18 #2
Cerca, había una chica de mejillas sonrosadas y llenas que resultaban incongruentes con el cuerpo larguirucho recién salido de un estirón.
Su pelo ondulado estaba recogido en un moño desordenado y la ortodoncia le dibujaba una línea plateada sobre los dientes.
Era joven, quizá de unos trece años. Aun así, era su madre.
El lunar bajo el lado derecho de la boca y los ojos brillantes llenos de traviesa rebeldía resultaban inconfundibles.
Estaba presenciando los primeros años de la amistad de su madre con Christopher Porter, antes de que la amargura interviniera.
—¿Lista, Sunny? —llamó Christopher. Era mucho más joven y tenía un ritmo de habla inestable debido al inicio de la pubertad. Pero, quizá lo más irreconocible, sonaba alegre.
Su joven madre respondió con un asentimiento seguro.
—¡Lista! —dijo antes de hundir las manos en la tierra.
Se inclinó hacia el suelo, con la expresión concentrada como si escuchara algo.
La chica sabía lo que oía, los susurros de mujeres desaparecidas hacía mucho tiempo.
En el recuerdo, los helechos empezaron a curvarse hacia la tierra.
Finalmente, su madre sacó una rata blanca de la tierra y la besó entre las orejas.
Y entonces Christopher avanzó tambaleándose.
—¡No puede ser! —gritó—. ¡No puede ser! —Se oía la risa y la admiración en su voz—.
Es un milagro —dijo sin aliento. Su madre levantó la vista.
El sudor le pegaba el flequillo a la frente.
Parecía a punto de colapsar, pero sus ojos brillaban orgullosos mientras él la elogiaba—. Eres un auténtico milagro.
El recuerdo se desplazó y se encontraron en otro lugar. Un poco mayores, pero solo ligeramente. No tendrían más de dieciséis años y sus rasgos empezaban a definirse, acercándose a los rostros que mantendrían en la adultez.
—¿Estás segura de esto, Chris? —preguntó su madre.
—Sí, totalmente.
Sunny asintió y metió las manos en la tierra. Christopher la imitó y cerraron los ojos.
—Puede que te sientas mal —advirtió Sunny—. Si empiezas a encontrarte muy mal, como si fueras a desmayarte o a vomitar, para, ¿vale? Y ni se te ocurra vomitarme encima.
No lo hizo. Cuando terminaron, Sunny y Christopher sacaron un gorrión de la tierra y lo dejaron volar; sus alas extendieron una lluvia de tierra.
Sunny levantó la vista, siguiendo el vuelo errático del ave, pero la mirada de Christopher estaba fija en su rostro sonriente y algo codicioso y calculador se dibujaba en la línea tensa de los labios del chico.
—Con un poder así tienes la posibilidad de hacer mucho más que jugar con huesos de animales, ¿sabes? —le había dicho.
Sunny se volvió hacia él y frunció el ceño ante la intensidad de su expresión. Parecía incómoda. Se limpió las manos detrás de la espalda y las mantuvo allí, fuera de su vista. Él aplastó la pluma del gorrión bajo el pie, hundiéndola en la tierra.
—Útil —precisó—. Solo digo que podrías ser más útil.
Sus recuerdos se movían como el agua. Un coche cargado de cosas.
Pasaron varios años sin Sunny. Vio las agujas góticas de una biblioteca universitaria.
Un aula. Una chica de pelo rizado y castaño rojizo esperándolo en el calor sofocante del verano, en un arboreto.
Su expresión cedió a un afecto inusual cuando se secó el sudor de la frente y, al verlo, levantó el brazo para saludar.
Era la mujer de la fotografía. Amber. El nombre surgió en su mente sin más. Christopher lo estaba pensando. Rebotó dulcemente en el recuerdo.
—Amber. Amber. Ahí está mi chica.
Podía sentir lo nueva que era para él esa sensación de afecto sincero y sorprendente.
