El río sabe tu nombre 17 #2
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17 #2

Soojin recordaba bien aquel día. Convencieron a su padre para quedarse una hora en la tienda de decoración mientras ellas buscaban un vestido para Mirae.

Felices de librarse de sus sermones sobre lo corto o ajustado del vestido en cuestión, se probaron de todo.

Escotes profundos que se unían con un broche plateado, espaldas que caían hasta la base de la columna.

Se sintieron muy adultas riéndose entre las cortinas del probador.

Al final, Mirae había elegido este vestido, modesto salvo por la abertura que dejaba entrever un muslo.

No era el más llamativo, pero sí el único que su padre toleraría sin morir de un infarto.

Y ahora Soojin lo llevaba. El rojo era de una tonalidad vino oscuro que disimulaba la pequeña mancha de ron con cola en el dobladillo.

La tela sedosa brillaba como la superficie de un estanque bajo la luz, al igual que sus pómulos resaltados con destellos dorados.

Mirae había optado por un maquillaje discreto, al estilo de los programas coreanos, con las mejillas apenas rosadas, los labios con un ligero toque de color y un velo melocotón en los párpados.

Le suavizaba las facciones, la hacía parecer más amable de lo que era.

Soojin no podía negarlo: estaba guapa. Estaba guapa porque se parecía a su hermana.

—La gente me va a juzgar por ponerme tu vestido del año pasado —dijo Soojin.

—¿Y por qué iban a hacerlo? —preguntó Mirae, sacudiéndose el polvo brillante de las manos.

«Te encanta este vestido. ¿Habrías querido volver a usarlo en el baile de graduación, si hubieras vivido lo suficiente?», pensó Soojin. Pero lo único que dijo fue:

—Te queda mejor a ti.

—Calla, estás guapísima. Además, como yo no puedo ir, al menos que mi querido vestido se divierta un poco.

Es demasiado bonito para dejarlo olvidado en el armario.

—Mirae acarició la tela sedosa con una sonrisa—.

Qué lástima no poder ver la cara de Mark cuando aparezcas así. El pobre se va a quedar sin palabras.

Pero no vería esa cara, claro. El baile era un sábado, su padre estaría en casa y Mirae tendría que esconderse en la cabaña. No parecía justo.

—Ojalá fueras tú quien me despidiera —dijo Soojin.

—Si papá te oyera, le romperías el corazón —replicó Mirae antes de desatar el lazo y ayudarla a salir del vestido—.

Además, no soy tu madre, Soojin. No me corresponde despedirte de ningún sitio.

—El gesto se le endureció un instante, antes de volver a ser neutro—.

Ojalá pudiera ir contigo. Pero, como no puedo, me dedicaré a ahogar las penas en comida en mi mansión privada.

—Señaló a través de la ventana a la cabaña, oculta tras las ramas del magnolio.

Lo dijo con ligereza, pero a Soojin le dolió.

Se puso el camisón, devolvió a Milkis a su jaula y se dejó caer en la cama.

Su hermana se sentó a su lado e, intuyendo su tristeza, sacó un cepillo del cajón.

Se colocó detrás y empezó a desenredarle el pelo con cuidado, un gesto de ternura que las tranquilizaba desde niñas, cuando era su madre quien lo hacía en las noches difíciles.

—Estoy bromeando. Estaré bien —dijo Mirae, apartando los mechones rebeldes—. Solo quiero que te diviertas por las dos, ¿vale? Que te permitas disfrutar un poco. Sé bien que eres como un cardo, con los pinchos para que nadie se te acerque. —Le dio un toquecito en el estómago.

Soojin quiso fruncir el ceño, pero acabó riéndose.

—Vale, prometo que me divertiré por las dos.

Tenía el pelo liso y brillante. Dejaron el cepillo a un lado y se quedaron sentadas, con la cabeza de Soojin apoyada en el hombro de su hermana. Entonces notó algo y lo señaló.

—Papá va a tener que cambiar pronto el papel de la pared —dijo, indicando una mancha gris en medio del dibujo adamascado, un círculo de humedad que pronto crecería en círculos concéntricos de podredumbre si no se arreglaba.

Mirae siguió su mirada.

—Es un poco anticuado, supongo, pero… —respondió.

Soojin arqueó una ceja.

—¿Qué? No, no me refiero a eso. Míralo bien, es… —Volvió la vista al punto y su mano cayó.

