interruptor y el mundo se iluminó.
Sus ojos tardaron en adaptarse, pero, al hacerlo, la cabaña le pareció casi igual que la última vez que la habían visitado.
Las agradables paredes beis, el televisor anticuado sobre un mueble de madera que el señor Han había hecho a mano...
La alfombra se hallaba cubierta de libros revueltos.
La cama estaba deshecha, con las mantas tiradas en el suelo, una evidencia clara de que Mirae había estado allí en algún momento de la noche.
Algo pesado y de cerámica se rompió contra el suelo y Soojin chilló.
El ruido venía de detrás de la barra de la cocina.
Soojin clavó las uñas en los nudillos de Mark, pero él apenas sintió el dolor; la semilla del miedo le floreció en el estómago hasta convertirse en un temor completo y desorientador.
Primero pensó que había entrado una zarigüeya, pero sabía, a pesar de no poder verlo, que no era un animal.
—Unnie —llamó Soojin de nuevo, con voz firme, mientras se acercaba a la pared para protegerse—. ¿Qué estás haciendo? —Avanzaron alrededor de la isla de la cocina.
Soojin se detuvo y se soltó de la mano de él para cubrirse la boca.
La cocina parecía el ojo de un huracán, con la arrocera abierta y sin un solo grano de arroz, nada más que un fino residuo pegado al borde de la olla.
El estante de especias estaba volcado. Una capa de hierbas secas cubría los mostradores y el suelo, limpio solo donde alguien había pasado a gatas.
Los cajones abiertos y los armarios revueltos, cajas destrozadas con envoltorios rasgados.
Algo crujió bajo los zapatos de Mark, granos de arroz crudo, blancos y numerosos como un enjambre.
Y allí estaba ella, en el centro de todo, como el ojo de la tormenta.
—¿Qué…? —Soojin tartamudeó hasta encontrar finalmente la voz—.
Dios mío, ¿qué ha pasado? —Corrió hacia su hermana.
Mirae estaba en el suelo, apoyada en un armario abierto, sobre un pequeño charco de vómito.
Ese sonido húmedo y tembloroso que resonaba en la oscuridad venía de ella.
El sudor le pegaba los mechones desiguales del flequillo a la cara.
Soojin se arrodilló a su lado y sujetó los hombros de Mirae para que no se apoyara más en el estante inestable.
Sus brazos estaban cubiertos de aceite, canela, hojas de té y cristales de un frasco de aceite de oliva roto a sus pies.
Una de sus manos estaba sumida en una salsera decorativa y algunos cristales blancos le colgaban de los labios húmedos.
Mark recordó a su madre arrojando sal por encima del hombro tras el funeral de Mirae para que su espíritu no la siguiera. Pero, Dios, ahí estaba.
Si la sangre le recorría el cuerpo, si el corazón aún le latía…, ¿podría seguir siendo un espíritu?
—No sé qué me pasa —dijo Mirae, tan bajo que Mark apenas la escuchó por encima del murmullo de la ducha.
Soojin había mojado un trapo de cocina y le limpiaba el rostro enrojecido.
Tenía las mejillas y los labios manchados de aceite y sal.
Mirae abrió la boca como para hablar, pero tembló, respirando con dificultad.
Entre sus dientes había sangre, como si hubiera mordido algo filoso sin darse cuenta—.
Tengo tanta hambre y nada de lo que hago es suficiente… No sé qué…
—No pasa nada —dijo Soojin con una voz firme, que Mark asumió que intentaba ser consoladora, aunque no sonara más que distante.
Limpió los brazos de su hermana y el trapo quedó manchado de cobre.
Mirae estaba cubierta de pequeños cortes y a Mark apenas le dio tiempo de pensar que su sangre tenía una cualidad aguada, diluida, antes de que Soojin se la limpiara.
—No pasa nada. No pasa nada —seguía diciendo Soojin, como un deseo que se pide cuando el reloj da la medianoche o se apaga la última vela de cumpleaños.
El salvajismo en los ojos de Mirae era completamente inusual.
Siempre había sido la hermana organizada, la hermana de fiar.
El pánico hacía que su rostro pareciera extraño, casi ajeno bajo la luz pálida y parpadeante de la pequeña cocina—. No pasa nada —repitió Soojin.
Mirae le apartó la mano de un manotazo.
—¡Deja de decirme que no pasa nada!
Soojin se echó hacia atrás. Mark pudo ver la sorpresa en sus ojos. Su hermana nunca la había golpeado. Nunca.
¿Había visto alguna vez a Mirae así, ni siquiera de niña?
Siempre había mostrado un completo autocontrol.
En el funeral de la señora Han, ¿no había permanecido con la mirada vidriosa mientras su hermana y su padre se derrumbaban?
¿No había guardado silencio entre la procesión de crisantemos blancos que llenaban los pasillos, como alguien que se aleja de sí mismo el tiempo justo para luego llorar en privado?
