13 #2
El Instituto Jade Acre era una instalación improvisada, montada de cualquier manera para acoger a una población estudiantil en aumento tras la fundación del pueblo, y eso se notaba en la arquitectura.
El edificio principal era una iglesia reutilizada, con arcos de piedra, vidrieras y agujas góticas que recordaban su primera vida.
Cuando el alumnado aumentó, se instalaron aulas prefabricadas con ventanas para los cursos de sexto a octavo, todas pintadas con los colores verde y plata de la escuela.
El gimnasio, el pabellón de ciencias y la cafetería eran rectangulares, modernos y brillantes y se habían construido en los últimos veinte años, cuando el pueblo aún esperaba crecer antes del declive precipitado.
En conjunto, el recinto representaba la pesadilla de un arquitecto, con sus partes dispares unidas por pesadas rejas negras.
—Hola, feíto, te he echado mucho de menos —dijo Mirae con cariño, acariciando las barras de acero.
Soojin observó cómo la expresión de su hermana fluctuaba entre la alegría y el anhelo mientras miraba más allá de la verja hacia el patio salpicado de mesas y perales de flor, que apestaban en primavera, pero que tenían las flores blancas más hermosas.
Cuando Mirae miró a Mark, le brillaban los ojos—. Gracias.
Él se limitó a sonreír, luego miró a Soojin y mostró disimuladamente un pulgar hacia arriba. La ola de calor que la atravesó fue rápida y poderosa y la pequeña molestia que aún le quedaba de aquella tarde desapareció como humo.
—Qué pena que no podamos entrar —dijo Mirae.
—¿Quién dice que no? —Mark sacó un manojo de llaves del bolsillo.
Soojin lo miró ojiplática.
—Mark, ¿de dónde has sacado eso? No me digas que lo has robado.
—¿Qué? ¡Ni hablar! —Metió la llave más grande y abrió la verja.
Como era de esperar, no sonó ninguna alarma.
La verja cerrada no era más que una formalidad.
A menos que alguien quisiera hacerse con el rosetón de vidrieras del ala de la iglesia reconvertida en aulas, no había nada que robar en esta escuela y todo el pueblo lo sabía.
—Me las ha dado Jay. Su madre es la conserje y siempre está perdiendo las llaves, así que hizo varias copias.
Pero no se lo digas a nadie, ¿vale? Se metería en problemas.
—Mark cerró la verja detrás de ellos y entraron al patio abierto.
Mirae fue directa a la mesa situada bajo el árbol más grande, la que solía usar para comer cada día cuando el olor de las flores de peral era soportable.
Soojin y Mark se quedaron atrás para dejar a Mirae un momento de alegría privada.
—¿Qué le dijiste a Jay para convencerla de que te dejara estas llaves? —preguntó Soojin.
—Pues... le dije que iba a traer a una cita aquí —dijo él, sonrojándose de forma violenta, visible incluso a la mera luz de la luna.
—Oh. —Ahora sería el momento para que Soojin pidiera perdón por su enfado desproporcionado. En cambio, eligió lo más fácil: la curiosidad. Una sonrisa astuta le curvó los labios. —¿Has hecho eso antes?
—Sí. Bueno, no. No esto, al menos —dijo, señalando vagamente hacia Mirae, que pasaba el dedo por el grafiti familiar de su antigua mesa.
—Bueno, obviamente —rio Soojin—. Entonces, ¿quién...?
—¿Qué estáis haciendo? —interrumpió la voz de Mirae.
Mark pareció encantado de dejar esa conversación.
—¡Nada! —respondió, empujando a Soojin hacia adelante—. ¡Vamos!
Los tres vagaron de aula en aula. Entraron en la cocina de la cafetería y se convirtieron en ratones saqueadores que robaron tantas galletas como pudieron sin que fueran a levantar sospechas.
En el gimnasio, todavía impregnado del olor a pulidor de suelos y sudor, corrieron por las gradas.
Mark lanzó a canasta mientras Mirae intentaba sin éxito hacer lo mismo.
En su aula, vieron cintas en un televisor viejo que había quedado abandonado sobre un carrito polvoriento desde principios de los 2000.
Mirae se sentó en su antiguo pupitre y su rostro se vio un poco inquietante bajo las luces parpadeantes.
A Soojin no le gustó la forma en que la luz fluorescente parecía secuestrar los rasgos del rostro de su hermana.
Apagó las luces y se sentaron en silencio ante el resplandor azul del televisor hasta que el sueño los venció.
—Son las cinco de la mañana. Debería llevaros a casa —dijo Mark finalmente, mientras pasaba los dedos entre las persianas y miraba hacia el aparcamiento.
El amanecer tardaría al menos otra hora, pero los panaderos y el personal de cocina del comedor ya se estarían preparando para abrir.
Cuanta menos gente viera a Mark conduciendo por el pueblo antes del amanecer, mejor.
Salieron del aula con cuidado de dejar todo tal y como lo habían encontrado, pero en lugar de dirigirse a la entrada del edificio, Mirae giró bruscamente por un pasillo en dirección contraria.
