El río sabe tu nombre 14
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De acuerdo, tenemos un problema.

Mark le había escrito esto hacía dos horas, pero Soojin, que estaba en el trabajo, acababa de verlo.

Conociéndolo, aquello podía significar cualquier cosa, desde «han quitado la pizza del menú del colegio» hasta una verdadera catástrofe.

Dado que no había mensajes posteriores, se inclinaba por lo primero.

Suspiró, se secó las manos en su delantal de son las café en punto y asomó la cabeza desde detrás de la caja. Margaret estaba en su descanso, pero no se podía saber cuándo se le ocurriría volver al local para asegurarse de que Soojin se estaba portando bien.

Aunque quizá hoy no hiciera falta esconderse.

La cafetería estaba excepcionalmente tranquila por culpa de la lluvia repentina.

Solo había una mesa ocupada por una pareja joven que no paraba de meter monedas en la pequeña rocola, dejando que el sonido con interferencias de Nancy Sinatra cantando «Tese Boots are Made for Walkin´» ahogara su discusión.

Llevaban allí veinte minutos y no habían pedido más que un café.

Soojin había dejado de acercarse a su mesa hacía un rato, segura de que tarde o temprano uno de los dos dejaría unos cuantos billetes sobre la mesa y saldría dando un portazo.

Podía arriesgarse a usar el teléfono unos segundos. Se escabulló tras la cortina de cuentas que daba a la cocina, donde un cocinero se quitaba el barro de las ranuras de las zapatillas con el filo de una espátula, sentado sobre una caja de patatas.

—¿Qué? —dijo él cuando ella frunció el ceño—. Voy a lavarlo. —Con eso, se encajó un cigarrillo entre los dientes y salió por la puerta trasera. Cuando estuvo sola en la cocina, Soojin llamó a Mark. Él contestó al primer tono.

—Estoy trabajando. Más te vale que sea algo bueno —dijo ella en lugar de saludar.

—No lo es. De hecho, es muy malo —respondió Mark. Murmuraba. Soojin podía oír el caos habitual de las voces de sus padres al fondo. Luego, pasos y un clic cuando él entró en otra habitación y cerró con llave—. Muy, muy malo.

—Ve al grano, Moon —dijo ella mientras echaba un vistazo al comedor a través de las cuentas oscilantes.

Tal como había supuesto, la chica de la mesa nueve salió hecha una furia y dejó al chico agarrado a su café con gesto abatido.

Probablemente no iba a necesitar nada de ella en un buen rato, salvo privacidad.

—Hoy, en una de las últimas clases, me han llamado a la oficina del orientador.

—Oh, no, avisa a la policía —dijo ella, sarcástica.

Él carraspeó.

—Bueno, sí…, ese es más o menos el problema. Pensé que era por la cita que había pedido para preguntar por la formación profesional, pero cuando fui no era el orientador quien estaba en la oficina. Era Silas, el jefe de policía.

A Soojin casi se le cayó el teléfono.

—¿Qué?

—Parece ser que vio mi coche aparcado en el patio delantero esta mañana temprano, durante su ronda. Le hizo una foto a la matrícula antes de venir a por nosotros. Luego pasó la matrícula por el sistema, después de que saliéramos corriendo. Así supo que era mío.

—Mierda. ¿Y qué ha dicho?

—Quería saber con quién estaba.

—¿Y…?

—Dijo que quedaría entre nosotros, pero le contesté que no quería decirlo. Entonces me amenazó con llamar a mi madre si no lo hacía, así que…

—¿Así que se lo has dicho?

—Venga, Soo, no tenía elección. Si mi madre se metía, sabes que acabaría investigando hasta dar contigo. Y luego se lo contaría a tu padre.

Por mucho que le enfadara, Soojin sabía que Mark tenía razón. Que te pillara el jefe de policía colándote en la escuela de noche era malo, pero que se lo chivara a sus padres sería infinitamente peor. Aunque eso planteaba la duda de por qué Silas estaba dispuesto a mantenerlo entre ellos.

—Y no es todo. Me pidió la identidad de la tercera persona que estaba conmigo

A Soojin se le aceleró el pulso.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que no había tercera persona. Que se lo habría imaginado.

—Mark, eso es supersospechoso. ¿No se te ocurrió decir…, yo qué sé, que estaba de visita un primo de fuera o algo así?

—Me puse nervioso, ¿vale? Lo siento. —Suspiró con fuerza, pero cuando volvió a hablar sonaba un poco impresionado—. Aunque eso tiene mucho más sentido que lo que le dije yo. Eres rápida de reflejos, ¿eh?

—Sí, soy una gran mentirosa. Lo hago todo el tiempo —gruñó ella, justo cuando la campanilla sobre la puerta de la cafetería sonó. Genial. Estaba totalmente alterada y no tenía ganas de que le dieran órdenes—. Escucha, tengo que irme. Hablamos luego.

Colgó sin esperar respuesta y volvió al comedor.

—Bienvenido a… —Las palabras se le cortaron en seco.

—Mi sitio de siempre en la barra, con eso me llega —dijo Silas cerrando el paraguas y yendo a ocupar el asiento de la esquina, de cara a la ventana de la cocina.

«Mierda», pensó, aunque milagrosamente consiguió decir en voz alta:

—¿Lo de siempre?

