El río sabe tu nombre 16 #3
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«Una mano muerta es una mano de espinas».

Un escalofrío helado le recorrió la espalda.

Aquel lenguaje no sonaba en absoluto a Silas, cuya forma de hablar solía ser llana y directa como una flecha.

Pero lo más inquietante era que esas palabras le resultaban familiares.

Un zumbido ansioso le empezó a retumbar en los oídos, desquiciándola.

Le costaba pensar, pero de pronto recordar resultaba urgente.

¿Dónde había oído esas palabras? ¿Dónde?

—Vámonos, Soo —dijo Mark suavemente, apartándole la mano de la boca.

Solo entonces notó que había estado mordiéndose los padrastros.

El sabor a hierro en la lengua—. No sé qué esperabas viniendo aquí, pero creo que esto es todo lo que vamos a sacar en claro.

Es obvio que no está en sus cabales ahora mismo.

Pero ella no podía marcharse. Su cabeza seguía atrapada en la noche de su colapso.

El asfalto encharcado del aparcamiento. «Soojin», la había llamado antes de caer.

No podía dejar de pensar en cómo sus ojos azules se habían aferrado a los suyos para suplicarle: «Déjame ya, por favor».

Como si ella tuviera el poder de salvarle. ¿Pero de qué?

Soojin apartó el plato que apenas se había tocado.

—Dígame qué le pasó aquella noche en el aparcamiento de la licorería.

El jefe de policía seguía mirándose el regazo, sin responder. Detrás, Mark soltó un suspiro resignado.

—Es inútil…

Un golpe seco interrumpió sus protestas.

Silas se había golpeado la cabeza contra el cabecero.

Un espasmo involuntario, pensó Soojin… hasta que volvió a hacerlo con más fuerza.

Una y otra vez. Un gorgoteo tenso se le atascó en la garganta, un grito que su cuerpo no le permitía soltar.

La cama entera temblaba con cada embestida.

—¡La hostia! —exclamó Mark, tirando de Soojin para apartarla. La silla se volcó con estrépito. Silas agitaba las manos en el aire, ya en absoluto dócil. En sus ojos brillaba una claridad salvaje, atrapada.

—Nunca debí aceptarlo —dijo con una expresión feroz, mientras le salían despedidos de la boca trocitos de comida a medio masticar—. No tendría que haberle hecho caso.

El agarre de Mark en el hombro de Soojin se intensificó, pero ella se zafó.

—¿A quién? ¿A quién no tendría que haberle hecho caso? —preguntó, arrodillada junto a la cama, esperando que la señora Silas no oyera el alboroto. Tenían que calmarlo.

Él cayó contra las almohadas y se apretó la manta contra el pecho como si fuera un escudo.

—Aquí no estamos seguros. —Los ojos se le abrieron de par en par ante algo invisible y soltó un jadeo que se le atragantó en la garganta.

De repente empezó a escupir unos globos espesos de flema anaranjada que mancharon el edredón.

Soojin se quedó paralizada. Mark corrió al baño y volvió con un vasito de plástico lleno hasta el borde de agua.

—Tome, beba esto —dijo mientras le daba palmadas en la espalda.

Silas miró el vaso sin entender. Soojin vio el reflejo de sus ojos vidriosos temblar en la superficie del agua antes de apartarlo de un manotazo.

El vaso rebotó en el suelo, derramando su contenido sobre la madera antes de rodar bajo la cama.

—¿Por qué has traído eso aquí? ¿Estás loco?

—gritó Silas entre toses. La saliva salía volando de la boca mientras deliraba—.

¡Escucha a través del agua! ¡Viene por el agua!

¿Por qué lo has hecho? —De pronto ya no parecía un enfermo.

Parecía un hombre acorralado, con el vello erizado—.

¡Límpialo! —chilló, agitando los brazos hacia el charco—.

¡He dicho que lo limpies! ¡Límpialo, límpialo… !

Mark arrancó una manta de lana de la cama, se arrodilló y la echó sobre el agua para ocultarla a la vista.

—Jesús —jadeó, a la vez que Silas seguía vociferando—. Soojin, ¿qué tal si me ayudas? —le pidió. Ella reaccionó.

Pero no para ayudar.

En vez de eso, corrió hacia él y le sujetó los hombros con fuerza. Su mente era un torbellino, estaba descontrolada. No podía separar lo que necesitaba saber de lo que no quería oír.

—¿Qué quiere decir con eso? —lo apremió—. ¿Qué significa eso de que viene por el agua?

Pero Silas se había quedado absolutamente inmóvil.

Sus ojos estaban clavados en ella, realmente clavados.

Era como si, por primera vez, la viera de verdad, pusiera nombre a su rostro.

Abrió la boca para gritar, pero lo único que salió fue un silbido apagado, como si respirara a través de una pajita. Esforzándose, sofocándose.

—Tú —dijo. Le temblaban las manos.

—Soojin, ¿qué estás haciendo? Suéltalo —dijo Mark, con voz quebrada y abrumada.

—¿Qué te pasó? —susurró ella.

Silas abrió la boca, con los ojos inquietos como si buscaran refugio.

Pero antes de que pudiera hablar, la puerta del dormitorio se abrió de golpe.

La señora Silas entró apresurada y se encontró con todo el desastre.

Mark intentando secar el suelo a toda prisa, y Soojin encaramada a la cama, sujetándole los hombros a su marido.

Rezó porque su postura pareciera de consuelo y no de interrogatorio, como lo había sido segundos antes.

Antes de que Soojin alcanzara a procesarlo, la menuda mujer ya los estaba guiando fuera del dormitorio y escalera abajo.

—No es culpa vuestra —dijo al abrir la puerta principal—. No he logrado que beba casi nada desde que despertó. A este ritmo, la deshidratación se lo llevará antes que cualquier otra cosa. Habrá que ponerle suero…

Ahora estaban de pie en el porche, bajo una lámpara que titilaba con un cementerio de polillas marchitas al fondo del cristal. La señora Silas se acercó para cerrar la puerta, con expresión completamente exhausta, y Soojin no pudo más que pedir perdón, como una niña pequeña que se siente culpable.

—Lo siento. No era mi intención.

El rostro de la mujer parecía a punto de deshacerse en lágrimas, pero se contuvo. Apoyó una mano en el hombro de Soojin, con cautela, luego en el de Mark.

—Tal vez lo mejor sea que no volváis más por aquí.

—Pero, señora… —Empezó Soojin, antes de que la puerta se cerrara en sus narices. La señora Silas se alejó por el pasillo; el cristal esmerilado multiplicaba su silueta hasta que pareció sumergida en agua.