El río sabe tu nombre 18
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En la cabaña, se sentó en la penumbra y escuchó a su padre despedirse de Soojin y el rugido del coche de Mark al salir por el camino.

El tono de voz de su padre al despedirlos fue bonito.

Sonaba feliz. Sabía que debería alegrarse de que la capacidad de felicidad, por pequeña que fuera, hubiera regresado a él, pero eso hería su parte más egoísta.

Había una diferencia entre ser recordada y ser llorada, pero no podía acordarse de cuál era.

Quería salir corriendo y saludarlo en el jardín para que al instante la llorara y la recordara.

Pero no lo haría. Quedaba mucho trabajo pendiente y, ahora, con Soojin distraída en el baile, finalmente tenía la oportunidad de actuar.

En las últimas semanas, su hermana se había vuelto tremendamente vigilante.

De lunes a viernes, Soojin la seguía sin cesar, se despertaba cada pocas horas de un sueño inquieto para comprobar que todavía estaba a su lado en su dormitorio de la infancia.

Los fines de semana, cuando el padre estaba en casa, Soojin se escapaba a la cabaña de vez en cuando durante la noche.

Nunca decía una palabra, solo se quedaba en el umbral observando cómo su hermana fingía dormir, hasta que su ansiedad mordaz se calmaba y entonces se iba.

En cierto modo, todo resultaba muy familiar. Cuando eran más jóvenes, Soojin había sido su sombra. Una niña preocupada y volátil que se aferraba a ella, especialmente a partir del fallecimiento de su madre.

Aunque los meses siguientes a la muerte de la madre fueron una nebulosa, había un día en particular que recordaba con perfecta claridad: la mañana al volver a casa tras el funeral. El primer día sin ella.

Se había despertado entonces de un sueño inquieto, con Soojin acurrucada a su lado y Milkis moviéndose en su jaula.

Por un momento, experimentó la amnesia sorda del despertar.

No recordaba nada del servicio de la noche anterior.

Nada en absoluto, hasta que su mente se aclaró trayendo consigo la imagen de una urna.

El rostro devastado de la señora Moon al dejarlos a todos en casa.

Su padre llorando a mares con las manos apoyadas en el umbral de la casa.

«Se ha ido», recordó haber pensado mientras miraba el techo.

Era una pérdida que no parecía real del todo.

Como si su madre pudiera irrumpir en su habitación en cualquier momento, gritándoles por haberse quedado dormidas sin ir a la escuela.

Su mente aún no comprendía plenamente la realidad del duelo, pero su cuerpo sí y, de repente, comenzó a llorar de forma involuntaria, apartándose de Soojin para no despertarla.

«Papá vendrá», pensó, y se secó la nariz con la manga. Vendría, la abrazaría y le acariciaría el pelo como solía hacer mamá cuando ellas estaban tristes.

Pasaron horas antes de que se diera cuenta de que él no vendría. En cualquier momento, su hermana se despertaría, desorientada y devastada. Soojin se había negado a comer en el funeral y, aunque no quisiera, tendría que hacerlo. Alguien tendría que obligarla.

«Tienes que levantarte».

Se levantó. Dejó a Soojin en su cama y bajó la escalera, pasó por la silenciosa habitación de sus padres y entró en la cocina, donde un montón de ollas en el fregadero atraía a las moscas.

Al acercarse un taburete para alcanzar a lavar los platos, se dio cuenta, de repente, de que su papel había cambiado irrevocablemente de la noche a la mañana.

Como hija mayor de una familia desorientada, había sido catapultada a una posición de cuidadora y necesitaría adaptarse.

En los meses siguientes aprendió a cocinar, limpiar, hacer la colada y manejar mejor el humor cambiante de Soojin.

Colocaba una bandeja con sopa y arroz frente a la puerta de su padre cada noche por si el hambre pudiera vencer su deseo de no existir.

Se permitió olvidar cómo era que te cuidaran en lugar de cuidar.

Tenía once años.

Cuando le llegó la menstruación, no se lo dijo a nadie.

Con los rastros de sangre sobre los azulejos blancos del baño, rebuscó en el armario de su madre fallecida y se ocupó de sí misma.

O lo intentó. No encontró más que tampones.

Las instrucciones le parecían incomprensibles, los aplicadores de plástico demasiado dolorosos.

Rompió tres antes de rendirse, dejando que la caja se humedeciera en el suelo.

Acurrucada por unos calambres que no entendía, simplemente dejó que la sangre fluyera. Así terminó su infancia.

Y aquí estaban ahora, Soojin y ella, repitiendo la misma dinámica años después. Pero había un nivel adicional en la dependencia de su hermana. Ahora Soojin desconfiaba de ella, por mucho que intentara no hacerlo. Su hermana tenía razón en preocuparse.

Lo que Silas le había dicho a Mark era cierto.

