El río sabe tu nombre 19 #2
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—No lo sabes —respondió Mark, con los ojos brillantes de esa sinceridad tan particular que la hacía querer, al mismo tiempo, golpearlo y que la abrazara—. No creo que ningún quiromante antiguo contara con un milagro como tu nacimiento. Mirae podría acabar viviendo más que nosotros dos.

Milagro , la había llamado, con una voz que ni siquiera llevaba una pizca de exageración.

En lugar de contestar, se frotó los brazos con las manos mientras observaba las siluetas que giraban más allá de la luz dorada de la ventana.

La banda tocaba ahora una melodía lánguida y arrulladora, despidiendo la fiesta poco a poco.

—Quién sabe —dijo Soojin finalmente, en un susurro pensado solo para ella, pero que él alcanzó a oír.

—¿Quieres bailar? —ofreció Mark, con la mirada muy suave.

Soojin pensó en decir que no. Le dolían los pies y estaba cansada. Sin embargo, ¿quién sabía cuándo volvería a encontrarse en un evento así? Se levantó y dio unos pasos hacia el gimnasio, pero se detuvo al darse cuenta de que él no la seguía.

—¿Te has arrepentido? —preguntó.

Estaba de pie, erguido, con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada hacia atrás para contemplar el dosel de hojas sobre él.

Iluminadas y bruñidas por el otoño, empezaban a soltarse.

Pronto no quedaría ninguna; las ramas estarían completamente desnudas.

Pero por ahora eran de un oro vivo y furioso.

—No —dijo y extendió la mano. Ella apoyó los dedos sin pensar—. Está un poco cargado allí dentro, ¿no? ¿Y si bailamos aquí?

Dejó que sus brazos envolvieran ligeramente el cuello de él, a modo de respuesta, y se balancearon por el patio al ritmo pausado del saxofón.

Era hiperconsciente de las manos de Mark, del calor de las palmas que le atravesaba la tela fina del vestido y de cómo los dedos tamborileaban distraídamente al compás de la música.

Cada contacto le enviaba descargas por la columna.

La cercanía de su rostro la inquietaba, así que se concentró en una hoja de cobre que había caído sobre el hombro del chico.

—¿Te lo has pasado bien esta noche? —preguntó él.

—Sí —respondió sin pensar, pero, al oírse, un soplo de sorpresa escapó de su propia confesión—. La verdad es que sí.

Parte de ella había esperado, quizá incluso deseado, pasar la noche distraída, pensando en su hermana y en todo lo que se estaba perdiendo.

Pero durante gran parte de la velada no había pensado en Mirae en absoluto.

Se había reído con la batalla de baile improvisada de Jay y Mark, que abrió un pequeño círculo en medio de los demás.

Había sacado moras hinchadas de ponche del fondo de su vaso, manchándose las uñas de granate.

Se había recogido el borde del vestido y bailado a la vista de todo ese alumnado que había evitado durante años, centrándose en su propio disfrute.

Una flecha de emoción la atravesó y le llevó un buen rato reconocerla como culpa.

—Ha sido una gran noche —afirmó.

Mark inclinó ligeramente la cabeza observando el cambio en su expresión, antes de girarla en un círculo lo suficientemente rápido como para sacarla de su estado. Ella chilló contra su cuello mientras los árboles se desdibujaban en un telón bruñido a su alrededor.

—Te voy a echar hacia atrás —dijo, con los ojos llenos de emoción—. ¿Lista?

—¡Oh, no lo harás, Mark Moon! —Le clavó las uñas en los brazos.

—No voy a soltarte —rio—. Tú agárrate a mí.

Ella obedeció, abrazando sus hombros con fuerza, y entonces se lanzaron. El mundo giraba y cuando él se inclinó para echarla hacia atrás, hubo una breve sensación de caída, justo lo suficiente para que pensara «Desgraciado», antes de que los brazos que la sostenían se tensaran.

—Te dije que no iba a soltarte —le informó cuando el mundo dejó de girar. La postura era incómoda, tenía la espalda demasiado arqueada. Aun así, él parecía satisfecho consigo mismo y ella no pudo evitar sentirse igual.

—Solo faltaría —replicó ella, mientras su sonrisa engreída se convertía en algo tierno. La luz de las lámparas del patio iluminaba el pelo alborotado del chico, formando un halo dorado. En ese momento, le pareció adorable.

Sin pensarlo, ella alzó la mano para rozarle la mejilla con el pulgar.

Quiso quitarle un poco de purpurina que le había caído del espumillón, pero una vez desaparecida, dejó la mano allí, acunándole la mandíbula.

Sentía el pulso bajo la barbilla, los tendones que se tensaban al tragar saliva.

Él se inclinó hacia su contacto, girando el rostro para que sus labios rozaran la calidez de su palma y luego de su muñeca.

No duró más de un segundo o dos. Soojin contuvo la respiración hasta sentir su sonrisa contra la piel.

La música terminó, las últimas notas se elevaron hacia el cielo nocturno y, así, el hechizo que los envolvía se disolvió en el aire. Si no fuera por el pequeño pájaro en su corazón que le golpeaba contra el pecho, Soojin habría pensado que el momento anterior se lo había imaginado.

Él la incorporó y ambos, embriagados de alegría y rubor, eran incapaces de mirarse a los ojos.

—Son casi las diez. Creo que debería llevarte a casa —dijo Mark—. Quiero seguir cayéndole bien a tu padre.

—Pasemos antes por la cabaña para que pueda dejarle este recuerdo de la fiesta —pidió Soojin sacando una pequeña pegatina que la escuela había hecho y repartido en la entrada.

Las letras IJA estaban escritas en dorado sobre la mascota de los Troyanos, que llevaba una banda de rey del baile de otoño.

Era lo suficientemente ostentoso como para resultar encantador.

Esperaba que ese pequeño fragmento de la fiesta le diera al menos un poco de alegría a Mirae.

Mark le quitó un trozo de espumillón del pelo y, enganchados del brazo, se marcharon.