Él asintió y Soojin tecleó en la caja con manos temblorosas un revuelto californiano y un café. A pesar de lo ocurrido, no debería haberle sobresaltado tanto verlo. Silas venía a la cafetería casi todos los días. Pero la forma en que la observaba, con tanta atención, le erizaba el vello de la nuca.

Sirvió el café en una taza desportillada y se la acercó, decidida a escapar para comprobar cómo estaba el chico abandonado de la mesa nueve, le gustara o no al policía.

Pero Silas la detuvo.

—¿Te lo pasaste bien esta mañana paseándote por el instituto? Siempre había pensado que los chavales de tu edad no pasarían más tiempo del necesario en la escuela ni pagándoles. Y pensar que tú te has colado por gusto... Debe de ser cierto eso que dicen de los tuyos y la afición por los estudios.

Vaya, no se andaba con rodeos. Soojin se secó las manos con un trapo y se atrevió a mirarlo. Él la observaba con sus penetrantes ojos azules.

—¿Me he metido en algún lío? —preguntó, eligiendo ignorar el comentario racista. Desde la cocina llegaba el sonido del aceite chisporroteando.

Él tomó un sobrecito de sacarina del azucarero y lo golpeó contra la barra, lo que la hizo sobresaltarse.

—Deberías reponer estos más seguido. Los gránulos ya empiezan a endurecerse —dijo mientras rasgaba el sobre y vaciaba el falso azúcar en su café.

Ella sabía perfectamente que eran nuevos; solo quería asustarla—.

No, Sue-Jean, no te has metido en ningún lío —continuó—.

Aunque estuve considerando delatarte a la escuela por robar cuando vi que habías abierto una taquilla.

¿Tú y ese chico Moon ni siquiera notasteis que habíais dejado un pequeño rastro de notas detrás, como Hansel y Gretel?

—No fuimos a robar nada —dijo Soojin en voz baja, justo cuando el chico de la mesa nueve finalmente se levantó, dejó unos billetes en la mesa y salió encorvado. Sintió un deseo irracional de llamarlo para que no se fuera. No quería quedarse a solas con Silas.

—No te habría creído si no hubiera recogido algunas de las notas que dejasteis caer.

—Sacó un fajo de papeles del bolsillo de la camisa.

Soojin vio el nombre de Mirae garabateado con marcador rosa y sintió el impulso de arrancárselos de las manos—.

Supongo que no es robar si el contenido del casillero pertenecía a tu difunta hermana.

Pero me pregunto por qué esperaste hasta la noche para recogerlas.

Si sabías su combinación, ¿por qué no pasar durante el día en lugar de irrumpir en la hora de las brujas, como si no quisieras que te vieran?

—¿Va a decírselo a mi padre? —preguntó en un intento de desviar la pregunta con otra. Él no cayó en la trampa.

—Responde a la pregunta, Sue-Jean.

Ella bajó la mirada, muy consciente de sus manos. Intentó no moverse, para no delatar su nerviosismo.

—No podía sacar las cosas del casillero de Mirae durante el día porque la gente me habría visto.

No quiero que piensen que cojo cosas que no me pertenecen.

Ya bastante rara me cree todo el mundo —dijo.

Para su horror, los ojos se le humedecieron con lágrimas contenidas.

Para bien o para mal, Silas parecía indiferente.

—Podrías haberle pedido al conserje que las recogiera por ti. Había otras formas en vez del allanamiento.

—No se me ocurrió.

Una campana sonó desde la cocina a la vez que se colocaba un plato humeante en la ventanilla. Pero ella seguía inmóvil, atrapada bajo la disección de los ojos azules del jefe de policía.

—Creo que al chico Moon no se le ocurrió. Nunca ha sido el más listo —dijo, y Soojin sintió una oleada de ira. ¿Qué demonios sabía él de Mark?—. Pero no me creo para nada que a ti no se te ocurriera.

La campana sonó otra vez desde la cocina, impaciente.

—Como, por lo que he visto, no tocasteis nada más en la escuela, no voy a contarle esto a tu padre.

Hizo una pausa. Soojin vio en su rostro que claramente esperaba que ella se lo agradeciera. No lo hizo y la expresión del hombre se endureció.

—Pero que no te vuelva a pillar husmeando. Lamentaría mucho que te pasara algo a esas horas de la noche, cuando no hay nadie cerca.

La campana sonó de nuevo, dos veces seguidas.

—La comida se enfría, será mejor que me la traigas —dijo y, con eso, ella sintió que se rompían las ataduras invisibles que la mantenían inmóvil. Fue hasta la ventanilla, tomó el plato de huevos y lo dejó frente a él con un golpe sonoro, demasiado alterada para hacerlo con cuidado.

—¿Necesita algo más? —preguntó.

—Relléname la taza.

Inclinó la cafetera sobre su taza, de forma mecánica, derramando un poco sobre el borde al llenarla demasiado. Justo cuando estaba a punto de alejarse, él la llamó otra vez.

—Sue-Jean —dijo—. ¿Quién era la tercera persona que estaba con vosotros en la escuela?

Hubo un cambio en su voz. Un giro casi imperceptible hacia algo parecido a la preocupación. ¿O es que ella se lo estaba imaginando?

Ella se volvió mientras componía la expresión más tranquila que pudo.

—No había ninguna tercera persona —dijo con firmeza, y se alejó de la barra.