16 #2
—¿Estás bien? —preguntó Mark mientras se encaminaban juntos hacia el patio interior.
—Estoy bien, sí —respondió Soojin, aunque no lo estaba.
Todo parecía raro. Ver a Silas desplomarse, la hemorragia nasal.
Pero lo más extraño había sido la actitud de Mirae aquella mañana.
Normalmente madrugaba y ya tenía el desayuno listo cuando Soojin bajaba.
Siempre la despedía en la puerta, donde le indicaba qué alimentos y aperitivos comprar después de clase.
Esa mañana, sin embargo, no había salido del baño. Se había despedido desde el otro lado de la puerta cerrada. Con el grifo abierto y el ruido del agua al llenar la bañera.
Soojin no sabía por qué, pero aquello no le había dado buena espina.
Aún faltaban quince minutos para la siguiente clase y ninguno de los dos quería llegar pronto. Se sentaron en una de las mesas bajo los perales. La misma a donde Mirae se había dirigido la noche que se colaron en el instituto.
—Oye… —empezó Soojin, mordiéndose el labio. ¿Por qué dudaba tanto?—. ¿Sabes cuándo le dan el alta?
—Dicen que el lunes.
—Quiero ir a verle.
—¿A Silas? ¿Por qué? No tienes por qué sentirte obligada a visitarlo. Sé que no te cae bien.
—No es eso. Es que… —Sus dedos tamborilearon sobre la mesa—. Yo estaba allí cuando se desmayó, así que siento que debería ir. ¿Vale?
—Vale, vale. No he dicho que no puedas —respondió Mark con suavidad, usando ese tono bajo que siempre empleaba cuando ella estaba a punto de perder los nervios. Solo entonces Soojin se dio cuenta de que le había contestado con mal tono.
—Joder. Ya lo sé. Es solo que… sé que es mucho pedir, porque a ti tampoco te cae bien.
Pero… —Se le trabó la voz otra vez. Qué difícil se le hacía pedir favores a cualquiera.
¿En qué momento algo tan simple se había vuelto tan complicado?
Iba a dejarlo correr, pero Mark, por primera vez que ella recordara, habló por ella.
Y con cuidado. Fue como sentirse reconocida.
—Iremos juntos —anunció.
—No recibe visitas —dijo la señora Silas unos días después, cuando aparecieron en la puerta de su casa.
Soojin se removió incómoda bajo su mirada.
La mujer parecía agotada. Su pelo castaño, ya encanecido y que siempre llevaba bien peinado, le caía enmarañado alrededor de la cara.
Detrás de ella, Soojin alcanzó a ver los colores apagados de los ramos de flores enviados al enfermo, como el que Mark llevaba en la mano, esparcidos por la mesa del comedor.
—Sabemos que acaba de salir del hospital, señora, pero nosotros… —empezó Mark antes de detenerse. Miró a Soojin y ella se adelantó, levantando la bolsa de comida para llevar que llevaba en la mano.
—Le hemos traído su pedido de siempre del Half Moon Diner. Venía todos los días a tomar huevos revueltos. Pensamos que podría ayudarle a recuperar la normalidad.
La mujer se ablandó al ver el paquete grasiento.
—Qué detalle —dijo tomando la bolsa de las manos de Soojin y apartándose para dejarlos pasar—.
Está despierto, aunque puede que no aguante mucho.
Le encontraréis arriba, en la última habitación del pasillo.
Intentad no alarmaros por su aspecto —añadió antes de desaparecer en el interior de la cocina.
Subieron la escalera sin más dilación. Soojin intentó por todos los medios no ser indiscreta, pero no pudo evitarlo.
Así que esta era la casa del aguafiestas del pueblo.
La vivienda de los Silas estaba extrañamente desprovista de quienes la habitaban.
Tenía una frialdad de escaparate. No había ninguna fotografía familiar en los pasillos ni en la repisa de la chimenea, ningún objeto con valor sentimental.
En su lugar, un revoltijo de estilos incompatibles: recuerdos deportivos enmarcados junto a carteles de lemas prefabricados del tipo «Hogar, dulce hogar» o «Familia», placas policiales expuestas al lado de flores de plástico sin una mota de polvo…
Cuando llegaron a la puerta del final del pasillo, Soojin llamó. No hubo respuesta. Miró a Mark y, tras dudar unos instantes, empujó la puerta con cautela.
El dormitorio tenía la misma cualidad aséptica que el resto de la casa, pero olía con fuerza a algo clínico, a suero y desinfectante. El aire estaba cargado, impregnado del almizcle salado de un hombre demasiado débil para asearse.
Joe Silas estaba incorporado en la cama, orientado hacia la luz mortecina que se colaba por las cortinas traslúcidas. Su inmovilidad absoluta incomodó a Soojin; no hubo ni un gesto cuando la puerta se abrió y se cerró.
—¿Señor? —Un silencio tan denso que podría sostener una hoja encima—. Disculpe que le moleste. Soy Han Soojin, del restaurante.
—Y yo Mark Moon, del cementerio de mascotas —añadió Mark.
El hombre no respondió, ni siquiera se volvió a mirar.
Soojin se sentó con cuidado en la silla cercana a la cama y Mark permaneció detrás de ella, incómodo.
