15
La vida de Joe Silas era anodina en todos los sentidos.
Era policía, igual que había sido su padre, pero, en un pueblo como Jade Acre, el día a día estaba lleno de trivialidades monótonas: infracciones de estacionamiento, alguna que otra disputa doméstica, coches que iban despacio durante la temporada alta y cuyos conductores eran personas que, simplemente, no le caían bien, adolescentes que se tambaleaban por las calles tras unas copas de más...
No se podía decir que odiase su vida, pero sí que quería algo más.
Escuchaba historias de compañeros que estaban en comisarías más movidas y los envidiaba.
Infundir miedo, en lugar del desprecio silencioso que recibía en este pueblo… esa era su fantasía.
Pero al menos le quedaba poco para jubilarse, aunque imaginaba que viviría de la misma manera que hasta ahora.
Los viejos hábitos no se pierden fácilmente.
Seguiría yendo al mismo bar de carretera todos los días a por unos huevos revueltos y un café cargado de sacarina.
Seguiría paseando por el pueblo en su viejo Ford destartalado, metiéndose en los asuntos de todos los chicos.
Seguiría entrando y saliendo de su casa sin dirigirle la palabra a su esposa.
Seguiría apoyándose un poco demasiado en el alcohol, como ahora.
Había pensado irse a dormir esa noche sin beber, pero cedió y, apenas terminó las dos bebidas permitidas, salió a buscar más.
Lo que había pasado esa madrugada le tenía perturbado.
Estaba seguro, absolutamente seguro, de haber visto a tres personas corriendo por el terreno de la escuela.
Un tercer rostro que se volvía hacia atrás y esbozaba una amplia sonrisa.
Se estremeció. No sería la primera vez que su imaginación lo engañaba.
La culpa podía hacer eso, a pesar de que él no le hubiera hecho daño a nadie.
Silas salió de la licorería con una bolsa de papel bajo el brazo que contenía ginebra y una chocolatina.
Ese edificio viejo y tambaleante, en las afueras mal iluminadas del pueblo, era el único lugar, aparte de la gasolinera, donde se podía comprar algo después de las diez de la noche.
Buscó sus llaves y maldijo cuando se le cayeron en un charco a sus pies.
La espalda, desalineada por una visita fallida al quiropráctico, le dolía demasiado como para inclinarse, así que se agachó en una especie de plié de bailarina para recogerlas, con las piernas temblando en una figura torpe.
Recuperó el llavero con el meñique; luego se levantó con un gruñido.
Cuando lo hizo, una mancha borrosa apareció frente a él.
Su visión estaba distorsionada por el agua y tardó en darse cuenta de que la figura oscura bajo la luz parpadeante del farol no era una sombra, sino una niña.
No había más que un vestido delgado de manga larga entre ella y la noche helada, pero no buscaba refugio.
Tenía el largo pelo negro pegado a la espalda como venas oscuras; la lluvia hacía que los bordes de su forma parecieran deshilachados y agitados. Como electricidad en el aire.
—¿Quién anda ahí? —llamó. La niña no respondió, ni le prestó atención.
«Malditos chicos», pensó mientras giraba hacia su coche antes de detenerse.
La curiosidad pudo más. Llevaba muchos años tratando de imponer toques de queda a adolescentes que se dispersaban cuando su linterna barría el patio, solo para reunirse en el bosque con cigarrillos y briks de vino barato.
Esa niña no tramaba nada bueno. Podía sentirlo.
—¿Qué haces aquí, jovencita? —Caminó hacia ella.
Había bebido, pero no tanto como para no poder fisgonear.
«No puede evitar meter la nariz en los asuntos ajenos», eso es lo que se murmuraba en el pueblo.
Si ellos supieran. Era un experto en no meter la nariz en los asuntos ajenos cuando le convenía.
La lluvia que le golpeaba el paraguas sonaba como truenos. Puso una mano sobre el hombro de la niña y solo tuvo un instante para sentir lo inusualmente fría que estaba antes de que ella se volviera para mirarlo.
—¿Sue-Jean? —No pudo controlar su desagradable tono de voz. No le gustaban. Ni ella ni ninguno de los Han, esa maldita familia coreana del bosque, con su desgracia entre las mujeres. No le gustaba en qué lo habían convertido. Ni le gustaba la forma en la que ella lo miraba ahora.
—Ese no es mi nombre —dijo la niña con indiferencia.
Sus ojos recorrieron el rostro del hombre como buscando otra respuesta.
La luz del maldito farol falló por un momento y los sumió en la oscuridad.
En las sombras, el rostro de ella se veía hinchado y gris, con ojos huecos como devorados por peces.
Un sonido animal surgió de él. Retrocedió y el paraguas se le cayó al suelo y comenzó a acumular lluvia en su cuenco invertido.
