El río sabe tu nombre 12
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No sabía su nombre, pero sabía que estaba viva.

Durante la semana, cuando su padre estaba fuera, los días eran largos y hermosos.

Ella y su hermana recorrían los bosques bañados por el sol detrás de su casa para recolectar bardana, achicoria y saúcos tan oscuros como un ojo de pájaro.

Horneaban galletas juntas y dormían pegadas, nariz contra nariz y las manos entrelazadas, como cuando eran niñas.

Los fines de semana, cuando su padre regresaba, Soojin la recluía en una de las coquetas cabañitas que alquilaban en verano y ella pasaba el tiempo mirando el lento movimiento del ventilador del techo y recorriendo con las manos la longitud de su nuevo cuerpo.

Se acostumbraba de nuevo a su garganta, al pelo, negro y largo, igual que el de su madre.

Pero no todo era igual. Sus rodillas ahora estaban intactas.

El entramado de marcas y cortes, todas las innumerables cicatrices que le aseguraban que era real, había desaparecido.

Se distraía de esa pérdida de la manera que mejor sabía.

Registraba la cabaña en busca de comida a todas horas.

Vivir la volvía voraz. Soojin mantenía la cocina bien abastecida, pero nunca era suficiente.

Atacaba las cajas de mezcla para tortitas y los tarros de confitura, los pollos rellenos de arroz glutinoso y los dátiles.

No dejaba ni los huesos, los rompía con los dientes para sacar la médula esponjosa y cuajada, un hábito que había aprendido de su madre, quien a su vez lo había aprendido de la suya, que venía de un linaje de hambruna.

Recordaba las historias de la antepasada que comía médula, igual que ella, antes de devolver un fragmento de hueso a la tierra para que creciera una nueva gallina.

En los momentos de ocio, estudiaba el papel en el que estaba escrito su nombre con letra pulcra 미래 .

Lo repetía en voz alta una y otra vez, «Mirae», pero solo podía escucharlo por lo que significaba: futuro.

No había futuro para las cosas sin nombre.

Pero ella no se quedaría sin nombre para siempre.

Tenía que creerlo. Guardaba el papel consigo, escondido en el bolsillo como un amuleto.

No tardó en llegar la inquietud. Caminaba de un extremo a otro de los escasos cuarenta metros cuadrados de la cabaña durante horas, pensando en todo lo que había más allá de sus muros, todo lo que anhelaba pero no podía ver.

Su padre. Su pueblo. Las calles por las que solía pasear con sus amigas, riendo, con las ventanillas bajadas para que su mano colgara por la ventana del copiloto, rozando el viento.

A veces se arriesgaba y levantaba la esquina de las cortinas para mirar fuera, donde la vista del mundo iluminado por la luna era tan hermosa que le dolía hasta el diente de leche.

Observaba la casa donde dormían su padre y su hermana e intentaba visualizarse allí, pero, incluso en sus ensoñaciones, solo se imaginaba a sí misma escabulléndose por las esquinas para que no la vieran.

Una mañana, cuando el padre salió, ella lo observó, aunque sabía que no debía.

Él entrecerró los párpados, como si hubiese visto un par de ojos oscuros asomando desde el dobladillo de la cortina.

Ella dejó caer la tela y se agachó bajo el cristal, con una mano sobre los ojos y la otra en el pecho, escuchando cómo sus pasos se alejaban.

Aunque habían cambiado muchas cosas desde su primera vida, lo que no había cambiado en esta segunda era que mentía. O quizás «mentir» no era la palabra correcta. Se callaba cosas.

Esta fue la primera cosa que ocultó a su hermana: podía emerger de cualquier sitio con agua en su pequeño y tranquilo pueblo.

Solo tenía que visualizar el lugar y desearlo.

Cuando abría los ojos, podía aparecer allí.

Se dio cuenta de que el agua, que una vez la había matado, ahora cedía a su voluntad.

Descubrió esta habilidad accidentalmente, un día, cuando Soojin cenaba con su padre y creía que Mirae estaba segura, encerrada en la cabaña durante el fin de semana.

Mientras se bañaba, se quedó dormida, tuvo un sueño inundado y despertó flotando desnuda en la cala del este, donde los abulones se aferraban a las rocas bajo la superficie.

Su cuerpo inerte chocaba contra una pared de roca, como un barco amarrado, y su pelo ondeaba alrededor como una vela negra.

El cielo aquella noche estaba salpicado de estrellas tan brillantes que le entraron ganas de llorar.

No era justo estar apartada del mundo con toda su hiriente maravilla.

A pesar de su hermana, volvería a pertenecer a él.

Tan pronto como su padre regresaba el fin de semana y caía la noche, ella se sumergía en un baño frío en la cabaña y viajaba.

La mayoría de las veces emergía en lugares mundanos.

En una fuente del centro a medianoche. En las piscinas de los vecinos, donde se sumergía hasta los ojos y espiaba el calor de sus casas.

