13
Ver a Mirae leer con las piernas apoyadas en el cabecero o vigilar una olla de sopa hacía que Soojin no pudiera creer que algo fuera mal.
Ese estado de ánimo se colaba en todos los aspectos de su vida.
Era difícil ser hostil cuando estaba tan feliz.
En el trabajo le daban más propinas a cuenta de su sonrisa radiante.
En el colegio, la gente se le acercaba y, aunque con cautela, ella se lo permitía.
Ya no comía sola al mediodía; ahora formaba parte del grupo íntimo de Mark y Jay.
Soojin estaba feliz y no se arrepentía. Pero habían pasado más de dos semanas desde la resurrección de Mirae y la niebla eufórica empezaba a disiparse mientras los problemas prácticos se acumulaban.
Lo que más preocupaba a Soojin era la creciente inquietud de su hermana.
Mirae hacía todo lo posible por ocultarlo, y el asombro de estar simplemente viva seguía ahí.
Aún disfrutaba de las cosas grandes y pequeñas, como un baño perfectamente preparado o el sabor de un higo especialmente maduro.
Pero también había aburrimiento. Y anhelo.
Soojin la veía a menudo mirando por la ventana en dirección al colegio, al pueblo, sabiendo que ya no tenía sitio allí.
—Pues saquémosla —dijo Mark con naturalidad. Estaban sentados bajo los perales, mientras el bullicio de las conversaciones y el portazo de las taquillas resonaban por el pequeño patio. Jay se había ido y, con su ausencia, ya no hacía falta mantener la apariencia de normalidad.
—¿Y arriesgarnos a que nos vean? —preguntó Soojin mirando su fiambrera.
Ahora que Mirae había vuelto y se aburría en casa hasta decir basta, sus comidas eran cada vez más elaboradas.
Hoy tenía arroz morado con mijo y dos huevos en salsa de soja sobre un lecho de pimientos shishito guisados.
No tenía ganas de comer nada—. No quiero que me acusen de necromancia, gracias —dijo.
Mark hizo una mueca ante la palabra, pero era cierto. Todo lo que quedaba más allá del bosque que rodeaba su casa era peligroso.
—Bueno, no puede quedarse encerrada en tu casa para siempre. Seguro que está algo ansiosa —dijo, como si Soojin no lo entendiera más profundamente que él. Su expresión sincera le molestaba. Sabía que su intención era ser de ayuda, pero no lo estaba logrando.
—Lo sé —respondió ella.
—Esto puede funcionar de momento, pero no puedes esperar que se esconda para siempre.
—¡Que ya lo sé! —explotó, con un tono lo bastante fuerte como para que los de la mesa de al lado la escucharan.
Empezó a cortar con rabia su huevo con el filo del tenedor para no tener que ver su expresión de cachorro abandonado.
Comieron en silencio un rato, o al menos Mark comía mientras ella removía el contenido de la fiambrera y luego la cerraba tras haberlo convertido en picadillo y no comérselo.
Mark suspiró. Peló una mandarina y le ofreció la mitad como gesto de paz. Ella la aceptó, pero no la comió; los gajos maduros se quedaron en la mano, calentándose.
—Soojin —comenzó Mark despacio, como si supiera que no debería decir lo que iba a decir, pero no pudiera evitarlo. Ahora le molestaba que él usara su nombre completo. Como rara vez la llamaba algo más que «Soo», esto sonaba a reproche—. ¿Qué pasará cuando te mudes, cuando vayas a la universidad?
Por supuesto que lo había pensado. Tenía todo listo para enviar las solicitudes y, aunque ya se podían presentar, algo la frenaba.
No era falta de confianza. Se sentía segura de entrar en al menos una de las universidades a las que se presentaba...
, pero ¿y luego qué? Se llevaría a Mirae con ella; ese era el plan general.
La sacaría a escondidas y se la llevaría a una ciudad lejos, donde nadie la conociera y pudiera vivir el tiempo que le quedaba.
A veces Soojin se imaginaba quedando con ella entre clase y clase para tomar un café o pasear por un muelle.
Incluso dejaría que Mirae la arrastrara a una fiesta universitaria si quisiera.
Estudiar astronomía en la Universidad de San Diego había sido la primera opción de Mirae, un sueño que Soojin atribuía más al interés de Mirae por el mito de los cuerpos celestes que a la ciencia en sí.
Si no hubiera muerto, imaginaba Soojin, Mirae estaría ya en San Diego y probablemente habría dejado la carrera.
«¡No tenía ni idea de que había tanta física!
». Quizás estaría pensando en estudiar un año en el extranjero y viajar por el mundo, como siempre había soñado.
No quería que su hermana renunciara a esa vida.
Mirae todavía podía disfrutarla: San Diego, viajes, libertad.
Soojin encontraría la manera de que ocurriera.
Pero cuando se permitía siquiera un momento para pensar en la logística, el sueño se rompía.
¿Cómo la sacaría sin que el padre se diera cuenta?
Y aunque lo lograra, ¿cómo viviría Mirae?
En los papeles estaba muerta, llevaba casi un año ya.