Soojin pudo ver por fin la expresión de Silas.
Tenía el rostro pálido y abotargado y un rastrojo desigual de barba rubia le cubría la mandíbula.
Pero lo que más alarmó a Soojin fueron los ojos.
Tenían una extraña manera de fijarse en un punto y luego descender lentamente.
Ahora que ella se encontraba en su línea de visión, era el objeto de aquel vaivén rítmico: los ojos de Silas encontraban su rostro y, como si verla fuera demasiado pesado, la mirada caía hasta que solo mostraba las escleróticas enrojecidas, para luego volver a subir de golpe, como un péndulo. Dos orbes azules que miraban sin ver.
—Joder, ¿qué le pasa? —susurró Mark.
—Ni idea. —Soojin agitó la mano delante de sus ojos, sin obtener respuesta.
—Se llama inmersión ocular.
Casi dieron un brinco, pero no era más que la señora Silas, que entraba con una bandeja de comida.
—El doctor dice que a veces es un efecto secundario de las lesiones cerebrales. —Dejó la bandeja en la mesilla.
—¿Se recuperará? —preguntó Mark.
—Con su salud y tras el tiempo que pasó sin poder respirar, es poco probable.
El cerebro es una máquina delicada —respondió con gravedad.
Se secó las manos en el delantal, aunque estaban secas, un gesto nervioso y tenso.
Dirigió la vista hacia el plato—. Dudo que coma mucho.
Os dejo un momento a solas, pero no os quedéis mucho tiempo. Se cansa enseguida y necesita dormir.
Pese a sus palabras, se marchó con rapidez, como aliviada de tener un respiro. La puerta se cerró tras ella con un clic. El silencio volvió a reinar en la habitación con tal fuerza que el tictac del reloj sonaba atronador. Silas continuaba mirándola, abajo, arriba, abajo.
La última vez que Soojin lo había visto, él se había aferrado a su delantal, suplicándole con una desesperación tan vívida que, por un momento, parecía lo único real en el mundo. Ahora, en cambio, parecía tan insustancial que podría desvanecerse bajo la luz directa del sol.
Soojin carraspeó y observó la comida. Tenía mal aspecto. Los huevos, recalentados hasta la extenuación, parecían encogidos y un líquido blanquecino se había acumulado en el plato. Los champiñones parecían anémicos.
—¿Quiere probar un poco, señor? —preguntó.
—No… hambre —respondió Silas, con voz entrecortada.
Así que no estaba tan mal como para no hablar. Bien.
—Pero si es su plato favorito del restaurante —insistió suavemente mientras cortaba los huevos en trozos diminutos con la cuchara—. No recuperará fuerzas si no come. —Le llevó un bocado a los labios.
El hombre abrió la boca, dócil. Había adquirido una extraña cualidad bovina.
Aquello no era solo daño cerebral; estaba en estado de shock .
Soojin le dio un poco y lo observó masticar.
La mandíbula se movía torpe, vacilante, pero consiguió tragar.
Soojin iba a hablar, pero Silas volvió a abrir la boca y ella calló, dándole otra cucharada.
Soojin se preguntaba si reconocería siquiera quién le daba de comer.
Silas no parecía responder a ningún estímulo visual.
No se movía hacia donde ella sostenía la cuchara.
Simplemente abría la boca, con la vista desenfocada, y esperaba.
Cuando la grasa le chorreó por la barbilla, no se limpió y ella tampoco lo hizo.
¿Por qué estaba allí, alimentando a aquel hombre que siempre había mostrado aversión hacia ella y que ahora apenas registraba su presencia?
Sintió de pronto una oleada de repulsión.
Le guardaba rencor por haberse desplomado delante de ella, por haber sembrado en su interior una inquietud difusa justo cuando era más feliz de lo que había sido en meses. Y sin embargo…
Mark se inclinó sobre ella para limpiarle la barbilla grasienta a Silas con una servilleta. Luego la miró con gesto interrogante, como preguntándole «¿qué estás haciendo?». ¿Había tardado demasiado en reaccionar? Ella sirvió otro poco en la cuchara.
—¿Y cómo lo lleva, señor? —preguntó Soojin, imitando el tono jovial que Mark utilizaba con tanto éxito con los adultos.
Pero en su boca sonaba falso, inquisitivo.
Silas murmuró algo ininteligible, las sílabas le rodaban en la boca como piedras.
Su lucidez parecía ir y venir. Un momento sonaba coherente y, al siguiente, perdido por completo.
—¿Disculpe? —dijo ella.
—Manos —dijo Silas y luego abrió la boca. Ella le dio un bocado de tomate y cebolla asados.
Esperó con impaciencia a que tragara antes de intentarlo otra vez.
—¿Qué manos, señor?
—Una mano muerta es una mano de espinas —dijo, de pronto, con fluidez y énfasis.
—¿Una… qué? —preguntó Soojin, esperando que las palabras cobraran sentido.
Los ojos de él se clavaron en sus muñecas con una intensidad tan clara que Soojin creyó por un instante que se había producido una recuperación milagrosa. Pero después se nublaron, como nubes sobre el agua, y volvieron a caer.