19
El tema del baile era «los felices años veinte».
Los perales que bordeaban el camino hacia el gimnasio estaban cubiertos con luces doradas de fantasía y, dentro, más allá de las cortinas de papel metálico colgadas sobre la entrada, las gradas estaban recogidas y decoradas con láminas de estilo art déco en dorado y negro.
El confeti plateado cubría las marcas de la cancha de baloncesto y el olor habitual a sudor y goma había sido reemplazado por el potente aroma de las frutas agregadas al ponche que servía el profesorado.
—Aquí tienes —dijo Mark a la vez que le entregaba un vaso de papel con un líquido rojo brillante. Era evidente que algunos estudiantes de último año le habían añadido alcohol, a juzgar por la manera en que reían, demasiado fuerte, y movían las caderas al bailar.
Una banda tocaba jazz y swing en el escenario que normalmente se ponía para las asambleas.
Soojin había visto a esa banda cientos de veces antes, un grupo variopinto de jubilados que solo aceptaban pago en forma de comida gratis o alcohol.
Eran un clásico del pueblo. Tocaban regularmente en los mercados de agricultores, y daban la impresión de tener solo unas quince canciones en el repertorio.
Aun así, la música parecía diferente esa noche.
Las luces doradas y la plenitud del sonido de los metales creaban una cierta magia en el ambiente, mientras los estudiantes se acaramelaban bajo las luces que se movían lentamente.
—¿Quieres bailar? —preguntó Mark ofreciéndole el brazo.
—No sé bailar este tipo de música —respondió Soojin, pero aun así tomó su brazo.
—Yo tampoco, pero no deberíamos dejar que eso nos detenga.
La llevó a la pista y dudó un momento antes de rodearle la cintura con el brazo. Le tomó la mano derecha y la alzó mientras buscaba inspiración a su alrededor.
—¿Está bien así?
—No creo que vayas a encontrar la respuesta en esta gente. Parecen tan perdidos como nosotros —dijo Soojin, que observaba el caos de sus compañeros. Por torpes que fueran Mark y ella, al menos no serían los únicos. Tomó la iniciativa de guiar el primer paso.
Mark siguió su movimiento con una risa sorprendida.
—¿Ah? ¿Quieres llevar tú? Por mí, bien.
—No me odies si termino rompiéndote un dedo —advirtió Soojin por encima de la música.
—No creo que pueda odiarte nunca, Soo. —Sabía cómo hacer que incluso las palabras más torpemente sinceras sonaran despreocupadas.
Ella no supo qué decir, así que simplemente se concentró en la música, en el zumbido de la gente alrededor y el olor tenue y orgánico que siempre se pegaba al pelo y a la ropa de Mark.
Sus cuerpos se movieron solos. Dejaron atrás los movimientos torpes e inciertos y se balancearon juntos y confiados en amplios arcos.
Seguramente, esos pasos estaban equivocados.
Los inventaban sobre la marcha. Pero la manera en que los vestidos coloridos, las luces de discoteca y las cortinas de papel metálico se movían con ellos parecía completamente correcta.
Incluso se animaron a girar o, mejor dicho, Mark levantó el brazo de Soojin y pasó su propio cuerpo desgarbado por debajo con un despliegue tan ridículo que ella no pudo evitar reírse.
— No sé bailar , dijo ella —gritó Mark sobre la trompeta—. Mírate.
—Pero de verdad que no sé —replicó ella sobre su hombro. Empezaron con los brazos separados, pero ahora estaban pegados. No estaba segura de si era él quien la acercaba o era ella misma, pero no importaba, allí estaban, sincronizando la subida y bajada de sus pechos.
Se inclinó hacia su oído para no tener que gritar.
—Ahora directamente estás mintiendo. Recuerdo a una niña en las fiestas de Navidad de la iglesia que montaba unos buenos berrinches si la congregación entera no se sentaba, se callaba y miraba su coreografía de «All I Want for Chri…
» —Con las mejillas enrojecidas, Soojin le puso la palma de la mano sobre la boca, pero él la esquivó y continuó: —«For Christmas Is... ». ¡Mmph!
Ella tomó impulso para callarlo de nuevo, pero su peso lo desequilibró.
Cayó, arrastrándola con él, y aterrizaron con fuerza en el suelo pegajoso del gimnasio.
Aparte de algunas risitas, los demás siguieron bailando sin prestarles atención.
Desde el suelo, los vestidos de tul y los trajes tipo charlestón parecían árboles cubiertos de papel metálico balanceándose en un viento feroz.
—¡Eres un idiota! —dijo dándole un manotazo en el hombro, aunque el estómago se le retorcía de risa.
—Lo siento…, no pude evitarlo —contestó Mark. Su frente brillaba, perlada de sudor, y el pecho le subía y bajaba como si hubiera estado corriendo en clase de educación física.
¿Cuánto tiempo llevaban bailando? Solo entonces se dio cuenta de que estaba cansada y sedienta.
—¿Quieres descansar un rato? —preguntó él a la vez que la ayudaba a levantarse, y se alejaron juntos de la pista.