¿Podría alquilar un piso? ¿Conseguir un trabajo legal? ¿Tener seguro médico?
—La llevaré conmigo. No sé cómo —dijo Soojin, evitando la mirada de Mark.
—Creo que deberías decírselo a tu padre —dijo él con suavidad, poniendo a prueba, con cautela, su paciencia de una manera que no habría intentado un mes antes.
—No. Ni hablar. —Soojin pensó en su padre, tan devoto, que nunca había aprobado su magia.
Para él, alterar a los muertos era un pecado.
Una forma de jugar a ser Dios. Pero a su madre le encantaba Milkis, le encantaba poder oír la voz de su propia madre ya fallecida.
Y por amor a su esposa, él había cedido.
Además, para él, ratas y otras criaturas eran lo suficientemente inocuas como para pasarlas por alto.
No tenían alma, o eso creía. ¿Pero su hija?
¿Su primogénita y, aunque no se lo admitiera ni a sí mismo, la que más quería? Soojin no podía causarle ese trauma.
—Simplemente no creo que sea justo, Soo. Para tu familia. Ni para ti.
—¿Crees que no lo sé? —contestó ella con brusquedad, dando un manotazo en la mesa. Una jarra de agua se volcó y se derramó entre la rejilla de plástico. La gente de la mesa de al lado miró. Aunque fuera algo torpe, Mark casi nunca discutía con nadie y ella sabía que parecía la mala de la película.
—Déjame ser feliz, Mark. No sabes lo que es. —Se sentía completamente frágil, como de cristal—. Déjame tener esto.
Mark abrió la boca, pero la cerró. Soojin pudo verlo sopesar sus palabras y el dolor de ella y decidir que no valía la pena decir nada. Aplastó la bolsa de su bocadillo entre las manos.
Sonó la campana. Soojin se puso en pie y dejó caer el trozo de mandarina que no quería sobre la mesa.
Notó la palma pegajosa por el jugo mientras recogía sus cosas.
Una parte de ella sabía que luego se sentiría avergonzada por este arranque de rabia, pero por ahora solo sentía la seguridad propia de una ira incandescente.
Que Mark dijera cosas lógicas, que no quisiera hacerle daño, no significaba que no pudiera odiarlo un poco.
Él observaba su rabieta silenciosa. Soojin casi deseó que dijera algo para poder volver a regañarle. No lo hizo. Pero justo cuando ella se dio la vuelta para irse, los dedos de él la rozaron, lo suficientemente suave como para que confundiera el contacto con la correa de su mochila.
En unos pocos pasos amplios cubrió la distancia que los separaba.
—Soo, espera —dijo.
Pensó que él iba a disculparse, pero al girarse, con la reprimenda lista en los labios, los ojos del chico mostraban cierta picardía.
—Tengo una idea. Pasaré a buscaros a las cuatro de la madrugada. Estad preparadas.
Soojin se despertó en una oscuridad completa.
Mirae ya estaba levantada y vestida y miraba por la ventana.
Con su abrigo pálido hasta la rodilla, parecía un espíritu; su silueta era borrosa.
La luna la iluminaba de forma extraña, como desde dentro.
La lámpara de su cuerpo irradiaba una tenue luz azul.
Soojin se frotó los ojos para acostumbrarse a la penumbra y, cuando se le adaptaron, su hermana volvió a parecer normal.
Subieron al coche de Mark y Mirae se sentó en el asiento del copiloto, mientras Soojin miraba por la ventana trasera, observando los pinos pasar en silencio.
Soojin sentía que Mark la miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor, atención que ella se negaba a reconocer.
Seguía molesta y, aunque sabía que era mezquino, quería que él lo supiera.
Mirae presionó el rostro contra el cristal mientras absorbía el paisaje familiar: la heladería a la que Padre solía llevarlas cuando sacaban buenas notas, el parque donde la gente bailaba en las noches sofocantes de verano, la floristería en la que Mirae solía trabajar a tiempo parcial.
Todo estaba cerrado; la tienda de licores era el único faro que iluminaba la esquina de la calle.
—¿A dónde vamos? —preguntó Mirae. La emoción en su voz provocó un pinchazo de culpa en Soojin. Ni siquiera había pensado en esta posibilidad. Bajo el manto de la madrugada en un pueblo tan dormido como el suyo, el mundo podía volver a pertenecer a Mirae, aunque fuera por un momento.
La tenue luz del centro desapareció cuando tomaron caminos rurales llenos de baches.
—Eso... —dijo él, alargando la palabra para crear suspense— es un secreto.
El secreto no duró mucho. Cuando entraron en el aparcamiento delantero de su instituto, Mirae jadeó.
—¡No jodas! —Sacudió el hombro de Mark con tanta fuerza que el coche se desvió momentáneamente hacia el césped.
—¡Cuidado! ¡Estoy intentando conducir! —dijo Mark, satisfecho consigo mismo.
En cuanto aparcaron, Mirae salió disparada del coche. Corrió hacia la entrada, mirando el recinto escolar de aspecto extraño y remendado que tanto le gustaba.