17
Octubre se apoderó de Jade Acre con el frenesí de las festividades de Halloween y la preocupación del pueblo se apartó de la desgracia de Joe Silas, que llevaba ya una semana catatónico en su cama.
Pese a todo, incluso Soojin se dejó arrastrar por el ambiente, especialmente en ese momento, en el cual, asomada a la ventana de su habitación, esperaba el familiar resplandor de los faros de Mark avanzar por el largo camino de entrada a las tres de la madrugada.
—Ya ha llegado —dijo y corrió hacia el espejo ante el que Mirae se hacía dos largas trenzas. Soojin usó un delineador para dibujar bigotes a cada lado de su cara. Las hermanas se miraron: una Miércoles Addams cutre y un gato. Chocaron palmas, satisfechas con el apaño.
Y luego bajaron la escalera como cuando eran niñas, conteniendo la risa, aunque ya no había padres a los que despertar.
Mark las esperaba con su propio disfraz improvisado, una camisa de franela.
(«Eh… ¿granjero?», respondió al gesto inquisitivo de las hermanas).
Se subieron al coche y salieron disparados a la quietud de la madrugada.
Cada octubre, el pueblo se engalanaba con guirnaldas negras y naranjas alrededor de todas las tiendas. Aunque Halloween aún quedaba a semanas de distancia, las decoraciones ya estaban en pleno apogeo.
Había sido idea de Mark disfrazarse y Soojin se alegraba de que lo hubiera propuesto. La noche adquiría un aire mágico, como si todo el pueblo se hubiera vestido para la ocasión y aguardara ansioso la llegada de la hora de las brujas.
—¡Soojin, mira esto! —exclamó Mirae, pegada a los ventanales de la confitería donde antes compraban cortezas de menta con las monedas que les daban sus padres para que se fueran y les dieran un respiro.
Ahora los escaparates estaban forrados con fantasmas de papel suspendidos con hilos casi invisibles.
El dueño había dejado encendidas las luces, que palpitaban en blanco y naranja, iluminando las bandejas de dulces: malvaviscos moldeados en forma de sombreros de bruja, huesos de chocolate blanco para armar tu propio esqueleto...
Las hermanas se quedaron mirando con anhelo hasta que Mark, ufano, sacó de su mochila una bolsa de bombones.
Medio derretidos, sí, pero nunca nada les había sabido tan bien.
Se chuparon los dedos y, con la mente burbujeante de azúcar, siguieron su camino.
Recorrieron los estrechos callejones azotados por el viento hasta llegar a la plaza del pueblo, donde se sentaron en la piedra húmeda de la fuente central para poner velitas flotantes en el agua.
A la tenue luz, Soojin observó a su hermana.
A Mirae se le escapaba una sonrisa rozando la superficie con las yemas de los dedos al guiar una vela, con tanta delicadeza que la llama ni se inmutaba.
Eso hacía que las aprensiones de Soojin tras la visita a Silas parecieran ridículas, lo mismo que levantarse en mitad de la noche solo para comprobar que su hermana seguía en la cama de al lado.
El recuerdo de unos ojos azules aterrados amenazó con irrumpir. Una voz: «Una mano muerta es una mano de…».
Mirae se levantó, se secó las manos y ofreció una a Soojin para ayudarla a ponerse en pie. Sus manos estaban cálidas, increíblemente suaves. Sin los callos, parecían casi extrañas. Pero la sonrisa de Mirae era de lo más familiar.
Arriba, el cielo bullía de estrellas. Allí no había muertos.
Así transcurrían los días, casi sin notarlo.
Era la temporada del baile escolar de otoño y el pueblo celebraba dos cosas a la vez.
Los espantapájaros llevaban los cascos verde y plata de los Troyanos, en honor a la mascota escolar, mientras el mercado de agricultores se desbordaba de calabazas y calabacines decorativos.
Una tarde, Mark había llevado algunas, y los tres pasaron horas tallando caras en los grandes frutos anaranjados y comiendo las semillas que Mirae había asado con sal y miel.
Allí, tumbados boca abajo sobre la alfombra del salón, con las manos pegajosas, Mark le preguntó a Soojin si quería ir al baile con él.
—Mmm —murmuró Soojin. Había tallado dos triángulos perfectos para los ojos, pero la curva de la boca se le resistía—. Los bailes no son lo mío.
La calabaza de Mark era un desastre, pero era culpa suya. Se había creído con maña suficiente para esculpir un gato. Parecía más bien una vaca con dos patas, con un pincho torcido en la parte trasera que pretendía ser la cola.
—¡Venga, Soo! ¡Es tu último baile de otoño!
¡No puedes perdértelo! —dijo Mark mientras ofrecía a Milkis un trozo húmedo de pulpa.
La rata saltó de su bolsillo para devorarlo, tiñéndose el hocico de naranja.
Había desarrollado una predilección por Mark y siempre rondaba cerca de él.
O tal vez era que había detectado al más blando de los tres y lo había escogido como su favorito.
