El río sabe tu nombre 13 #3
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Salieron a trompicones del pasillo, entrando en el atrio de la iglesia, que ahora se usaba como sala de reuniones, y corrieron hacia las pesadas puertas delanteras que daban al patio.

Sobre ellos, el rosetón observaba la huida y bañaba su camino con la luz de la luna filtrada por los tonos pastel de las vidrieras.

Mientras corrían, todo lo que Soojin podía pensar era «esto es el fin». Su secreto. Su hermana. El pulso le latía tan fuerte en los oídos que hasta los tendones del cuello le temblaban con la fuerza. Si los habían visto por la ventana, si alguien los perseguía…

—¡Vosotros tres! ¡Deteneos! —resonó una voz detrás.

Soojin tropezó; el pánico tiñó de rojo la periferia de su visión al identificar esa voz. Joe Silas, el jefe de policía. Reconocería ese tono grave y áspero en cualquier parte. De todas las personas del pueblo con las que podrían encontrarse en este momento, Dios, ¿por qué tenía que ser él?

—¡He dicho que os detengáis! —gritó Silas.

Por supuesto no podían. Aceleraron más, aunque les ardían los pulmones, y finalmente salieron por las pesadas puertas al aire fresco de la noche.

¡El patio! La puerta que llevaba al aparcamiento delantero no estaba lejos.

Pasaron corriendo junto a los perales, al lado de las aulas prefabricadas y la gran roca que los alumnos mayores pintaban con murales nuevos cada año.

Soojin sentía la garganta como un cristal caliente: estaba agotada. Mirae se volvió hacia ella.

—¡Date prisa! —susurró agarrándola por la muñeca para obligarla a seguir.

Mark llegó a la puerta y, entre maldiciones, la abrió con dificultad antes de poder tirar de ella por fin. Las hermanas entraron al aparcamiento y fueron hacia el coche a trompicones, mientras Mark cerraba la puerta con seguro tras él.

El aparcamiento delantero seguía gloriosamente vacío.

Soojin echó una rápida mirada hacia el edificio.

Las luces del atrio oscuro por el que habían huido estaban ahora encendidas y difuminaban la niebla de la noche con una luz helada.

Era imposible distinguir nada en las ventanas, pero, por un momento, Soojin vio una silueta en una de ellas que ondulaba como una mancha de tinta de un test de Rorschach y los observaba.

Una vez que se apilaron en el coche, Mark arrancó tan rápido que las hermanas tuvieron que agarrarse al asiento con fuerza.

Las ruedas chirriaron contra el asfalto nocturno y enseguida salieron del aparcamiento.

Todos jadeaban, aturdidos y sin palabras, mientras los árboles pasaban veloces a su lado.

Solo después de perder de vista la escuela, Mark rompió el silencio.

—Está bien —murmuró, a las hermanas, pero principalmente a sí mismo—.

Está bien. No creo que nos hayan visto. —Y entonces se echó a reír.

Una risa baja e incrédula, que se volvió cada vez más aguda.

Al principio Soojin pensó que era histeria, pero pronto se dio cuenta de que era una alegría genuina.

Golpeó la cabeza contra el reposacabezas riéndose tanto que el coche se desvió hacia la mediana antes de volver al centro del carril.

Tenía la voz ronca por la falta de sueño y el rostro brillante de sudor, pero irradiaba felicidad—.

¡Joder! ¡Casi nos pillan! —exclamó, como si hubieran jugado una partida de cartas con apuestas altísimas y hubieran ganado.

A pesar de sí misma, Soojin también se rio; no tenía otra opción.

Se rio como loca hasta que las lágrimas le nublaron la vista y convirtieron el pueblo en un espejismo vidrioso.

Incluso Mirae, con la cabeza apoyada en el regazo de Soojin para que nadie pudiera verla a través de la ventana, sonreía.

La agitación aterrorizada que la había poseído antes había desaparecido, aunque solo fuera momentáneamente.

El tablero de instrumentos gritaba «5:20 a. m.» con números rojos brillantes.

El pueblo despertaba; los madrugadores salían a hacer sus turnos. De vez en cuando, unos faros la cegaban al pasar y el destello se le quedaba grabado en la visión como el fantasma de un fuego artificial.

—No tenía idea de que fueras tan adicto a la adrenalina —le dijo Soojin a Mark mientras observaba a los árboles formar una franja continua de verde.

—Vamos, Soo. No finjas que esto no ha sido un poco divertido —dijo Mirae, sonriendo.

El diente de leche que le había vuelto a salir en la boca daba la impresión de un hueco, un pequeño punto blanco incrustado en la encía donde debería estar una muela adulta.

Aun así, la sonrisa resultaba familiar y cálida.

La inquietud que Soojin había sentido en el pasillo desapareció.

Mark pasó junto al cartel en forma de tetera de la Pensión Han y giró en el camino de entrada.

