15 #2
Los pensamientos mecánicos de Silas le dijeron qué año era.
Saboreó el amargor de los posos de café en su boca a la vez que arrancaba el coche patrulla.
Estudió el espejo retrovisor y sus iris azul lechoso le devolvían la mirada.
En aquel entonces tenía más pelo y un cuerpo más joven y menos deteriorado por la artritis.
Vio a través de sus ojos mientras conducían por la adormecida Jade Acre de hacía siete años.
Y entonces se convirtieron en uno.
Condujeron lentamente por el pueblo, con la esperanza de dar con alborotadores, pero no encontraron ninguno. Un día aburrido como todos los demás.
Pero ¿qué era aquello? Dos coches aparecieron en la periferia de su visión.
Salían a toda velocidad del borde del pueblo hacia las calles boscosas y poco transitadas y uno perseguía al otro.
Carreras ilegales, pensaron. Encendieron las luces de emergencia y los siguieron.
El rojo y el azul les barrían la visión al proyectarse en tiras brillantes sobre el asfalto mojado por la lluvia.
Justo cuando pensaban que habían perdido los vehículos, una marca de neumáticos que oscurecía el asfalto les llamó la atención.
Viraron fuera de la carretera hacia el barranco que se abría abajo.
La barandilla estaba destrozada. Uno de los coches se había salido del camino directamente hacia el barranco.
Se detuvieron, pero dejaron los faros encendidos para iluminar la escena.
El segundo coche estaba parado junto al punto donde la barandilla se había roto.
Debido a su lujo, resultaba instantáneamente identificable.
En aquel pueblo de camionetas y cacharros de segunda mano, ese modelo elegante solo podía pertenecer a una familia.
En el barranco, hundido entre montones de hojas aplastadas por la lluvia, había un Honda gris que humeaba en la noche como una yegua herida. Una mano ensangrentada se apoyó contra la ventana cuarteada para luego caer lentamente y perderse de vista.
Christopher Porter estaba de pie al borde del barranco, mirando los destrozos allá abajo.
Porter, recién llegado al pueblo, había aparecido apenas un año antes con su canijo niño mimado y miserable para devorar lentamente todo el negocio del hospedaje.
Alto y frío, su rostro no mostraba horror alguno ante el accidente que contemplaba.
Se volvió y les dijo: «Buenas noches, comisario».
Desde abajo les llegó un chasquido y se acercaron a donde se hallaba Porter.
Con esfuerzo, la puerta del coche se abrió.
Una voz femenina y áspera pidió ayuda. ¡Estaba viva!
¡Quienquiera que fuese aún podía salvarse!
Metieron la mano en el bolsillo para sacar la radio, pero una mano en el brazo los detuvo.
El reloj de Porter brilló a la luz de la luna mientras Silas dejaba la radio en el bolsillo.
Su rostro era despiadado. Porter no quería que llegara ayuda. «No quise echarla de la carretera. Solo quería hablar», explicó Porter.
Y luego vino el acuerdo, forjado gracias al dinero.
Pero entonces, ¿por qué no quiso que la salvaran? Había algo parecido al odio en su rostro. Quienquiera que estuviera herida en el barranco había ofendido a Porter de alguna manera y él quería que muriera por ello.
Ellos lo sabían y aun así…
Pensaron en sus deudas, en la carísima matrícula de la universidad de bellas artes de su hija.
Eran codiciosos y, sí, estaban intimidados.
Se convencieron de que la persona en el coche ya estaba prácticamente muerta.
¡Lo destrozado que estaba el coche! Las ventanas manchadas de sangre.
No importaba lo rápido que llegaran los paramédicos; para entonces ella estaría muerta.
¿Por qué no sacar provecho? No era como si Porter le hubiera cortado el cuello a alguien.
Era un simple accidente. Al margen del motivo por el que la perseguía.
Al margen de su obstrucción intencional al rescate o la mirada de rencor en sus ojos.
Aceptaron la proposición de Porter y no llamaron a nadie.
Eso fue suficiente. Mirae había visto todo lo que necesitaba ver.
Se desprendió de su manto plural y volvió a ser ella misma.
Se apartó del cuerpo que habitaba, haciendo fuerza contra los bordes de la memoria de Silas.
Milagrosamente, la memoria cedió, permitiéndole elevarse, espectral, para presenciar la escena desde arriba.
No le importaba cómo era posible, solo que lo era.
Debajo de ella, Joe Silas estrechaba la mano de Christopher Porter y, más abajo aún, en el barranco, el coche destrozado yacía boca arriba.
Fue hacia él. Incluso en su estado incorpóreo, notaba por todas partes el olor a gasolina y hojas podridas. Miró por la ventana y ahí estaba ella.
«Mamá», pensó. «Mamá».
El rostro de su madre estaba destrozado; una especie de ramificaciones negras le florecían sobre las sienes.
El impacto había reventado los capilares y la blancura de los ojos estaba salpicada de sangre.
Alguna fractura en el cuero cabelludo derramaba una cortina roja sobre el lado izquierdo de su cara.
Pero estaba viva.
Estaba viva y la ayuda no llegaría, no llegaría hasta casi una hora después, cuando un camionero encontrara la barandilla rota y llamara al 911. Arriba, el lento barrido de la luz policial desapareció. Silas y Porter se subieron a sus coches y se marcharon.
Contra toda lógica, volvió a intentar hablar con su madre. «Por favor, mamá», pensó.
Los ojos apagados de su madre se abrieron de golpe, mirando el aire de la noche.