—Tengo miedo —admitió finalmente Mirae, y su voz apenas era audible por encima del agua de la ducha que seguía corriendo al otro lado de la cabaña.
Fue esta confesión lo que le hizo reaccionar.
Mark se arrodilló junto a Soojin y sacó la mano de Mirae del salero.
En su búsqueda compulsiva, se había hecho una herida superficial en la palma y la sal se había incrustado en la carne abierta.
Ver eso le dolió. Encontró una botella de agua y limpió la herida.
Mirae no ofreció resistencia. Se quedó sentada como ida, hipando y dejando que la cuidaran como a una niña.
—Mark, puedo encargarme de esto sola. Vete a casa —dijo Soojin cubriéndole las piernas a su hermana. Él ni siquiera había notado que estaba casi desnuda de cintura para abajo, con el camisón levantado sobre los muslos.
—Pero… —Empezó él.
—Que te vayas.
—Puedo ayudar.
—Por favor. —La voz de Soojin no dejaba lugar a negociación.
Se levantó y salió de la cocina saqueada en dirección a la sala de estar.
De repente, el aire se sentía húmedo y pesado.
Los libros del suelo estaban arrugados por la humedad.
Se agachó a recoger uno y una gota de agua le cayó en la nuca y le bajó lentamente por la espalda.
Sorprendentemente fría. Intentó secarla, pero su mano salió seca.
Alzó la vista y observó que el techo estaba intacto, sin rastro de condensación.
La puerta se cerró tras él al salir. El corazón le latía con fuerza cuando apoyó la espalda sobre la madera fría y escuchó el murmullo indistinto de las hermanas en el interior, del agua corriendo y de pasos. Cerró los ojos y respiró lentamente con las manos sobre la boca.
Cuando el martilleo de su pulso amainó, apartó las manos del rostro. A sus pies, los macizos de flores que antes parecían completamente inundados estaban secos como huesos. Al arrodillarse para tocar la tierra, se deshizo entre sus dedos.
Se subió al coche, giró la llave y dejó el motor al ralentí mientras observaba cómo el vapor se enroscaba formando fantasmas blancos más allá del cristal.
A la luz de la luna, el bosque parecía irreal.
Unas chispas de luz flotaban en su visión como fuegos fatuos y estallaban en globos dorados cuando presionaba las palmas sobre los ojos.
Solo una hora antes, Soojin y él habían estado bailando bajo los perales iluminados con luces doradas.
Él había seguido con un dedo su línea de la vida y había sentido una alegría tan estúpida como humillante.
Todo ese tiempo, ¿Mirae había estado saqueando la cocina en busca de algo, cualquier cosa, que la saciara?
Saberlo ensombrecía la jornada. Hacía que sus pequeños placeres parecieran criminales.
Salió del camino de entrada y enfiló deprisa la carretera flanqueada por árboles hacia su casa, con las manos ásperas de sal. El ramillete de emergencia que Soojin había hecho con su geranio se marchitaba en el bolsillo, con los pétalos ennegrecidos por el inicio de la descomposición.
Esa noche, después de que Mark se marchara y Mirae cayera en un sueño inquieto, Soojin permaneció sola en el baño de la cabaña.
El corrector que se había aplicado en la muñeca se había borrado, llevándose consigo las ficciones que se había contado a sí misma.
El moratón se había oscurecido y extendido sus alas negras por la piel.
Pronto le envolvería la muñeca como una pulsera negra.
«Puedo ocultarlo», pensó Soojin. Un tenue latido de pánico se le coló en la mente. «Un reloj grueso, maquillaje. Todo saldrá bien».
Pero ¿saldría bien de verdad? Se quitó el viejo vestido de su hermana y se examinó.
La depresión del vientre, las estrías de las costillas, más marcadas a la luz de la lámpara.
Nada fuera de lo común. Nada estaba mal.
Pero justo allí, sobre el esternón, había una pequeña mancha morada.
La rascó hasta hacerse sangre en un intento de quitarla con las uñas.
Sin resultado. El moratón parecía un punto de podredumbre en una fruta blanda.
Discreto pero inevitable. Una vez que la putrefacción se instala, se extiende.
Devasta la fruta y propaga su deterioro a lo que tenga la mala suerte de estar cerca.
Un terrible entendimiento le punzaba en los rincones descuidados de la mente: la conciencia irrefutable del cuerpo ante el peligro que se aproxima.
«Una mano muerta es una mano de espinas».
Soojin apagó la luz, estudió su reflejo en la penumbra y encontró consuelo en lo que ya no podía ver.
Desde el cuarto de Mirae, le llegaba el roce de las sábanas.
Su hermana estaba viva. Eso era lo único que realmente importaba.
Soojin estaba contenta. Por primera vez en meses, todo estaba como debía.
Protegería esa alegría duramente ganada, costara lo que costara.
Soojin se llevó la mano a la boca como para ahogar una risa, pero la risa nunca llegó.