El río sabe tu nombre 9
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Alrededor de su décima muerte, la gallina, que solía ser tan dócil, se volvió feroz.

Morir le había cambiado la mente, así que, cuando la niña la sacaba de la tierra quebradiza, el ave sabía instintivamente que debía luchar.

Sus patas pedaleaban en el aire, los puntos rojos de sus ojos se llenaban de venganza.

En una ocasión, antes de que la niña pudiera romperle el cuello, la gallina chilló tan fuerte que los vecinos del pueblo acudieron alarmados. La pequeña sostuvo el cuerpo débil y estrujado tras ella hasta que, convencidos por la mentira de que se había caído y gritado, todos se dispersaron.

Desde entonces, la niña dejó de sacar a la gallina de la tierra tras resucitarla.

En su lugar, cuando sentía que su carne se regeneraba con sus estímulos, reacomodaba las manos y presionaba hacia abajo.

Se imaginaba al ave abriendo el pico y aspirando tierra en lugar de aire.

Cuando la tierra dejaba de moverse y la gallina se hallaba ahogada en el suelo donde había resucitado, la niña la sacaba a la luz del sol.

Al cortarle la cabeza para hacer sopa, el interior de la garganta estaba lleno de tierra.

Echaba el ave en una olla de agua hirviendo y retiraba raíces, menudillos, cresta y todo lo demás.

Era un bicho flaco, apenas un cartílago, que no ofrecía mucha carne.

Pero, aun así, era algo. Las vísceras, ricas en hierro, las reservaban para la matriarca, postrada en la cama.

Los pequeños chupaban el suave cartílago de las patas y mordisqueaban bien cada garra para sacar los hilos de músculo que le daban forma.

Ningún alimento en época de abundancia habría sabido tan bien.

—Lo siento mucho, sin ti moriríamos —le decía la niña después, cuando labraba la tierra y hacía espacio para un ala amputada mientras la luz de la luna iluminaba las plumas ensangrentadas.

Las manos le temblaban al enterrarla. Los moratones brotaban en sus palmas blancas; el cuerpo desfallecía por el esfuerzo de mantener a su familia alimentada.

—Un día te dejaré ir —prometió.

Y después, las violentas sacudidas de siempre.

El mundo la recibió con una náusea. Lodo en la boca y algo que se retorcía en el nuevo conducto de su garganta, como un parásito de río buscando camino para hundirse más profundo.

Abrió la boca, metió los dedos hasta el fondo y presionó hasta que sus reflejos se activaron violentamente.

No vomitó, solo salió un chorro de agua fría que le cayó por los muslos desnudos.

Restos de piedra y algas y una pequeña camada de larvas de caballito del diablo que se retorcían con fuerza por la súbita salida a tierra.

Sus branquias se esforzaban y los estrechos cuerpecitos temblaban en el aire buscando cómo volver al agua.

Ella observó las larvas un rato antes de volver el rostro en dirección al pueblo.

No era visible a esa distancia, pero estaba ahí.

Más allá de los árboles y los caminos secundarios serpenteantes.

Esperando. Sintió una creciente molestia fría y volvió a fijar la atención en los insectos de su muslo.

Uno ya había muerto, encorvado sobre sus patas temblorosas.

Los demás seguían arrastrándose y los brotes de las alas en el tórax se movían de un lado a otro en una imitación inútil del vuelo.

Si hubieran sido mayores, si hubieran podido transformarse en los caballitos del diablo que hubieran llegado a ser con el tiempo, podrían haber sobrevivido a esto.

Podrían haber desplegado sus nuevas alas y haberse transportado a otro lugar.

Pero al ser expulsadas del río demasiado pronto, habían llegado a su fin.

Los vio aspirar aire con unas branquias donde solo debería haber agua. «Misericordia», pensó, aplastándolos con la palma de la mano. Sus cuerpos le dejaron una mancha de pulpa en el muslo.

Soojin despertó con el aullido lejano de unos coyotes. Una luz mortecina parpadeaba a su lado y trató de apartarse de ella encogiéndose y poniéndose un brazo somnoliento sobre los ojos. No recordaba nada.

Ni el origen de aquel dolor de cabeza que le castigaba la base del cráneo. Ni el sabor agrio en la boca, ni por qué estaba en el bosque, cubierta de hojas secas. Era septiembre. Demasiado pronto para que los árboles se desnudaran. Entonces, ¿por qué…?

Las imágenes la inundaron de golpe. Se adentraba en el bosque, oscuro como la pez, con su camino iluminado por el farol que sostenía.

Llegaba al claro y cavaba a cuatro patas.

Un diente de leche en la tierra. Una extraña euforia ingrávida.

Todo lo que vino después era borroso, apenas leves trazos de los ojos de Mark, brillantes de horror. Y entonces…

Se incorporó con esfuerzo y buscó alrededor con desesperación.

Lo primero que vio fue su farol de acampada.

La bombilla moribunda palpitaba, ensanchando y contrayendo rápidamente el radio de luz, como un iris.