El matrimonio de los padres de Christopher había sido una alianza arreglada entre dos familias adineradas, más un asunto de negocios que de amor.
Su madre y su padre entraban y salían de casa indiferentes el uno al otro y a él, con vidas separadas y amantes diversos.
Christopher había esperado que su futuro fuese igual hasta que se mudó a su residencia de estudiantes y vio a una chica luchando por abrir la puerta de al lado, con la llave en una mano y una caja demasiado cargada en la otra.
Casi se iba a marchar sin ayudarla, pero habría sido un fastidio que su vecina lo detestase todo el año.
Agarró la caja justo antes de que cayera y así empezaron.
Ahora el arboreto estaba exuberante y verde. Los estorninos se lanzaban entre las ramas de los sauces, con semillas oscuras en el pico.
Christopher corrió hacia ella.
—Perdón, Amber. La reunión se ha alargado.
A mi profesor le encanta escucharse hablar.
¿Llevas mucho esperando? —preguntó. Ella venía de clase de arte, con restos de pintura bajo las uñas.
Ese detalle despertó la ternura de él y se inclinó para darle un rápido beso en la frente antes de caminar con ella hacia el quiosco que daba al lago.
Eran jóvenes, igual que su relación, pues llevaban poco más de tres años.
Pero tenían veintiuno, estaban enamorados y aún creían que el mundo sería bueno con ellos.
Christopher estaba decidido a que así fuera.
Y lo fue durante años.
Los recuerdos pasaban con más rapidez conforme Christopher envejecía.
Una graduación donde Amber y Christopher se firmaron los birretes y se besaron bajo el calor sofocante de mayo.
Una casa acogedora con ventanas mirador llenas de hierbas y latas de leche reutilizadas para poner flores recién cortadas.
Viajes a París y un gato salvaje adoptado que se dejaba alimentar, pero nunca tocar.
Una boda civil que terminó con hamburguesas de un bar de menú goteando grasa sobre sus atuendos de segunda mano, un vestido satinado de cintura caída con un desgarro en el corpiño para ella y un traje burdeos hortera para él.
Y años después, lo inesperado. Una sala de hospital.
Un bebé que llegaba prematuro al mundo, sostenido por el calor de una incubadora antes de que sus brazos lo recibieran.
Los años de vida pasaban en luz caleidoscópica hasta que la chica cayó finalmente en un recuerdo húmedo y grisáceo.
Era de mañana y la lluvia golpeaba las ventanas con tal fuerza que las gotas parecían piedras.
Amber estaba acurrucada al otro lado de la cama, extrañamente quieta pese al clima tormentoso.
Su pelo se extendía como una mano desplegada sobre la almohada.
Un lento presentimiento. La mano de Christopher se acercaba.
Y entonces…
—No.
La palabra irrumpió en el recuerdo, destiñendo la escena. Porter luchaba por despertar. El control de la chica se tambaleaba; la mente de él ya no era su ventana.
—No —decía—. No.
El recuerdo la rechazó y ella salió expulsada. El pasado colapsó en un punto diminuto. Se encontró de nuevo en el presente, con las manos sobre el pecho agitado mientras Porter gemía debajo de ella, todavía dormido, pero apenas.
Huyó y solo se detuvo cuando estuvo afuera, con la lluvia cayéndole en la frente.
Esperó que el agua la calmara, pero algo estaba mal.
Esta posesión había tenido un precio. Su corazón seguía agitado.
Se sentía débil, hambrienta y salvaje. Apretó las manos, intentando que dejaran de temblar, pero no lo hacían.
Se habían convertido en sus propios animales temblorosos.
Dentro de la casa, Christopher Porter despertó finalmente de su pesadilla.
No reparó en la fotografía boca abajo sobre la mesita, ni en las huellas sobre la alfombra secándose lentamente hasta ser un recuerdo.
Tampoco en la chica que permanecía en la entrada de su casa, escuchándole palpitar el corazón mientras él se limpiaba las lágrimas, desconcertado, olvidando qué había soñado.