El río sabe tu nombre 9 #2
26%

9 #2

Mirae apenas tuvo tiempo de prepararse antes de que Soojin se lanzara contra ella, con tal fuerza que casi se cayeron, para abrazarla.

Como si temiera que Mirae pudiera desaparecer en cualquier momento.

Sin poder emitir nada más que gimoteos: el resto de su lenguaje lo había absorbido la incredulidad.

—Shhh, está bien —murmuró Mirae, acariciándole el pelo—. Estoy aquí. Deja de llorar.

Solo entonces reparó Soojin en su llanto.

Estaba hecha un desastre de lágrimas, sangre y tierra.

Se echó a reír y se frotó la cara en un intento de adecentarse un poco.

Nunca había sido tan feliz. No importaba que la magia la hubiese dejado apagada y débil.

Era tan feliz que podría morir, pensó...

Justo cuando unas manos la arrancaron con violencia de su hermana.

Antes de que pudiera decir una palabra, alguien la alzó bruscamente.

Mark, por fin despierto, la sujetaba con los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas.

Para cuando logró reponerse de la sorpresa, él ya había cogido el farol y ambos estaban fuera del claro y corrían por el bosque.

La luz oscilante rebotaba en los troncos haciendo que el mundo pareciera una animación a saltos.

—Espera. —Soojin tropezó con una raíz y cayó de rodillas. Mark la levantó y la obligó a seguir corriendo a trompicones. Le estaba haciendo daño—. ¡Espera!

Parecía no escucharla mientras avanzaba a toda velocidad hacia su casa. Algunos árboles aún conservaban hojas, a salvo por su distancia de la zona de resurrección. Un pájaro de aspecto enfermizo los observaba desde lo alto, arrancándose plumas de las alas raídas con movimientos bruscos.

—Rápido —insistió él.

Ella se plantó y se soltó de su agarre.

—¡¿Qué te pasa?! —espetó ella. Su voz rebotó en el bosque y la frase se astilló contra los troncos devolviéndole fragmentos. «¡¿Qué… qué… qué!?». El pájaro enfermizo que seguía sobre ellos alzó un vuelo torpe y desigual.

Mark giró sobre los talones y la miró como si le hubiese salido un tercer brazo.

—¿Qué quieres decir con que qué me pasa? ¡Estoy intentando salvarte!

—¿Salvarme? ¿De qué? ¿De mi hermana?

—Esa no es tu hermana, Soojin. ¿Es que no la has visto?

El farol chisporroteó y se apagó, sumiéndolo todo en una oscuridad que amplificaba los sonidos: sus respiraciones, el aullido de un coyote en algún punto al este, una ramita partiéndose como un hueso de pollo pisado.

De nuevo, una inquietud silenciosa empezó a abrirse paso en Soojin, hasta que Mark golpeó sin querer el farol con la rodilla y este volvió a encenderse con un chisporroteo.

—Claro que la he visto —dijo Soojin—. ¡Si la he resucitado yo! ¿Qué te pasa?

Mark abrió la boca para hablar, pero se quedó inmóvil al oír pasos que se acercaban. La alfombra de hojas muertas pisoteadas sonaba como lluvia mientras Mirae emergía de entre los árboles y entraba en la luz. Descalza, despeinada y preciosa.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó. A pesar de que él la había apartado con brusquedad antes, no parecía enfadada—. Si seguís discutiendo así, vais a alertar a todo el pueblo.

Los brazos de Mark cayeron a los lados, inertes, mientras observaba a la chica. Parpadeó varias veces, luego apretó las manos contra los ojos. Cuando por fin las bajó, su mirada parecía perdida.

Mark se quedó un rato paralizado antes de hablar.

—Yo… no…, yo… —Se estremeció cuando Mirae le tocó el hombro. Ella retiró la mano—. No lo entiendo —terminó.

—¿Qué no entiendes? ¿Que has empujado a mi hermana y me has arrastrado por medio bosque?

Mirae se interpuso entre ambos.

—Soo, déjalo tranquilo. Está en shock .

Soojin suspiró y dio un paso atrás para evaluarlo. Mark parecía, en efecto, conmocionado; sus grandes ojos castaños se veían a la vez desbordados y vacíos. Pero había algo más. Un hilo tenso de terror animal que le erizó la nuca. Él seguía negando lentamente con la cabeza.

—No, sé lo que he visto —murmuró—. No tenías buen aspecto.

—Claro que no lo tenía, estaba cubierta de barro —rio Mirae—. Todavía lo estoy. —Se frotó el cuello.

—Estabas llorando —insistió él—. Te tocabas el cuerpo y llorabas.

Mirae ladeó la cabeza. Luego habló con cuidado, como si tratara de apaciguar a un niño.

—Eso no ha pasado.

—No —corroboró Soojin, al recordar el breve instante entre la resurrección y la inconsciencia: su hermana quitándose hojas del pelo, riendo, abriendo los brazos para abrazarla—. Lo has soñado.

—Pero yo… —Dirigió la vista hacia Mirae.

La miró de verdad, como si intentara superponerle otra imagen distinta y fracasara en el intento.

Finalmente, se encogió sobre sí, y Soojin no supo si era por derrota o por alivio.

Cuando habló de nuevo, su voz ya no sonaba acusatoria, sino cargada de duda—.

Supongo que ha debido de ser eso. Joder, no sé qué decir.

—Puedes disculparte —dijo Mirae.

—Eh…, ¿perdón?

—Disculpa aceptada —respondió ella con ligereza—. Ahora, ¿podemos irnos a casa? Estamos asquerosas. Y, además, estoy superdesnuda y me encantaría dejar de estarlo.

El rubor subió por el cuello de Mark, como si solo entonces cayera en la cuenta de que ella no llevaba más que un abrigo que apenas le cubría las caderas.

En el camino de vuelta, con Mirae y Mark sosteniendo a Soojin entre ambos, los árboles pasaron de su desnudez invernal a un septiembre en tecnicolor.

Todo eran tonos bruñidos. Soojin ni siquiera había notado lo silencioso que estaba el claro muerto hasta que dejaron atrás su borde gris.

Las hojas crujían al viento y los pájaros nocturnos cantaban desde las ramas que se recortaban contra el cielo.

El dosel tras ellos se cerró y el parche muerto del bosque desapareció como un secreto.