Podía oír a través del agua. Un don otorgado por el ahogamiento.

Al principio, era un murmullo bajo, un zumbido abrumador de todas las voces del pueblo que llegaban a ella por el conducto del agua.

Imposible de descifrar, estampado de manera plana, igual que una cigarra es una melodía distinguible y, sin embargo, un enjambre es un asalto auditivo.

Pero, con el tiempo, los sentidos comenzaron a agudizársele.

Podía distinguir voces individuales y relegar el resto.

El agua le susurraba, la hacía partícipe de cosas; de todas esas duchas posteriores a aventuras amorosas y de las parejas que discutían en cabañas junto al agua, en un intento de resucitar relaciones fallidas; de las mujeres que lloraban sobre el fregadero y luego se lavaban la cara apresuradamente y fingiendo alegría respondían «sí, ¿qué necesitas?

» cuando sus hijos o esposos las llamaban.

Por supuesto, también oía el deseo interminable del río.

No sabía si estaba hambriento o solo. El río siempre estaba en movimiento, siempre partiendo y siempre abandonado. ¿Cómo no iba a dolerle poseer algo?

«¿Dónde está él?», pensó. El zumbido del río se apartó como para mostrarle el camino.

Oyó a niños chapotear en los pequeños lagos que la lluvia había formado en sus jardines.

Oyó a un hombre borracho orinar en un drenaje obstruido detrás del salón.

Oyó a jubilados mecerse en las hamacas de sus porches, cotorreando sobre Joe Silas, ya en casa, pero sin haber recobrado aún el sentido.

Y entonces, sí, allí estaba. La respiración lenta de un hombre que se estaba acostando temprano y se movía entre las sábanas.

La chica abrió los ojos. Abrió una rendija en la lluvia y la atravesó.

Christopher Porter estaba dormido cuando la chica entró.

Solo había estado allí antes una vez. La casa era un altar a la ausencia, tal como la recordaba.

Las paredes desnudas. La repisa de la chimenea con solo una suculenta marchita encima.

El hijo se había ido y no habían dejado ninguna luz encendida para su vuelta.

Recorrió los pasillos en la oscuridad índigo y buscó al padre donde soñaba.

Su dormitorio era cavernoso, con techos altos y abovedados.

Una claraboya dejaba entrar finos jirones de luz lunar, bañando todo en un tono apagado.

Se acercó a él. Sus pies no hacían ruido, aunque dejaban pequeñas huellas húmedas sobre la alfombra.

Solo cuando llegó a la cabecera de Porter notó la evidencia de otro tipo de vida.

Había una fotografía en su mesita de noche.

En ella aparecía una mujer de largo pelo castaño rojizo sonriendo frente a la alegre arquitectura de alguna ciudad europea.

La foto era antigua y estaba algo desvaída por el tiempo, pero desprendía cierta felicidad.

No quería que ese rostro mirara hacia ella.

La chica puso la foto boca abajo en la mesita y volvió su atención al hombre.

Porter se parecía mucho a su hijo, con el pelo castaño y el cuerpo delgado. Y aunque su expresión estaba desarmada por el sueño, aún conservaba cierta severidad. Tenía el aspecto de la arquitectura brutalista, con todas sus hendiduras y esquinas marcadas.

La chica lo estudió y sintió un ramalazo de odio tan absoluto que quemaba, no con fuego, sino con frío.

El sonido de una corriente que lo arrastraba todo le atravesó de tal manera que se llevó las manos a los oídos hasta que el estruendo amainó.

Ese era el hombre que le había arrebatado a su madre y, sin embargo, dormía profundamente.

En la mesita de noche había un frasco abierto de pastillas para dormir, lleno de alegres píldoras rosas.

Estaba profundamente dormido, químicamente dormido.

Pero, aun así, cuando ella le tocó la piel desnuda bajo el cuello del pijama, se estremeció como si el frío lo sorprendiera.

Frunció el ceño, pero no se despertó. La chica atravesó sus fronteras y luego se dejó hundir en el interior del hombre.

Una sensación de confusión se produjo de inmediato en los sentidos de la chica.

Sintió los hipnóticos de las pastillas recorrer la sangre de él, un agradable embotamiento parecido al resplandor de una lámpara a punto de apagarse.

La experiencia no era diferente de poseer a Silas.

El cuerpo acuático de Porter le abrió su mapa de recuerdos, entrecortado e incompleto, desvaído por el tiempo.

Ella se movió por esos recuerdos con rapidez.

Un niño pedaleando rápido en una bicicleta aún con ruedines.

Veranos en un amplio campo de fútbol. Un largo pasillo escolar y bulevares flanqueados por rascacielos.

Luego el remolino de recuerdos se ralentizó. Se encontró en un Jade Acre de décadas pasadas, bañado en una luz coral. ¿Qué año era?