Afuera, el aire era templado para ser octubre.
La llovizna que había estado cayendo una hora antes había cesado y las estrellas brillaban entre las nubes.
Soojin pudo distinguir algunas constelaciones familiares: las líneas de la Osa Mayor y la pendiente de lo que supuso que era Orión, un brillo que prometía sobrevivirlos.
Llevaron sus vasos de ponche a las mesas bajo un toldo, lejos del gimnasio. Para cuando se sentaron, la banda sonaba como un estéreo desde una habitación contigua.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos mientras sorbían las bebidas y contemplaban la inconmensurable reunión de estrellas, lo que hizo que Soojin se sintiera agradecida, por primera vez en mucho tiempo, de vivir en Jade Acre con toda su abundancia.
—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! —exclamó Mark de repente, señalando al cielo, y ella apenas alcanzó a ver un punto de luz que trazaba una parábola plateada antes de desaparecer.
—¡Es la primera vez que veo una! —respondió, con los ojos fijos en el cielo esperando ver otra, pero, aparte de un avión que pasaba lentamente, la noche siguió quieta.
—Tienes que pedir un deseo —dijo Mark mordiendo un cubito de hielo.
—No.
—¿Por qué no?
—Es una tontería. —Soojin removía su bebida y observaba la pulpa naranja flotar en la superficie como pétalos hinchados. Pedir deseos le parecía un ejercicio de decepción. Y sin embargo…
Cuando eran pequeñas, a Mirae le encantaba.
Pedir deseos con los dientes de leche lanzados al cielo, a las 11:11, en cientos de estrellas de origami hechas con manos gorditas de niña.
Durante los viajes en carretera, contenía la respiración en cada túnel, con el rostro enrojecido y tenso bajo la luz naranja.
Mirae nunca revelaba sus deseos y Soojin se preguntaba si alguno se habría cumplido.
Bajó la cabeza y pidió un deseo.
Al abrir los ojos, la cara de Mark estaba cerca y observaba su expresión.
Sus ojos parecían ámbar a la luz de las lámparas.
Se sobresaltó pensando, por un instante, que se acercaría más, pero solo le acomodó los mechones fuera de lugar tras las orejas antes de recostarse de nuevo en el respaldo de su silla.
Mark Moon nunca había sido tímido respecto a sus afectos. De niños se daban la mano, se besaban en la mejilla, dormían nariz con nariz, se limpiaban las heridas el uno al otro en el recreo… Su contacto no era un avance, sino un retroceso.
—¿No quieres saber qué he pedido? —preguntó ella en voz baja.
—Creo que puedo adivinarlo —replicó él y le ofreció la mano.
Ella la tomó, pensando que la ayudaría a levantarse, pero no lo hizo.
Entrelazó sus dedos con los de ella y estiró las piernas con un suspiro satisfecho.
Su palma estaba callosa por el trabajo—.
¿Estás contenta de cómo han salido las cosas?
—dijo dejando su pregunta lo suficientemente abierta como para que el tímido asentimiento de ella pudiera significar cualquier cosa.
»Bien —dijo él y le volvió la palma hacia arriba. Miró la línea de la vida, que se curvaba desde el borde de la palma, entre el pulgar y el índice, hasta el inicio de la muñeca—. ¿Recuerdas cuando Mirae y tú os obsesionasteis con la lectura de manos? Erais insoportables.
Soojin asintió. Giró la mano de Mark para que su posición reflejara la propia: palma hacia arriba, dedos abiertos como un libro.
Comparó las líneas, siguiendo la de él con el dedo meñique.
Fue su madre quien les enseñó a leer la mano, por diversión, y las hermanas se lo habían tomado demasiado en serio.
—Dios, el berrinche que te cogiste cuando descubriste que tenías la mano más desafortunada de nosotros tres —recordó Mark con un tono suave y burlón, que a ella no le hizo gracia, así que frunció el ceño y dirigió la vista a su bebida.
Durante su adolescencia, tras la pérdida de su madre, Soojin había aprendido a suprimir las emociones y aislarse de ellas, pero de niña era un caos de sentimientos. No era de extrañar que todos admiraran lo madura que era Mirae, a pesar de ser solo un año mayor.
Escuchó la voz de su hermana en su cabeza: «No soy tu madre», decía en tono de burla.
Pero ¿y si no era solo un comentario banal?
Mirae siempre había tenido que consolarla y calmar sus emociones oscilantes como lo haría una madre, y eso se había intensificado después del accidente.
Así que sí, hubo berrinches; Soojin no podía negarlo.
Mark arrastró el dedo por la palma de ella, como si mapeara continentes en su mano.
Aquí estaba el país de los vivos. Aquí, la nación del amor.
Aquí, todo lo que había perdido en las aguas oscuras entre la línea de la vida y la línea familiar.
A veces él tenía tan poco tacto…
—Bueno, Mirae tenía las líneas más afortunadas de todos, así que supongo que ahora ya sabemos que todo esto es una tontería —aseveró a la vez que retiraba la mano y la colocaba sobre el calor de su propio regazo.