Su visión estaba teñida por la luz verdosa de las piscinas mientras las figuras tras las ventanas hablaban, compartían el pan y se tocaban las caras con amor o, a veces, con violencia.

Y cuando llovía —pronto lo descubriría—, podía estar en cualquier parte.

Con la última semana de septiembre, llegó la primera lluvia de su segunda vida.

En su habitación infantil, esperó a que Soojin se durmiera en la cama contigua. Cuando oyó que la respiración de su hermana se volvía profunda, se destapó y se levantó, escuchando cómo la tormenta golpeaba el techo.

Bajó con cuidado, evitando el tercer peldaño desde abajo, que sabía que crujía.

Luego salió a la intemperie. Sintió cómo los bordes de la visión se le estrechaban mientras el agua la transportaba a otro lugar, una puerta abierta por la lluvia.

Hubo un momento en que fue inmaterial y vaporosa antes de que su cuerpo le fuera devuelto en una reconstitución que le pareció violenta.

Cuando abrió los ojos y se desplegó en el aguacero, estaba en las afueras del pueblo bajo la luz moribunda de una farola.

Esta parpadeaba y oscilaba, iluminando el mundo con una luz irregular, como en una animación a saltos.

Un Audi negro se encontraba parado bajo el cartel de «Bienvenidos a Jade Acre», que no se había actualizado desde que la población había empezado a disminuir en 2013.

Sabía quién estaba en el coche, aunque las ventanas empañadas conferían al interior una opacidad dorada.

«Sentado en el asiento del copiloto, jugueteaba con la radio. Sintonizaron la única emisora que se oía con claridad. Canciones de los 2000 entre anuncios animados de un concesionario en Bragg Hills. Se pasaban un porro, que se iluminaba con cada calada lenta.

»—¿De verdad tienes que llegar tan lejos? —preguntó él. En el maletero, una bolsa de cierre hermético contenía un animal atropellado, una comadreja marrón chocolate que olía a ozono y carne masticada, demasiado fresca para estar podrida.

»—Haría cualquier cosa —respondió ella».

El río vibraba en su mente, omnipresente, llamándola desde el pasado. Lo silenció hasta que solo pudo oír la lluvia y el suave zumbido de la radio saliendo del coche aparcado. Un sentimiento de anticipación la inundó.

Esta fue la segunda verdad que le ocultó a su hermana: aunque decía que la muerte era un largo dormir sin sueños, ella recordaba.

La noche en que murió, su espalda golpeó el agua, que la tragó hacia su interior antes de que pudiera gritar.

La presión en sus oídos crecía y la corriente era tan fría que quemaba.

Abrió la boca para jadear, pero solo aspiró río.

Morir fue rápido, sus últimos pensamientos, una letanía animal de «maldición, maldición, maldición».

Una luz brillante explotó en su visión y luego sintió que se desgarraba.

La mente de la materia. El espíritu de la saliva.

Su vida se desenrolló y la vio caer río abajo.

«Mi cuerpo», pensó mientras viajaba como aire en busca de su propio cadáver. «Mi cuerpo».

Pero el río no la dejó alejarse mucho del lugar donde había caído.

La ató y la desenredó lentamente. Primero le arrancó su nombre y así la reclamó como suya.

A kilómetros de distancia, tuvo la conciencia distante de su cuerpo enganchado entre rocas en otro pueblo.

Guardado en una morgue. Alzado hacia un horno crematorio.

Se tocó la garganta, sintiendo su pulso vibrante. ¿De qué servía un cuerpo si no era para buscar justicia? Primero iría a por los demás y luego iría a por él, al final. Observó la sombra de su objetivo ondular más allá del cristal empañado. Sobre ellos, la farola parpadeó…

Y se apagó.

—Pueblo de mierda —murmuró Bentley mientras el tramo de carretera al otro lado del cristal del coche se sumergía en la oscuridad.

La señal de radio, que había estado fallando, se desvaneció hasta que las voces de los locutores se mezclaron en un siseo anónimo.

Ocasionalmente, un par de palabras distinguibles se elevaban sobre la estática: «Los cuarenta más escuchados… Una nueva llamada...».

Bentley apagó la radio. Ya había estado suficiente tiempo a un lado del camino sin hacer nada en particular.

Era diferente no hacer nada estando solo.

Hace un año, Mirae y él solían venir hasta aquí, a los límites de la ciudad, lejos de miradas indiscretas, solo para descansar los pies en el salpicadero y escuchar música en este límite entre pueblos que, fuera de la temporada turística, pocos cruzaban.

Fue un experimento de amistad que duró casi un año y terminó en ruina.

Al principio, sus interacciones fueron, en el mejor de los casos, antagónicas.

Fue culpa de Han Soojin que empezaran mal.

Ella tenía nueve años entonces y Mirae, inusualmente madura, tenía diez, y él había compensado la vulnerabilidad de su propia inmadurez de la forma que mejor sabía: con exigencias.

—Ey, tú —le había dicho un día durante el almuerzo—, siéntate aquí.

