El río sabe tu nombre 16
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Durante un año, la familia de la niña había sobrevivido gracias al cuerpo de la gallina renacida, sacrificándola, resucitándola y volviendo a matarla una y otra vez.

Hasta que, como si al fin se hubiera alcanzado el límite del don, la enfermedad se abatió sobre toda la familia.

Primero fue a por la niña. La nariz le sangraba con frecuencia y las palmas se le llenaron de forúnculos que reventaban, cubriéndole las manos con una capa oscura y aceitosa que no se iba con el agua y apestaba a podredumbre.

Después le tocó a la matriarca. Mientras que antes devoraba la comida con los ojos recelosos de quien está acostumbrada a la escasez, su apetito empezó a flaquear hasta acabar rechazando incluso el cartílago en forma de flecha del esternón, que antaño había saboreado con tanto gusto.

Nada le sentaba bien, ni siquiera el caldo ligero hecho con sobras.

«Simplemente se ha cansado del sabor», pensó la niña enterrando un hueso de la suerte.

La tierra se le metía con dolor en las heridas abiertas de los nudillos, pero aun así accionaba con firmeza.

El cuerpo del ave se regeneraba bajo la presión de su mano, estremeciéndose ya en previsión del siguiente sacrificio.

Llevaba un año muriendo por ellos y, sin embargo, la niña se negaba a ponerle nombre.

No quería encariñarse, pero sobre todo no quería tener que llorarla.

Si le daba un nombre, su sufrimiento se volvería real.

Después del apetito, lo siguiente en desvanecerse fueron los recuerdos de la matriarca.

Poco a poco dejó de reconocer el nombre de su aldea, los nombres de sus hijos, el suyo propio.

Yacía sobre una estera con los ojos vidriosos y empapada de sudor; de la comisura de los labios se le escurría, fluido cual saliva, un reguero de bilis negra.

El médico del pueblo no supo qué nombre darle a aquella dolencia, aunque la chamana que hicieron venir desde la provincia vecina para realizar un ritual de purificación en la casa no llegó a poner un pie en el patio antes de murmurar: «Una mano muerta es una mano de espinas.

Oh, espíritu, ¿qué te ata aún a la tierra de los vivos? ».

Al día siguiente, la matriarca murió, con un hueso de la suerte encajado en la garganta.

—¿Soojin? —la llamó una voz familiar, nada más bajar del coche.

Genial. No había en el mundo una persona a la que tuviera menos ganas de ver. A veces odiaba vivir en un pueblo tan pequeño. Ni siquiera un trámite tan prosaico como ir a la licorería podía llevarse a cabo sin encontrarse con alguien a quien no soportabas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Silas.

—Puedo salir sola, aún no ha empezado el toque de queda —replicó ella mientras cerraba de golpe la puerta y encaraba al jefe de policía.

Su encuentro en el restaurante la había puesto a la defensiva y ahora no pensaba dejarse intimidar.

Tenía todo el derecho a estar en la tienda.

Al fin y al cabo, solo había venido a por bombillas.

Pero cuando se fijó mejor, se percató de su mal aspecto.

Llovía a cántaros y, sin embargo, su paraguas estaba tirado en el suelo, vuelto del revés, y él estaba empapado.

La actitud de tipo duro mostrada unas horas antes había desaparecido.

Estaba demacrado. La piel había adquirido un tono enfermizo y los ojos azules, normalmente penetrantes, tenían ahora un velo turbio.

—Eh..., ¿estás bien? —le preguntó ella e intentó inclinar el paraguas para cubrirlos a ambos, pero él se apartó.

—Sí. Claro —respondió él con dificultad, antes de trastabillar y desplomarse.

«Te lo mereces, cabrón», alcanzó a pensar ella un segundo antes de que empezara el ataque de tos.

Una serie de espasmos que le sacudían todo el cuerpo sin dejarle respirar.

El paraguas se cayó de las manos entumecidas de Soojin y el viento se lo llevó al instante.

La tos de Silas era espantosa, húmeda, y cuando ella se apresuró a su lado, un esputo rosado le salpicó la manga.

Algo se le había atragantado. Eso tenía que ser. Soojin le golpeó la espalda con la palma de la mano. Pero entonces, ¿por qué había sangre en el esputo?

Él se aferró a ella, apretando con los puños el delantal del restaurante que aún llevaba puesto. En sus ojos brillaba una claridad terrible, había desaparecido la mirada lechosa de antes. La miraba con desesperación, fuera de sí, pidiéndole algo que ella no sabía darle.

—Déjame ya, por favor —jadeó él.

Alarmada, lo apartó de sí y él se desplomó a sus pies, de bruces en un charco.

Chillando, Soojin forcejeó para girarle la cara y sacarla del agua.

Silas ya no podía hablar. Se retorcía como si tuviera los pulmones llenos de líquido.

Los ojos le giraban desbocados en las órbitas mientras ella corría a la licorería pidiendo ayuda a gritos.

Cuando la ambulancia llegó, el hombre estaba tan pálido que Soojin podía distinguir el entramado azulado de venas en su frente.

