10
Esa noche, Soojin soñó que se adentraba en un río.
El vestido blanco que llevaba se inflaba contra la corriente como una rendición.
En las manos sostenía un cuenco de latón lleno hasta el borde de dientes humanos y, desde la orilla, Mark le gritaba con las manos extendidas hacia ella, pero de su boca solo salía el sonido de mil ratas chillando.
Cuando volvió la vista hacia sus manos, el cuenco había desaparecido y del agua brotaba un ejército de manos, todas cerradas en diminutos puños blancos. Los antebrazos, delgados, se mecían como juncos en el agua, y la piel lechosa tenía la misma cualidad espinosa que los tallos del rosal.
Un escalofrío la recorrió mientras avanzaba entre esa legión de brazos blanquecinos, hasta que uno le llamó la atención.
A diferencia de los demás, que permanecían apretados, este puño comenzaba a abrirse.
Al hacerlo, los dedos se alargaban, se aplanaban y se transformaban en sépalos que rodeaban un racimo de pétalos.
Una flor de loto perfecta, nacida de la palma espinosa y blanca de un ahogado.
«Una mano muerta es una mano de espinas», susurró el sueño. Ella intentó alcanzar esa mano. El río rugió.
Soojin despertó sintiéndose estrangulada. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, moteándole la cara con una claridad suave. E incluso eso le pareció una agresión. Gimió y se cubrió los ojos con la manta… hasta que se acordó.
Casi salió disparada por la fuerza con la que apartó las sábanas. La visión se le blanqueó por la luz y, con las manos orantes sobre el corazón, se armó de valor mientras sus ojos se acostumbraban.
Y ahí estaba su hermana, bañada por completo en la aterciopelada luz del sol.
Mirae había quitado la mosquitera de la ancha ventana que daba al camino de entrada.
Sentada a horcajadas sobre el alféizar, tarareaba pasándose un peine de púas anchas por el pelo.
Iba dejando que el viento se llevase los mechones sueltos, que brillaban azulados bajo el sol antes de desaparecer rumbo al magnolio.
La visión era tan abrasadora en su familiaridad que hizo arder los ojos de Soojin.
—No te vayas a caer —dijo con una voz baja cargada de asombro.
—¡Eh, buenos días! —respondió Mirae apoyando una mano en el marco para girarse hacia su hermana sin caerse al rosal de abajo—. Estabas durmiendo más de lo normal. Empezaba a preocuparme.
—¿Qué hora es? —preguntó Soojin, buscando el despertador. El neón rojo marcaba las 10 a. m.
La noche anterior, después de lavar la sangre y la suciedad, todos se habían zampado una ración descomunal de fideos instantáneos picantes mientras mantenían una conversación alegre y ligera, sobre todo por Mark.
Mark, que parecía el más afectado de los tres y que miraba a Mirae con algo parecido a la incertidumbre, aunque intentaba disimularlo con risas.
Pero cuando él se fue, se abrieron las compuertas.
Soojin no estaba segura de haber llorado así nunca, ni siquiera en el funeral.
Su hermana la abrazó fuerte y ella gimoteó distintas formas de «te he echado de menos» y «joder, no me lo creo», hasta que la luz anaranjada del amanecer iluminó la ventana.
No era de extrañar que se hubiese quedado dormida hasta tan tarde... Ni que sintiera el cuerpo como si le hubieran arrancado cada hueso y luego se lo hubieran vuelto a poner en su sitio.
—Lo siento. Sé que tenías clase, pero pensé que debías dormir todo lo que pudieras —dijo Mirae. Entró de nuevo en la habitación dejando la mosquitera en su sitio.
«¿Qué más da?», pensó Soojin. El instituto era lo último en lo que pensaba.
Voló hacia su hermana y Mirae la atrapó entre risas ahogadas por el suave golpe.
Soojin se dejó llevar, apoyando la cara en el pelo de su hermana.
Los últimos ocho meses habían sido un sueño extraño. Este era el mundo como debía ser.
Cuando finalmente llegaron a la cocina, estaba hecha un desastre.
Una olla sucia seguía en el fregadero, junto con cáscaras de huevo y ocho envoltorios de fideos Shin, que Mirae, Mark y ella habían devorado de una sentada.