—En realidad no he ido a ninguno —admitió Soojin.
—Entonces será el primero también —replicó Mark—. ¡Lo vas a pasar bien, te lo prometo!
—Bueno… —A decir verdad, la última fiesta a la que Soojin había ido, aquella horrible hoguera, no había hecho más que reafirmar su aversión a los eventos multitudinarios—. No sé.
—Deberías ir —intervino Mirae dejando el cuchillo a un lado para rebañar con un dedo la miel del cuenco. La lamió con gusto y dejó escapar un murmullo de felicidad.
—¿Por qué?
—Porque te vendrá bien salir alguna vez de casa.
—Salgo de casa —protestó Soojin—. Trabajo. Escuela. Y con vosotros, frikis, en plena noche.
—Bueno, no tienes que hacerlo si no quieres… —empezó Mark, pero Mirae lo interrumpió.
—Sabes a qué me refiero. —Le dio un golpecito en la rodilla—. Necesitas hacer algo distinto y dejar de pensar en lo que le pasó a Silas. Estás rara desde entonces. Me preocupas.
La voz de Mirae no era una sugerencia; era una orden.
Mark se quedó callado, viendo cómo las palabras rebotaban entre las dos hermanas, consciente de que ya no pintaba nada en esa conversación.
Soojin casi quiso negarse solo por llevarle la contraria.
Pero, por alguna razón, esto parecía importarle de verdad a Mirae, así que al final levantó las manos, claudicando.
—Está bien.
No fue una aceptación romántica, pero Mark fue lo bastante buen tipo como para parecer satisfecho igualmente.
Y así fue como Soojin acabó en su situación actual a merced de su hermana, con ambos armarios volcados sobre la cama y el tocador cubierto de maquillaje.
Soojin refunfuñó mientras Mirae la enfundaba en otro vestido más, corto, amarillo y con falda de tul. Mirae siempre había sido un poco más menuda y a Soojin el corpiño le quedaba demasiado apretado.
—Este no —dijo Mirae, desabrochando el vestido con brusquedad y lanzándolo a un lado.
La mayoría de los que Soojin se probaba pertenecían a su hermana.
Soojin no era de fiestas, pero Mirae había ido a todos los bailes de otoño y a algún que otro baile intermedio.
Tenía varios vestidos de cóctel en su arsenal.
—¿Por qué estamos haciendo esto ahora? El baile no es hasta el próximo fin de semana —se quejó Soojin. Sentía el rostro pegajoso por todo el colorete que su hermana le había aplicado.
Milkis, fuera de la jaula, se entretenía rodando brillos de labios por el tocador como si moviera muebles. Soojin rescató uno que estaba a punto de caer y lo alzó fuera del alcance de la rata.
—¿Quién elige el vestido de un baile el mismo día? ¿Nunca has oído hablar de los ensayos generales? —preguntó Mirae.
—Para los musicales, sí. Pero esto es solo un baile, Unnie. No hace falta todo este teatro —dijo Soojin, que aún agitaba el tubo de brillo labial mientras Milkis le arañaba indignada la mano.
—Ay, deja de quejarte. ¿No quieres impresionar a tu cita? —insistió Mirae intentando encajar en un nuevo vestido.
—No es una cita, es Mark.
—¿Y por qué tienen que ser cosas excluyentes? —Mirae le ató un lazo en el costado que tensó la falda, alisándole las arrugas—. Aunque supongo que tienes razón. A Mark no le importaría que aparecieras en pijama.
Soojin intentó no pensar en el pijama entero de panda que Mirae le había comprado a modo de broma, pero que ella usaba con toda seriedad. Solo recordarlo la hacía querer morirse.
—Le gustas —dijo Mirae retocándole el labial y difuminándolo con la yema del dedo—. Ni siquiera sé si él mismo lo sabe aún, pero es tan obvio...
—No le gusto. No de esa manera.
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué crees que sacrifica tantas noches de sueño para estar contigo?
Y era verdad. Desde que Mirae había vuelto, Mark pasaba muchas noches en vela para llevarlas de un lado a otro en medio de la noche.
Su excursión antes de Halloween, las fogatas en la playa, los largos paseos cerca del viñedo.
Al día siguiente andaba por la escuela tambaleándose como un zombi y cabeceaba en clase de matemáticas para recuperar el sueño perdido.
—Lo hace por ti —dijo Soojin—. Porque le da pena que pases tanto tiempo atrapada en esa cabaña.
—Soo, si de verdad crees eso, eres más ingenua de lo que pensaba.
Antes de que Soojin pudiera responder, Mirae dio un par de pasos atrás para evaluar su trabajo.
—Ya está. Es perfecto —dijo con satisfacción a la vez que giraba a su hermana hacia el espejo.
Le había puesto un vestido cruzado de color rojo vino, que ella llevó a su baile de otoño del último año. Lo habían comprado en el Nordstrom Rack de Bragg Hills, barato pero sin parecerlo.