15 #3
—¿Quién anda ahí? —Su voz tenía la viscosidad húmeda de un pulmón colapsado. Y luego, como un milagro, susurró—: ¿Mirae?
Creyó ver los ojos de su madre encontrándola, pero fue un engaño de la luz. Su madre no veía nada, buscaba, perdida para siempre, el fantasma de su hija mayor en la oscuridad.
«No te vayas», pensó. Su madre ya llevaba años yéndose. Pero, Dios, daría lo que fuera por cambiar lo inevitable. Suplicaría, gritaría, si eso supusiera alguna diferencia.
«Quédate conmigo, por favor».
Pero el traqueteo de su respiración ya se estaba apagando; la sangre bombeaba de manera cada vez más lenta e irregular por las cámaras del corazón. Podía oír cómo los sistemas regidos por el agua fallaban. Se desplomaban deprisa, desde una vida plena hasta el mero recuerdo de una vida.
No había nada que no daría por poder desabrochar el cinturón que laceraba el pecho de su madre. Por ponerla de lado para aliviar su respiración y acariciarle la mejilla como su madre hacía con ella cuando estaba enferma, triste o necesitaba saber que la querían.
«Escucha. Te quiero», pensó, odiando su condición incorpórea.
No tenía cuerpo, ni manos, ni forma alguna de ofrecer consuelo…
, pero se lo imaginó. Se imaginó de nuevo hecha de carne y hueso, apartando un mechón de la frente desgarrada de su madre.
Limpiando la sangre que le corría en riachuelos rojos por la mejilla, hasta dejarla limpia como un amanecer.
Tan limpia que pudiera desabrocharse de aquel amasijo y salir ilesa a la lluvia.
Una ráfaga súbita entró por la ventanilla destrozada.
Hizo girar recibos sueltos en el aire y convirtió el pelo en una salvaje aureola negra.
Su madre parecía inclinar la cabeza hacia la brisa, como buscando el roce de alguien familiar.
El viento giró una vez más y se calmó, soltando su pelo y los restos de hojas.
Cuando todo volvió a quedar quieto, el rostro de su madre se había suavizado de forma inquietante. Un suave suspiro.
Tardó casi veinte minutos en morir. Un búho ululó desde los árboles, vino otra sacudida de viento… Después, todo fue silencio.
Ella se quedó allí hasta que los ojos de su madre se enturbiaron.
Se quedó hasta que el último calor abandonó el cuerpo y el vaho de su aliento moribundo se disipó del cristal.
Hasta que la sirena de una ambulancia —demasiado tarde— rasgó la noche.
Entonces se marchó, viajando sin cuerpo por su pasado compartido, hasta llegar a su casa.
En la oscuridad, parecía cálida y, al atravesar las paredes, la envolvió el olor a miel y grano tostado.
Su padre, más joven, más feliz, tarareaba junto a la estufa.
Aun enfermo de fiebre, se negaba a guardar cama.
Levantó de la olla una lámina dorada de arroz tostado, la quebró en trozos crujientes y los roció con miel.
Ella lo siguió, invisible, hasta el salón, donde él dejó el plato ante sus hijas y luego miró por la ventana, buscando los faros que ya nunca volverían a aparecer en la entrada.
Su yo de once años estaba sentado en la alfombra, junto a una pila de libros escolares.
Soojin yacía boca abajo a su lado, frustrada con un problema de matemáticas que no lograba resolver.
Ninguna de las dos sabía que su madre había muerto a escasos quince minutos de casa.
Su yo más joven no sabía que ese era su último día como niña.
Pronto encontrarían el coche y todo cambiaría.
El tiempo se aceleró. El teléfono sonó. Vio a su padre contestar.
—Sí, soy yo… Sí… Sí… ¿Qué?
Su cuerpo se dobló sobre la isla de la cocina, plegándose lentamente.
No quería revivirlo. Dejó que el recuerdo se desvaneciera.
El salón se dilató como una pupila hasta que solo se vio a sí misma.
Su yo de once años cerró el libro, miró hacia su padre con preocupación, luego volvió a abrirlo, con el ceño relajado.
El momento quedó suspendido, repitiéndose, detenido.
Nunca conocería la noticia de la muerte y, por tanto, esa muerte nunca existiría.
«Quédate aquí», quiso decirse, pero no tenía boca. Todo se estaba deshaciendo. El recuerdo se derrumbó por los bordes hasta que volvió a su presente maldito, en la humedad oscura del aparcamiento de la licorería.
Bajó la vista hacia las manos huesudas del cuerpo que aún poseía, al salpicado de pecas en los nudillos.
La llave del coche de Silas le colgaba del dedo.
Podía sentir el malestar que su posesión imponía a aquel cuerpo.
Cada minuto que lo retenía, sus pulmones se llenaban un poco más de agua.
Sería una muerte demasiado piadosa para lo que él había permitido.
La rabia le estrechaba la visión hasta un único punto oscuro.
Lo haría conducir hasta el río crecido por la lluvia y lo mantendría allí, mientras la carrocería del coche se llenaba de agua hasta el techo.
Solo en el último instante lo dejaría ir.
Se dio la vuelta, llave en mano, justo cuando dos faros viraron hacia el aparcamiento y la cegaron.