Silas se limpió el agua de los ojos y se obligó a mirar.
La luz volvió y el rostro de la niña estaba completo de nuevo.
Una belleza fría, casi antinatural, con una piel tan impecable que resultaba repulsiva.
—Ha estado preguntando por mí —dijo—. Así que aquí estoy. —Salió de la luz del farol y se acercó a él—. ¿Quién soy? —Su tono enfático era extraño, como suplicándole que le diera un nombre.
El hombre retrocedió un paso. Luego otro. La mente, nublada por la bebida, se movía más lenta que el cuerpo, pero cuando lo imposible finalmente lo alcanzó, su visión se derrumbó alrededor de la imagen de ella.
—¿Han Mirae? —susurró. La niña sonrió, feliz ante el susurro de su nombre. «Oh, Dios…, un fantasma». Ella extendió la mano. Él no era un hombre de fe. No creía ni en Dios ni en la bondad inherente. Pero sí creía en los instintos animales del cuerpo. Creía en el castigo, que al fin venía a por él.
¿No había llovido también aquella noche?
La imagen de un coche volcado le cruzó la mente.
El asfalto mojado, las huellas oscuras de unos neumáticos intentando detenerse sin lograrlo.
Y muchos años después, un chico en el asiento del copiloto de su patrulla, temblando y empapado por la lluvia.
«Se cayó. Oh, Dios. Por favor», había dicho el chico, llorando tan fuerte que Silas había sentido el impulso de obligarlo a mantener la compostura. «Los hombres no lloran», había pensado.
Él no lloró mientras Mirae lo miraba, aunque algo cálido se le esparció por el regazo y los muslos.
La bolsa de ginebra se le cayó del brazo y se rompió contra el asfalto.
Se dio la vuelta para salir corriendo, pero solo pudo avanzar a trompicones.
Tropezó y se raspó las manos en la grava antes de reincorporarse y huir hacia la luz dorada de la licorería.
En tanto que se acercaba a la puerta, tuvo la vaga sensación de correr hacia su vida prosaica.
El bar de carretera, la esposa a la que no había besado en una década, la pequeña bendición de un albaricoque polvoriento comprado directamente al granjero que los llevaba en su camión.
Amaba esa vida, recapacitó a los sesenta y un años.
Quizá no la merecía después de lo que había permitido, pero, por Dios, la amaba.
El picaporte de la tienda estaba al alcance.
Tenía la vaga idea de que, una vez dentro, donde el dependiente aburrido reponía latas de sopa junto a mezclas para bloody mary , ella no lo seguiría.
Sus dedos rozaron el metal. Solo el tiempo suficiente para pensar «¡estoy a salvo!
» antes de que unas manos frías le agarraran una muñeca y lo detuvieran.
Sintió una punzada de dolor donde la piel de ella tocó la suya. Una aguja se deslizó a través del tendón. Succión y pinchazo. Luego vino un entumecimiento mientras ella lo arrastraba de nuevo hacia las sombras diciendo «shhh, shhh», como si estuviera acostando a un niño inquieto.
Silas cayó de rodillas. Sintió una incómoda exploración en su mente, como si unos dedos fantasmales le hurgaran dentro de la cabeza.
Sus recuerdos, cada momento específico que lo convertía en quien era.
Luego, como una extracción, sintió que esas cosas comenzaban a salir de él.
Se fueron, se fueron todas. «Shhh». Sus placeres y frustraciones diarias. Su vergüenza.
Sintió que la chica sangraba dentro de él, desplazándole la mente. No podía recordar el nombre de esa chica. Tampoco podía recordar el suyo. Al final solo le quedó este pensamiento, que se rompía una y otra vez sobre él: era culpable. Era culpable y finalmente pagaría.
La mente del hombre se abrió y ella entró.
La posesión fue fácil. El cuerpo humano, después de todo, no es más que agua, un tembloroso ecosistema de sangre, orina y saliva.
Primero lo tocó y luego penetró en él, volviéndose vaporosa mientras se hundía en su carne moribunda.
Así, sin más, ella era Joe Silas… o al menos había hecho de su cuerpo un recipiente. Desplegó su mente dentro de la de él.
Al principio, no era más que un conjunto inútil de imágenes y sonidos.
Oyó su voz nasal pidiendo una cerveza en la marisquería cercana a la costa.
Vio destellos de una niña, su hija, llevándose una manzana cubierta de caramelo a los labios pegajosos, y el corazón se le inundó de un amor tan grande por aquel rostro ajeno que casi la destruyó.
Unos pies descalzos sobre la arena mientras las olas se arrastraban perezosamente sobre ellos.
Sintió su descontento por los años que habían pasado sin que esa niña, ahora adulta, hubiera visitado su casa o ni siquiera llamado.
Pero entonces otra escena surgió sobre el remolino de imágenes y ella la siguió.