Los sanitarios lo subieron a la camilla y se lo llevaron a toda prisa mientras las luces de emergencia barrían el aparcamiento vacío como alas fosforescentes.

Mucho después de que el imperturbable dependiente de la tienda le diera a Soojin unas palmadas en el hombro y volviera dentro con el cigarrillo apagado aún entre los dientes, ella seguía clavada en el mismo sitio. Algo la inquietaba.

La sirena se fue perdiendo hasta que ya no se oyó nada.

Solo entonces Soojin arrastró los pies hasta su coche, habiéndose olvidado por completo de las bombillas.

Ni siquiera reparó en que lo estaba mojando todo, dejando empapados los asientos de poliéster.

Un instinto animal de volver a casa se adueñó de ella y lo siguió, sobrepasando notablemente el límite de velocidad.

Se dio cuenta justo al entrar en su calle. Cuando había visto a Silas en el aparcamiento, la había llamado por su nombre. No «Sue-Jean», sino su verdadero nombre. Diecisiete años llevaba sin molestarse en decirlo bien. Un mal presentimiento le pinchó en los bordes de la mente.

Soojin apagó el motor y contempló su casa con la respiración agitada.

Las luces estaban encendidas, pero la cortina no se había movido.

¿A qué estaba esperando? Y entonces, por fin, vio movimiento en la planta de arriba.

El alivio la inundó al reconocer la silueta familiar de su hermana deslizándose tras la cortina cerrada de su antiguo dormitorio infantil.

Soojin dejó escapar una risa temblorosa y notó sabor a hierro en los labios.

Solo entonces se dio cuenta de que le sangraba la nariz.

Se miró en el retrovisor. Tenía la boca y la barbilla manchadas de rojo.

La sangre le había bajado por el cuello, abundante, y se le había acumulado en las clavículas. Tenía el cuello de la camisa empapado. ¿Cómo había podido conducir sin darse cuenta?

Con manos temblorosas, se limpió, después de mover el espejo para no tener que verse. No entró de inmediato. Se quedó en la oscuridad del coche, con un montón de servilletas ensangrentadas apiladas en el portavasos y una mano sobre el corazón. Pensando… y luego obligándose a no pensar en nada.

La mañana después del diluvio amaneció soleada como una bendición.

Un excepcional día claro en lo que se anunciaba como una semana de lluvia.

Los vecinos lo aprovecharon al máximo: salieron a correr por el paseo marítimo o a pasear bajo el fulgor otoñal de los árboles caducifolios de la calle Mayor, que ya se habían vuelto dorados.

Lucía un día perfecto, que se empañó por la noticia de que el jefe de policía había aparecido inconsciente la noche anterior frente a la licorería.

Era de lo único que hablaba la gente. Ni siquiera había empezado la primera clase y el rumor ya se había extendido.

«Daño cerebral», había oído Soojin en el aparcamiento, en el pasillo, junto a las taquillas.

La preocupación se mezclaba con una especie de regocijo soterrado porque, al fin, ocurría algo interesante.

Algo que rompía la monotonía de la temporada baja.

«Agua en los pulmones». «Falta de oxígeno». «Está en el hospital, consciente, aunque no del todo».

Y entonces, como sabía que ocurriría, el murmullo se volvió contra ella. Soojin sentía las miradas siguiéndola por los pasillos y, cuando su mirada se cruzaba con la de alguien, la conversación se interrumpía hasta que ella pasaba de largo.

No necesitaba escuchar para imaginar lo que decían. «Fue Soojin quien lo encontró». «Qué mala suerte», murmurarían. «Esa familia está maldita. Hay algo raro en ellos».

Sabía bien lo rápido que podía convertirse una tragedia en espectáculo en aquel pueblo aburrido.

Aunque no dejaba de preguntarse si el cotilleo habría tomado ese cariz tan deprisa si ella fuera blanca.

En una comunidad tan homogénea, destacar de cualquier forma era estar bajo sospecha.

En cuanto las cosas se torcían, las miradas acusatorias se volvían antes contra los que eran como ella.

Abrió la taquilla y estaba rebuscando dentro con una agresividad innecesaria cuando un murmullo furtivo le llegó desde la izquierda.

—Dicen que ni siquiera intentó ayudarle —susurró una voz, seguida de un coro de desaprobación. Soojin cerró la taquilla de un portazo y las chicas que hablaban soltaron un gritito, como si ella acabara de aparecer de la nada.

—¡Os he oído! —gritó a las espaldas que huían, antes de volverse y chocar de lleno contra el pecho de alguien. Trastabilló hacia atrás debido al impacto, hasta que unas manos firmes la sujetaron.

—Que les den —dijo Mark tras ayudarla a recuperar el equilibrio.

Era obvio que él sería el primero en ir a buscarla nada más enterarse de la noticia.

No le sorprendió verlo, pero sí la oleada de alivio que sintió.

La familiaridad de sus ojos marrones, preocupados, y esa sudadera raída que siempre llevaba…

eran reconfortantes y aquello la pilló desprevenida.