A pesar de todo, se sentían llenos de energía y felices, como si hubieran vivido tres noches emocionantes en unas pocas horas.

Cuando llegaron, el amanecer comenzaba a despuntar perezoso sobre los árboles.

No hubo tiempo para que Mark y Soojin volvieran a dormir en condiciones; tenían que estar en la escuela a las ocho en punto, pero los dos cayeron rendidos en la alfombra de la sala, mientras que afuera la noche cedía lenta y penosamente al día.

A medida que la oscuridad se desvanecía hacia el lapislázuli del amanecer, los trabajadores de restaurantes y los jornaleros de Jade Acre se encaminaban, aún adormilados, a sus jornadas de doce horas.

Los panaderos entraban en sus cocinas y encendían los hornos, y el aire se volvía brumoso de harina y calor.

En los numerosos jardines del pueblo, las onagras cerraban sus pétalos coralinos al sol y las campanillas de la mañana se abrían.

Los animales crepusculares roían los huertos buscando las hojas más tiernas, hasta que los dueños salían y los ahuyentaban con una sandalia bien lanzada, al grito de «¡Fuera de ahí! ¡Vamos, largo!».

Era un amanecer como cualquier otro en Jade Acre, salvo por la presencia del jefe de policía en el único instituto del pueblo.

Estaba frente a un jarrón de crisantemos blancos, caído de lado, cuyos ramilletes parduzcos de pétalos se desprendían de los sépalos como pergamino chamuscado.

Se inclinó para enderezar el jarrón delante de la taquilla, con la mente alborotada por las imágenes de aquellos tres adolescentes no identificados que habían corrido por el pasillo alejándose de él. Solo una se había vuelto a mirar.

Desde la distancia, su rostro había sido una luna pálida con el pelo negro enmarañado por el viento.

Hubiera jurado que la vio sonreír antes de darse la vuelta y desaparecer tras la verja.

El frío puñal del reconocimiento lo detuvo el tiempo suficiente para que los chavales ganaran terreno y, al segundo, habían desaparecido.

Pero no. No era posible que hubiera visto lo que su mente intentaba convencerle de que había visto.

La falta de sueño le estaba pasando factura.

Se frotó los ojos y sacó el teléfono para revisar las fotos de la matrícula del coche aparcado.

Sería fácil salir de dudas y acabar con su aprensión: solo tenía que pasar la matrícula por el sistema y averiguar quiénes eran esos tres críos.

Con ese pensamiento, salió de la escuela.

A kilómetros de allí, en la casa de los Han, Mark y Soojin dormían abajo, mientras su hermana, arrodillada en su antiguo dormitorio, revisaba con creciente agitación las notas que había sacado de su taquilla.

Postales. Marcapáginas con flores prensadas.

Una tarjeta de pésame genérica y producida en masa, con un niño rubio recostado sobre una nube.

«El cielo ha ganado otro ángel», decía. La chica solo se sentía como un ángel en el sentido de que no se sentía real.

Entonces algo llamó su atención y lo sacó del montón: una polaroid de sí misma sonriendo, con un vestido amarillo de verano.

En la foto, tenía el largo pelo mojado y pegado a la cara y cada dedo de la mano extendida coronado con una frambuesa.

Aun conociendo su destino, no pudo evitar sentir envidia de la chica de la fotografía, que se debatía sobre qué baya comer primero sin saber que en menos de un año iba a estar muerta.

Qué regalo, creer que la vida es algo que se puede dar por seguro.

En el fondo de la polaroid , se veía el ancho río en el que acabaría muriendo. En primer plano, una pequeña mancha blanqueaba la esquina del marco: la insinuación de un dedo delante del objetivo. La mano de Bentley. No podía librarse de los Porter, ni del padre ni del hijo.

Arrugó la foto y soltó un quejido cuando uno de sus bordes afilados le cortó el dedo. En vez de sangre, de la herida brotó un líquido salobre. Cuando se llevó el corte a los labios, este sabía a tierra, a limo del río y a algas.

En la esquina de la habitación, Milkis permanecía quieta en su jaula.

El animal normalmente estaría arañando los barrotes para que lo dejaran salir a jugar, pero ahora estaba totalmente en silencio, con los ojos rojos fijos en ella, hasta que Mirae se volvió a mirarlo.

El animal se escabulló hacia su nido con un chillido incierto.

Entonces, un estruendo llenó los oídos de la chica.

El último sonido que había oído antes de ahogarse, el río llamándola.

Llamándola de vuelta. Un latido de terror la recorrió y se dobló sobre sí misma mientras se tapaba las orejas con fuerza, como si algo pudiera ahogar aquel sonido.

Cuando este cesó, tenía las manos temblorosas.

Salió de la habitación y bajó la escalera hacia donde Soojin y Mark aún dormían.

Miró a su hermana y le apartó un mechón de la frente.

Su toque dejó una bendición de tierra manchada sobre la piel de Soojin.