El río sabe tu nombre 17 #3
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Él le sonrió y ella le devolvió la sonrisa, con el corazón tan enternecido que temió que la culpa la matara.

Estaban tan cerca de la cabaña. Podía llevarlo allí, abrirle la puerta a la hija que extrañaba y dejar que la reunión jugara su ruleta de alegría o desastre.

El pulso le latía con la posibilidad. Pero el momento pasó.

Su padre retrocedió, le acomodó un rizo detrás de la oreja y le dio una palmada cariñosa en la mejilla.

—Bueno, no hagamos esperar al chico Moon —dijo y abrió la puerta.

Mark estaba allí con un brazo lleno de geranios color granate, iluminado por el tenue farol que, sobre su cabeza, atraía a los mosquitos.

Había estado intentando espantarlos y, cuando la puerta se abrió, él estaba con la mano en el aire, boxeando con nada, con los ojos abiertos de par en par y sorprendido.

El brazo volvió al costado. Iba con un aspecto casual, con su camisa azul marino, sin corbata y con vaqueros negros en lugar de pantalones de vestir.

Alguien —probablemente su madre— había intentado domarle el pelo rebelde en un formal peinado lateral, pero los mechones oscuros ya le caían en ondas sueltas sobre la frente.

—Hola —dijo Soojin, esforzándose por mantener la voz alegre mientras se asomaba desde detrás de la espalda ancha de su padre. Se sentía muy consciente de sí misma, de su postura, de cómo su pelo rizado le enmarcaba el rostro. No sabía qué hacer con las manos.

—Ah…, caray. Estás… —Mark tartamudeó, sonriendo tímidamente. Ella correspondió con igual torpeza. La expresión de él al mirarla la hizo sentir guapa. No se había dado cuenta de que quería sentir eso y más causado por él.

Mark se recompuso. Se volvió hacia el padre e hizo una reverencia.

—Hola, señor Han —dijo en coreano, con la voz apenas un tono más alto.

El padre lo miró con la misma severidad cuidadosamente cultivada que Soojin esperaba.

—Mark. Me alegra verte. Ha pasado un tiempo —dijo—. Has crecido.

—Yo también me alegro —dijo Mark y luego se dio cuenta de su error—. Quiero decir, bueno…, que yo también me alegro de verle, no de haber crecido —se corrigió, buscando ayuda en Soojin—. Pero sí, he crecido. —En el silencio, Mark abrió la boca para hablar de nuevo y Soojin decidió salvarlo.

Se apartó de su padre y señaló el revoltijo de flores que Mark portaba.

—¿Eso es para mí? —preguntó.

No era un ramo. Los tallos ni siquiera estaban atados y las hojas eran salvajes y estaban sin podar. Le había traído un jardín sin arreglar. Mark se miró los brazos, como sorprendido por las flores.

—Ah, sí. Mi madre me dijo que trajera un ramo, pero me olvidé por completo, lo siento. La floristería estaba demasiado ocupada para un pedido de último minuto, así que te he traído esto en su lugar. ¡Geranios! Los cultivo yo —dijo quitando, con suavidad, un insecto de un pétalo.

—Son los que plantas fuera de la funeraria —dijo ella al recordar aquella vez, hacía casi dos meses, que había interrumpido su poda.

Ya no eran las mismas dos personas que habían estado bajo el toldo en esa noche de septiembre.

Parecía que hubieran pasado años desde entonces.

Algo en ese recuerdo lo turbó y descargó las flores en los brazos de ella, en lugar de responder.

En el panteón de las flores, supuso Soojin, los geranios no eran particularmente bellos. Eran terrosos y herbáceos de manera algo desagradable. Los tallos espinosos le pinchaban los brazos y se le enganchaban en la tela del vestido. Le encantaron.

—Los pondré en agua —dijo su padre sacándoselos de los brazos.

—Espera, papá, necesito uno —dijo Soojin y buscó entre el montón hasta encontrar el de pétalos más simétricos.

Rompió el tallo, se volvió y lo metió dentro de la camisa azul marino de Mark, de modo que sus flores rojas asomaran por encima del bolsillo.

Lo acomodó triunfante. —Listo, aquí está tu flor del ojal.

Mark sonrió, ajustando la flor para que quedara recta.

—¿Así que tú también te habías olvidado? Así me siento menos gilipollas que si hubiera sido yo solo —confesó antes de mirar al padre de Soojin y corregirse rápido—. Malo. Quise decir malo, no gilipollas.

El padre se rio y sus anchos hombros se relajaron. La torpeza de Mark parecía haberlo tranquilizado.

—Id y pasadlo bien. No volváis muy tarde.

—No, señor —respondió Mark a la vez que hacía una reverencia de despedida.

—No me esperes despierto. Mañana tienes un largo camino —dijo Soojin poniéndose de puntillas para darle un beso en la mejilla.

Su padre se tocó el lugar donde el lápiz labial le había dejado marca, como incrédulo ante el gesto inesperado.

Ella se giró y siguió a Mark por los escalones del porche y hacia su viejo coche.

En cuanto cerraron las puertas, Mark se volvió hacia ella y exhaló lentamente entre dientes.

—¿He estado bien? ¿Ha salido todo bien?

Soojin observó a su padre mientras Mark salía de la entrada con el coche.

Su rostro parecía melancólico bajo la iluminación de las luces traseras.

Hacía mucho tiempo que no estaban en paz, sin pelearse o huir el uno del otro.

Se preguntó si él, finalmente, se sentía como un padre de nuevo, después de estar casi un año cuidando al fantasma de una hija.

—Creo que ha ido muy bien —dijo.