11
Soojin llegó a la escuela varias horas tarde, con el pelo recogido de cualquier manera en una coleta torcida y los ojos un poco hinchados. A Mark le sorprendió que hubiese siquiera aparecido. Ella soltó una disculpa rápida al profesor de matemáticas y se deslizó en el asiento contiguo al suyo.
—¿Puedo ver tus apuntes? —susurró, mostrando la mano herida.
La misma que Mirae le había lavado y vendado con gasa la noche anterior, cuando habían vuelto del bosque.
Ver esos vendajes tan cuidados le removió algo por dentro.
Otro recordatorio de que lo que había visto no era un sueño febril.
Esos dientes que le llovían sobre la nuca, los filamentos negros de pelo que se retorcían en la tierra como si estuvieran vivos.
»¿Mark? —le susurró, trayéndolo de vuelta a la clase.
—Eh, sí. —Le pasó sus apuntes casi ilegibles.
Ella los tomó y empezó a descifrar su letra con ahínco, algo que siempre lograba.
Soojin parecía muy normal. Completamente concentrada mientras copiaba y, luego, atenta cuando acabó y dirigió la vista hacia el profesor, que seguía hablando de polinomios y garabateaba algo en la pizarra que bien podrían haber sido jeroglíficos.
Mark apenas escuchó nada durante la clase. Sus ojos no dejaban de desviarse hacia Soojin, que mordisqueaba la tapa del bolígrafo sin prestarle ninguna atención a él.
Cuando sonó el timbre, se inclinó hacia ella y le preguntó en voz baja:
—¿Cómo estás?
—Bien. Un poco hinchada por toda la sal de ayer, pero bien —respondió con una pequeña risa, metiendo el estuche en la mochila. Estaba tan despreocupada, tan natural... Eso le hacía sentir que estaba loco.
Mark sabía que lo que él había vivido la noche anterior era distinto de lo que Soojin había visto. Estaba seguro de que lo que había salido de la tierra era más una criatura que una chica. Una cosa gris e hinchada que brotó del suelo junto con un chorro de agua caliente y fétida.
Y Soojin se había acercado a eso, viendo solo a su hermana. Le volvía loco no saber cuál de las dos realidades era la verdadera.
—Bueno, nos vemos luego —dijo Soojin, yéndose. A Mark le entró una ansiedad terrible; si ella se alejaba ahora, sería para siempre. Ahora que tenía a su hermana, ¿volvería Soojin a aislarse? Después de los pequeños pasos que habían dado, esa idea era insoportable.
—Espera. Eh... —dijo agarrándole el brazo con timidez. Ella se volvió hacia él—. ¿Puedo ir a tu casa después de clase? —Sentía la mente torpe, como siempre que ella le dedicaba toda su atención—. Es que hoy no he entendido nada de lo que hemos dado y pensé que a lo mejor podías…
—Vale —dijo ella.
No esperaba que aceptara tan rápido. Tropezó con sus propias palabras, soltándolas con un suspiro mientras salían al patio iluminado por una luz aplastante. El día estaba nublado y, de algún modo, el grueso manto de nubes hacía que todo pareciera saturado y excesivamente brillante.
—Pero primero quiero pasar por la panadería —añadió ella.
—Claro. ¿Para qué?
Soojin miró alrededor. Estaban solos.
—Nunca llegué a celebrar su cumpleaños —dijo. La luz fría hacía brillar su pelo con reflejos plateados—. Dieciocho años. Parece importante, aunque sea fuera de fecha, ¿no crees?
Había algo en la forma en que sus grandes ojos marrones lo miraban que resultaba suavemente desgarrador.
No se había parado a pensar en cómo cada fecha señalada debía de haberla herido desde que Mirae murió.
El cumpleaños, las Navidades. Los fines de semana marcados por el silencio donde antes había ruido...
Un mechón de pelo le cayó sobre la mejilla y, sin darse cuenta, él fue a apartárselo, pero se detuvo.
Hacía demasiado tiempo que no la tocaba con esa familiaridad. Dejó caer la mano.
—Sí —dijo, con una ternura dolorosa a punto de aflorar—. Creo que sí.
Eligieron una tarta sencilla de nata fresca, con fresas glaseadas como decoración, y fueron cada uno en su coche a casa de Soojin.
Mark llegó unos minutos después que ella y aparcó, pero vio que Soojin aún no había entrado.
Estaba en el camino de acceso, con la caja de la tarta en brazos, mirando hacia arriba.
No se movió cuando él se detuvo a su lado y su expresión era tremendamente intensa.
Él siguió su mirada. Se había posado en la ventana de su habitación.
La luz estaba encendida y la cortina de encaje se movía revelando a alguien dentro.