—Es por el otro lado —avisó Soojin.
—Solo quiero ver una última cosa —dijo Mirae con voz tenue, desapareciendo en la oscura garganta del pasillo. Mark y Soojin se miraron desconcertados, se encogieron de hombros y salieron tras ella.
Mirae no había ido lejos. Soojin casi chocó con ella y agitó los brazos para evitar que ambas cayeran.
—¿Qué...? —empezó a decir Soojin, pero se detuvo. Mirae estaba paralizada, casi no había registrado el choque. En la oscuridad total, Soojin no pudo ver lo que había captado la atención de su hermana hasta que Mark encendió la linterna del móvil.
—Oh... —musitó Soojin cuando sus ojos se adaptaron a la luz repentina.
Estaban frente a la taquilla de Mirae. La gente la había decorado con fotografías y dibujos y su nombre aparecía pintado en letras coreanas grandes y brillantes sobre el metal azul oscuro.
Había un jarrón con crisantemos marchitos y paniculata al pie de la taquilla.
Soojin no sabía que el homenaje seguía ahí.
Casi nunca pasaba por ese pasillo. Era doloroso ver estas demostraciones de duelo de personas que siguieron adelante tan rápido, cuando su propia vida se había roto por la mitad.
Mirae se sacó un papel del bolsillo. El que Soojin había usado para escribir su nombre en grandes letras coreanas.
Mirae comparó la caligrafía con la pintada en inglés en su taquilla y pronunció en silencio las sílabas redondas.
Soojin sabía que su hermana perdería pronto los fonemas de su nombre, pero por ahora seguía siendo suyo y esa taquilla también.
—Unnie —dijo Soojin, tocándola suavemente en el hombro. Tanto ella como Mark llamaban siempre a Mirae «hermana mayor» en coreano, unnie y noona , respectivamente, para no molestarla cuando no podía reconocerse a sí misma.
—Lo siento —dijo Mirae en voz baja—. Necesitaba verlo.
Mirae presionó la mano contra el homenaje.
Todo en él estaba en diferentes fases de declive: los crisantemos con los pétalos ya en el suelo, la inscripción hecha con plantilla que decía «descansa en pez», con la palabra «pez» tachada y «paz» escrito a mano debajo.
Las fotografías también estaban descoloridas, con la cara sonriente de Mirae blanqueada por el tiempo.
En algún momento, probablemente una vez que Soojin se graduara, la madre de Jay acabaría viniendo, chasquearía la lengua con pena y desmontaría el homenaje.
La taquilla se le asignaría a alguien nuevo y la memoria colectiva de la escuela seguiría adelante.
—Creo que recuerdo la combinación de la taquilla —dijo Mirae y efectivamente la recordaba.
Al abrirse, una pequeña avalancha de papeles cayó sobre ella.
Ocho meses de cartas que habían sido deslizadas por las ranuras de ventilación.
Se dejó caer al suelo y trató de organizar las cartas en un montón ordenado.
—Mirae —dijo Soojin en voz baja agachándose junto a ella, antes de darse cuenta de su error. Mirae no reaccionó inmediatamente a su nombre, por supuesto que no, y esa incapacidad para retener su identidad pareció enviar una alarma a través de ella.
—No estoy aquí —murmuró Mirae. Una nota se le deslizó de los dedos. Extendió una mano temblorosa para retomarla, esparciendo más tarjetas sobre el linóleo—. Nunca podré tener esto otra vez. Me he ido.
—¡No! No, no te has ido —insistió Soojin, acariciando los hombros de su hermana con suavidad—. Estás justo aquí, ¿ves?
Mirae se erizó.
—Si todos los que he conocido dicen que me he ido, ¡es que me he ido!
—replicó con ojos feroces. Soojin retrocedió, atónita ante la agresividad de su hermana.
Las manos de Mirae subieron y recorrieron los contornos de su propio rostro como para asegurarse de que existía—. Oh, Dios mío —murmuró—. No puedo…
Un destello de luz se movió por las taquillas, por encima de ellas, interrumpiendo las palabras de Mirae.
Faros. La luz se filtró por la ventana que daba al patio trasero, completamente oscuro hasta ese momento.
Los tres se quedaron mirando sus propias siluetas delgadas reflejadas en la pared, que se alargaban lentamente.
Mark maldijo, apagó la linterna y se tiró debajo de la ventana.
—Tenemos que irnos. ¡Ya! —susurró.
Los tres entraron en acción, olvidando todo lo demás.
Mirae cerró la taquilla de una patada mientras Soojin y Mark llenaban la mochila de cartas de condolencia.
Salieron disparados por el pasillo, con las pisadas resonando en la oscuridad como decenas de pezuñas, como una manada de ciervos huyendo del ojo de un rifle.
Soojin pudo ver más que oír el coche detenerse.
La luz que barría las taquillas parpadeó y se apagó y todo volvió a quedar sumergido en la oscuridad.
Fuera se oyó una puerta cerrarse de golpe.
Luego llegó el sonido mecánico de un coche al echar el seguro.