—Palmeó el asiento a su lado. El padre de Bentley siempre murmuraba con visible irritación sobre la familia Han y eso le producía curiosidad, le hacía querer acercarse para ver qué tenían de especial.

Pero también tenía motivaciones más simples.

Era nuevo en el pueblo. Después de que su madre muriera por problemas de corazón, su padre la incineró silenciosamente sin funeral, vendió su apartamento en la ciudad y en pocos meses realizó la mudanza con una determinación absoluta.

—Conozco a alguien que puede hacer que todo esto se pase —había dicho su padre.

No le dio tiempo de despedirse de sus amigos, de su hogar.

Aún dolido por la pérdida de su madre, Bentley se encontró en un banco de plástico rojo en un patio lleno de excrementos de pájaro.

Quería que Mirae se sentara con él para no tener que comer solo otra vez.

—¿No me has oído? Te he dicho que vengas.

Mirae se detuvo y dirigió hacia él sus ojos perspicaces.

En ese momento hubo una claridad entre ellos y ella vio a través de su fachada.

La forma en que él se sentaba solo con su camisa cara en un patio escolar con suelo de corteza triturada y con rayuelas dibujadas a tiza.

Él sintió algo parecido al alivio cuando ella se acercó.

Pero Soojin no había aceptado sus órdenes. Se interpuso, quedando frente a Mirae, y soltó algún insulto que Bentley ya no recordaba. Así empezó la primera pelea.

Bentley no se dio cuenta hasta un par de años después de que Soojin ya tenía motivos para odiarlo. La llegada de su familia había sido precedida por la compra de un montón de terrenos vírgenes destinados a un desarrollo que acabaría devastando el negocio de su familia.

¿Cómo acercarse a la hermana mayor con la menor aferrada como una lapa?

Pero entonces llegó la noche en la que por fin encontró a Mirae sola en medio de la carretera, no muy lejos de allí, y casi la atropella con el coche.

Bentley encendió la calefacción y vio la condensación desaparecer lentamente del cristal. Fuera, el viento azotaba los árboles haciendo que las largas sombras temblaran sobre el asfalto como manos alargadas estirándose. Una vez más, sus pensamientos se inclinaron, resignados, hacia el pasado.

Su historia conjunta había empezado diez meses antes de que la viera caer al río.

Entonces, él tenía dieciséis años y las madres de ambos estaban muertas.

La noche era fría y nublada y, aunque la nieve rara vez cuajaba en Jade Acre, las montañas lejanas tenían las cimas cubiertas de escarcha.

No recordaba por qué iba conduciendo por el bosque, solo que iba demasiado rápido, empujado hacia la imprudencia por el aburrimiento.

Dio una curva brusca y vio un bulto blanco en el asfalto.

Un animal aturdido. Pisó los frenos y los neumáticos chirriaron hasta detenerse a unos metros.

El animal no se apartó, no se movió en absoluto.

Solo entonces vio el Toyota detenido en el arcén. No se trataba de un lobo en la carretera, sino de una chica de rodillas que llevaba un abrigo claro.

La ira lo invadió antes que el alivio y salió furioso del coche, cerrando la puerta con fuerza.

—¿Es que quieres que te maten? ¡Casi te atropello, joder! —Su aliento se convirtió en un plumón blanco en el frío. Solo entonces reconoció a la persona a la que gritaba. Han Mirae. Su pelo reflejaba el blanco de las luces delanteras.

—Bueno, felicidades —respondió ella con voz seca, como si no acabara de escapar de ser atropellada. Solo una fina vibración de alarma delataba su adrenalina—. No me has atropellado.

La chica dejó caer apresuradamente lo que tenía en una bolsa de la compra, pero no antes de que Bentley alcanzara a ver la pegajosa y ensangrentada cola cortada de una ardilla. Luego reparó en los demás restos. Cuerpo y hueso triturados por neumáticos. Como una mancha de fruta en el asfalto.

No pudo evitarlo. Se dobló y vomitó mientras ella se alejaba hacia su coche.

—¿Qué diablos estabas haciendo, bicho raro? —gritó él limpiándose el sudor del labio—. Eso es asqueroso. ¡Eh!

Pero ella se había montado en el coche y se fue sin dar explicaciones, dejándolo solo en la oscuridad junto al letrero iluminado de bienvenida a un pueblo que moría lentamente.

Un letrero que ahora aparecía en su campo de visión mientras la niebla se disipaba tras las ventanillas.

Nada más que una mochila en el asiento del copiloto. Silencio.

Lo intentó con la radio otra vez. El zumbido. Molesto, bajó el volumen, puso el coche en marcha y ajustó el espejo retrovisor.

Por el rabillo del ojo, Bentley creyó ver algo reflejado en la carretera detrás de él.

Una forma pálida agachada en el suelo que intentaba retirar carne del pavimento con manos meticulosas.

El corazón le dio un salto. Se dio la vuelta a toda velocidad y buscó en la tenue carretera a través del cristal trasero, pero no vio nada.

Esperó a que el pulso se le calmara antes de sacar el coche del arcén y acelerar bajo la lluvia.