En ese momento, Mark comprendió que, probablemente, era la primera vez en meses que volvía a casa y encontraba la habitación iluminada.
Alguien tumbado en la cama de enfrente, listo para darle la bienvenida.
—Esto es real —dijo ella en voz baja. Solo para sí misma. Luego, como buscando confirmación, se volvió hacia él—. ¿Es real?
De repente, sus dudas de la noche anterior y de esa mañana en clase parecieron insignificantes.
No importaba. No si Soojin estaba allí, casi llorando ante la simple visión de una ventana iluminada con la promesa de una hermana esperándola.
Debía de sentirse como si hubiera salido de una larga pesadilla y estuviera de nuevo al borde de su propia vida.
Él quería llevarla allí. De vuelta a la felicidad.
—Vamos. La tarta no se va a cortar sola —dijo Mark, ofreciéndole el brazo. Para su sorpresa, ella sonrió, enlazó ese brazo con el suyo y lo arrastró hacia la puerta.
Dentro, la casa estaba cálida y olía mucho a comida. Sonaba música ambiental en el salón. Mirae, con un delantal manchado de grasa, asomó la cabeza desde la cocina.
—Bienvenida a casa —dijo antes de sonreírle a Mark—. ¡Hola, tú!
Soojin dejó la caja sobre la isla de la cocina y siguió a su hermana, que estaba sudando frente a los fogones.
—Estoy preparando pollo guisado —dijo Mirae, abriendo la cazuela de hierro. Dentro, los muslos de pollo se cocían a fuego lento con patatas, fideos de soja y una aromática salsa de soja picante con guindillas secas—. ¿Te quedas a cenar, Mark?
—Sí que se queda —respondió Soojin por él mientras arrastraba a Mirae hacia la isla de la cocina—. Vente aquí un rato.
—Pero ¿qué…? ¡Un momento! —se quejó Mirae, agitando unas pinzas cubiertas de salsa que goteaban por todas partes. Pero se estaba riendo. Las dos hermanas lo hacían. Eufóricas y embriagadas por el hecho de estar vivas.
Soojin abrió la caja y sacó la tarta. En algún momento del viaje en coche debía de haberse inclinado, porque un lado estaba hundido, la fresa del centro se había caído y dejado marcas en la nata blanca perfecta. Soojin no se detuvo a preocuparse. Clavó tres velas largas y encendió una cerilla.
—¡Feliz cumpleaños, Unnie! —dijo. Mark se apartó cuando la cazuela de la cocina empezó a chisporrotear y bajó el fuego. Luego apagó las luces y dejó la cocina a oscuras, con la única iluminación de las velas.
En la isla, Mirae estaba en silencio. Luego, sorprendida, dijo:
—Pero mi cumpleaños es en junio.
—Lo sé —respondió Soojin, acercando la tarta a su hermana—. No pude celebrarlo contigo en junio. Pero ahora estás aquí. Así que vamos a celebrarlo.
En la oscuridad, Mark vio la mano de Mirae acercarse a la cara de su hermana con ternura, en un gesto silencioso de agradecimiento. Era una muestra de cariño en la que él no quería interferir con la mirada. Bajó la vista hasta que oyó hablar a Soojin
—Pide un deseo.
Mirae se inclinó y se lo pensó un buen rato antes de soplar las velas.
Mark encendió las luces y Soojin le limpió a su hermana un poco de nata de la nariz, lo que derivó en una breve pelea amistosa que acabó con las mejillas de ambas manchadas de crema.
Después, no se molestaron en cortar la tarta.
Se lanzaron de cabeza con los tenedores, raspando hasta el último resto del bizcocho.
Más tarde, embriagadas por el dulzor y saciadas por la cena, Soojin preguntó a su hermana qué había pedido. Se habían trasladado al salón, donde ahora estaban tumbadas sobre la alfombra de pelo largo, a la vez que Milkis correteaba nerviosa entre ellas.
Mirae no respondió de inmediato y apoyó la barbilla en una mano mientras con la otra hacía cosquillas a Milkis en la barriga. La rata emitía unos ruiditos suaves, como si se estuviera riendo.
Era, sin duda, un momento precioso. Pero en tanto que Mirae pensaba, Mark vio cómo su expresión cambiaba a algo extraño.
Una rápida mirada hacia la ventana, llena de nostalgia y amargura al dirigirla hacia fuera.
Él sintió esa gravedad, pero, tan rápido como llegó, desapareció.
Su hermoso rostro volvió a la calma, iluminado por la luz dorada de la lámpara antigua.
—Si te lo digo —dijo Mirae, sonriente, enroscándose un mechón de pelo en el dedo—, no se cumplirá.