Soojin aún estaba satisfecha de la cena, pero estaba claro que Mirae había desayunado.
Mucho, a juzgar por lo que quedaba. Había desaparecido una barra de pan de masa madre, junto con un gran trozo de brie entero.
La olla arrocera, llena la noche anterior, estaba ahora medio vacía.
—No me juzgues, estoy comiendo lo que no he comido en los últimos meses. —Mirae le guiñó un ojo y sirvió el arroz que quedaba para las dos, cubriéndolo con huevo, salsa de soja y cebolleta.
Soojin observó a su hermana mientras comían.
Sus gestos apenas habían cambiado. La forma en la que se apartaba el pelo entre cucharadas y movía las piernas en el taburete alto.
Las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y atentos...
, todo en Mirae estaba vivo, completamente vivo.
Pero tras haberse pasado toda la noche hablando, Soojin veía claramente que su hermana aún no estaba recuperada del todo.
En casi todos los aspectos importantes, era la misma.
Su memoria era perfecta. Como si simplemente se acabara de despertar de una siesta, recordaba hasta el último detalle del día en que murió.
Recordaba que habían desayunado tortitas de arándanos en familia y que su padre había derramado zumo de naranja sobre la encimera, lo que lo había hecho soltar un taco antes de llevarse ambas manos a la boca horrorizado.
Cómo se habían reído a carcajadas de aquello.
El tiempo había sido lo suficientemente bueno como para que ella se atara la chaqueta a la cintura cuando salió de casa por última vez.
Y sin embargo, no podía recordar su propio nombre.
Se acordaba de los nombres de todos sus compañeros, pero el suyo se le olvidaba segundos después de escucharlo. Una y otra vez.
—Mirae —llamó Soojin, a modo de prueba. Su hermana untaba yema en el arroz con expresión vacía y fue entonces cuando Soojin supo que el nombre se le escapaba como una gota de agua—. Unnie —dijo, la palabra coreana para «hermana mayor».
Ante esto, Mirae levantó la vista.
—¿Sí?
—Te he llamado por tu nombre —dijo Soojin en voz baja y vio cómo la mandíbula de su hermana se tensaba unos segundos—. Sigues sin acordarte, ¿no?
Un movimiento rígido y frustrado de cabeza.
—Acabas de volver. Date tiempo —aconsejó Soojin.
Estaba dispuesta a tener paciencia, a tomárselo con calma y a esperar todo lo que Mirae necesitase.
Arrancó una página de un cuaderno, escribió el nombre de su hermana en grandes letras curvas, 미래 , y se lo puso en la mano—.
Es provisional. Hasta que se te quede —añadió cerrando los dedos de Mirae alrededor del papel.
Soojin miró el reloj de la pared. Si no salía pronto, se perdería todo el día de clase. Lo último que quería era que llamaran a su padre.
—Unnie, tengo que irme —anunció mientras empezaba a preparar la mochila. Cuando estuvo lista, dudó junto a la puerta—. No es que nadie tenga motivo para venir entre semana, pero sabes..., ya sabes que…
—No puedo dejar que me vean —completó Mirae apoyando una mano tranquilizadora en el hombro de Soojin—. Lo sé. Me quedaré cerca de casa y, al primer ruido de alguien, entraré corriendo.
Soojin suspiró agradecida. Encontrarían la manera. La encontrarían. Pero, por ahora, era lo único que podían hacer.
Cuando Soojin se alejó del camino de entrada, Mirae la siguió hasta el jardín, aunque lo hizo, más que nada, para sentir en la cara el sol de otoño.
Por el espejo retrovisor, Soojin fue observando cómo la figura de su hermana se hacía más pequeña, con la mano alzada y saludando, hasta que dejaron de verse.
En cuanto giró hacia la calle lateral, la echó de menos.
Mientras se alejaba conduciendo, Soojin pensó en la expresión coreana que su madre solía decir al pellizcarles las mejillas: «Podría clavaros en mis ojos y no me dolería». Una ternura violenta. Bajó las ventanillas y dejó que el aire fresco la golpeara.