Mirae se levantó y pasó la mano por la superficie. Había arañazos, marcas del paso del tiempo, alguna mancha de cuando eran niñas, incluso un trazo de tiza. Nada fuera de lo común.

—¿Es qué?

—Nada —dijo Soojin, que clavó los ojos en el papel y luego los apartó con premura.

El día del baile de otoño, Soojin se preparó en silencio.

Afuera lloviznaba y apagó la música para escuchar la lluvia.

Se sintió nostálgica, preparándose sola para su primer baile formal.

¿No había algún ritual previo a estos eventos?

Lo había visto en películas: madres, hermanas y amigas preparándose juntas en un frenesí ruidoso.

En cambio, ella estaba sola, pasándose la plancha por el pelo mientras el magnolio rozaba la ventana de su habitación.

Se había maquillado exactamente como Mirae le había indicado y el reflejo que le devolvía el espejo se veía glamuroso, radiante y solitario.

Alargó la mano para tomar la pulsera de oro rosado de su hermana y completar el atuendo.

Justo cuando cerró el broche, notó el moratón, una pequeña mancha púrpura que se le extendía por la palma hasta la fina piel de la muñeca interna.

Juraría que antes no estaba ahí. Parecía una mancha antigua, con los bordes teñidos de un amarillo fétido.

Soojin presionó un dedo contra ella. Sintió un dolor sordo y, con él, una preocupación lejana.

No recordaba haberse lastimado. Estudió su forma sin parpadear durante tanto tiempo que esta pareció moverse, extendiendo sus esquinas oscuras por el contorno de la arteria radial.

Alguien tocó en la puerta. Se sobresaltó. Parpadeó. Su moratón volvió a ser estático y pequeño.

—Soojin —llamó su padre.

—Un momento —respondió ella a la vez que revisaba el desorden de maquillaje en su tocador.

Aplicó varias capas de corrector de alta cobertura sobre el moratón y luego lo selló con polvo.

La marca desapareció y, con ella, también su incomodidad inexplicable.

Se levantó y le abrió la puerta a su padre y, por un momento, él se quedó sin palabras mientras la miraba con ojos cansados.

—Llevas el vestido de Mirae —dijo finalmente—. Debería haber pensado en ir de compras contigo. Lo siento.

—¿Por qué? ¿No me queda bien? —preguntó ella.

—No, no es eso. Es solo que… —Negó con la cabeza y luego dijo en coreano—: Estás muy guapa, hija mía.

El cambio de idioma no pasó desapercibido para ella.

«Guapa» en inglés pertenecía al reino de la estética.

En coreano, «guapa» significaba «guapa», sí, pero también «amable», «magnánima», «buena hija», «dulce».

Con el familiar vestido rojo rubí, su padre la veía a ella y también a su hija perdida y más cariñosa.

—Gracias, papá —dijo Soojin y la sonrisa que le ofreció fue de todo corazón. Los sorprendió a ambos.

Repentinamente tímido, él carraspeó.

—El chico ya está aquí.

—¡Oh! —Soojin corrió hacia la ventana y abrió la cortina. El viejo coche destartalado de Mark estaba en la entrada. No había oído sus crujidos y chirridos, pero, al verlo, el corazón se le aceleró un poco. Su propia emoción la sorprendió.

Mark bajó del coche, con los brazos cargados de flores. Su casa no tenía timbre, un detalle que su padre nunca se había molestado en solucionar, pero ella oyó sus golpes firmes incluso desde el segundo piso.

—Bueno, yo te escoltaré —dijo su padre ofreciéndole el brazo de manera claramente caballerosa. Se le veía cansado, no parecía comer lo suficiente, pero por ahora estaba de buen humor. Ella le tomó el brazo sin dudar.

—Estoy orgulloso de ti, Soojin —dijo su padre mientras bajaban la escalera.

Al no recibir respuesta, continuó—: Durante mucho tiempo pensé que nunca volvería a verte sonreír de verdad, pero estos últimos meses has cambiado.

Tus profesores dicen que socializas más.

Se te ve más feliz. —Se detuvieron frente a la puerta, donde la silueta desgarbada de Mark era visible a través del cristal esmerilado—. He echado de menos a esta hija mía.

—Ella también te ha echado de menos a ti, papá —dijo Soojin, pensando en su hermana y dejando que la tercera persona hablara por ambas.