Mark estaba a su lado, pálido y con mal aspecto.

Cuando la luz se intensificó, pudo ver una hendidura poco profunda en el suelo, vacía salvo por un charco de agua turbia en el fondo.

Olía raro. A sal, a hierro y a algo dulcemente pútrido, como higos pasados. Más allá…, solo oscuridad.

—Mirae —llamó, con la voz áspera por el sueño y el frío. Lo intentó de nuevo y su voz resonó en la perfecta quietud del claro.

Silencio. Ni un solo animal o insecto agitaba la maleza. ¿Se lo había imaginado? Su hermana saliendo beatífica de la tierra, quitándose las hojas del pelo con largos dedos pálidos. Soojin la había abrazado. No recordaba nada de lo que sucedió después.

Sus manos estaban frías y ardientes a la vez. Tenían un aspecto extraño, arrugadas, como si hubieran estado sumergidas en agua mucho tiempo. Entre los dedos había mechones de pelo liso y negro, muy parecido al suyo.

Soojin se dobló sobre sí misma, con arcadas secas.

—Dios… —gimió cuando no salió nada. Las lágrimas le quemaban los ojos y presionó los nudillos ásperos contra los párpados para mantenerlas ahí. Llorar haría que el fracaso fuera real. Se mecía de rodillas, murmurando—: Dios. Dios. Maldita sea.

Unas manos cálidas se apoyaron en ella y le dieron unas palmaditas en la nuca. Mark se había despertado.

Pero no. Las manos de Mark estaban encallecidas por la jardinería y el trabajo manual. Estas eran suaves.

—¿Dios? ¿Has cedido ante las monsergas de papá y has decidido creer otra vez? Seguro que está encantado.

Soojin se apartó las manos de los ojos. Durante un instante suspendido, sintió la nada, la mente en blanco por la incredulidad.

Y entonces vino todo de golpe. Esa voz. ¡Esa voz!

La impresión la envolvió de tal manera que al principio le pareció miedo, pues le erizó el vello de la nuca.

Un instinto primario de huir de lo desconocido, hasta que recordó que no era lo desconocido en absoluto. Era…

La presencia a su espalda se apartó.

Soojin echó un brazo hacia atrás para agarrarle una mano, ante el temor de que su dueña desapareciera, y se volvió.

Una chica desnuda estaba agazapada detrás de ella; el largo pelo oscuro le caía en marañas sobre el pecho.

A pesar del frío que hacía, ella no parecía tenerlo.

Soojin notó que había intentado limpiarse lo mejor posible, pero la tierra seguía pegada a su piel en manchas ásperas.

Bajo la suciedad, esa piel era increíblemente inmaculada.

Como la de una muñeca. Una piel que aún no había vivido.

Mirae.

El entorno de Soojin dejó de existir de golpe. No podía ver nada salvo a su hermana, mientras los bordes de la visión se le iban emborronando, como en un sueño.

—Dios mío… —susurró Soojin.

—Hola, tú —dijo Mirae, sonriendo con timidez—. ¿Me prestas tu abrigo?

En su asombro, Soojin no había reparado en la desnudez de su hermana. Se peleó con los botones.

—Oh, mierda. ¡Claro!

Le tendió el abrigo a su hermana, que lo tomó y, antes de ponérselo, le dio un golpecito cariñoso en la nariz.

—Tienes un aspecto horrible —dijo abrochándose el abrigo sobre el cuerpo desnudo.

Desconcertada por lo mundano del intercambio, Soojin se secó la cara.

El puño de su jersey volvió con costras de sangre seca y tierra.

Recordaba vagamente el sabor a hierro caliente y que no podía sacar las manos de la tierra para detener su sangrado de nariz.

Cuando Mirae terminó de vestirse, se arrodilló y apoyó una mano en la frente de Soojin.

Por un momento, Soojin volvió a sentirse una niña, con diez años y febril, cuando una Mirae de once la cuidaba. Algún día de enfermedad que apenas recordaba. El suave zumbido de un humidificador junto a la cama. Una mano pequeña en su frente. «Creo que está bajando. Ya has pasado lo peor».

—¿Cómo estás? —preguntó Mirae, con la preocupación marcada en el rostro.

Aunque la pregunta era imprecisa, Soojin comprendió lo que en realidad quería decir.

Su hermana estaba pensando en las historias que su madre les contaba.

Las advertencias. Pero las manos de Mirae estaban cálidas y firmes y Soojin se sentía mejor que bien.

Podía pasar cualquier cosa en el mundo y no importaría.

—Bueno, al menos no tienes fiebre —dijo Mirae antes de reparar en algo que le llenó la cara de una nueva inquietud—. ¡Tu mano! —exclamó, levantando la izquierda de Soojin.

El corte que se había hecho al romper la cafetera en el trabajo seguía abierto y, en algún momento mientras cavaba, se había ensanchado.

La arena y la tierra se habían incrustado en la herida y formaban una costra que detenía la sangre.

A Soojin apenas le dolía, porque su hermana estaba viva. ¡Viva! En carne y hueso.