El río sabe tu nombre 8
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El cielo aquella noche estaba inusualmente claro y repleto de estrellas que refulgían como escamas de pez bajo la luz brillante de un acuario.

La respiración de Soojin mientras cavaba se convertía en pequeños fantasmas en el ambiente helado.

Cuando terminó, el aire olía agradablemente a tierra, cargado de posibilidades.

Dejó caer el diente en el hueco húmedo de la tierra, lo cubrió con la pala y se arrodilló.

La sensación era distinta a la que había tenido la noche en que revivió a Milkis.

Entonces estaba insegura, con miedo a no lograrlo.

Pero hoy sentía una certeza perfecta y tranquila.

No había una forma de avanzar que no fuera con su hermana y por eso sabía que no podía fracasar.

¿Por qué motivo iba a heredar su familia semejante don si no era para salvarla justo en este momento?

—Haré que vuelvas a casa, Mirae. ¿De acuerdo? —Soojin respiró. El bosque se quedó en silencio de repente, como si escuchara. Metió las manos en la tierra, abrazando el diente de leche—. Ven a mi encuentro.

La magia llegó con suavidad. La noche se volvió dulce y cálida y cedió a una versión más amable de sí misma.

Entonces Soojin la sintió tomar forma en sus dedos.

Un cosquilleo tenue. La tierra se humedeció y luego se agrupó en algo maleable.

Un órgano. Percibió la humedad inerte hasta que empezó a palpitar lentamente.

Un corazón. Tenía que serlo. Lo notó latir solitario en el barro antes de que las arterias comenzaran a surgir de él ramificándose, creando su propia red de vida en la tierra.

No sintió repulsión. Solo ese palpitar acelerado del corazón que acompaña a la anticipación. Pero Soojin no iba a precipitarse. Quería hacer esto bien.

Abrió los ojos. El mundo le parecía hermoso.

Tan vivo. La luna era un fino arco muy brillante en lo alto.

Los árboles se mecían con el viento y la tierra bajo sus rodillas se había hinchado y se ondulaba, como algo a punto de nacer que se esfuerza por salir del cálido interior de su madre.

El coro de voces zumbaba en su cabeza, pero hoy sonaban apagadas, como abejas tras una pared.

«Viva», escuchó, pero era su propia voz esperanzada en su mente.

«Vida». La magia parecía tan natural como respirar.

De forma distante, Soojin notó que había comenzado a lloviznar.

Las gotas le golpeaban la nuca y los brazos.

Pero no podía centrarse en eso ahora, porque el cuerpo se había formado por completo bajo la tierra.

Soojin lo sabía porque sentía piel y dos manos que le agarraban las muñecas.

Una confirmación: «Estoy aquí. He vuelto a ti. Ahora, levántame».

Soojin se sentía eufórica y liviana. No podía, no podía dejar de sonreír. La tierra se abrió. El zumbido de las voces aumentó, un rugido anónimo de todas las mujeres entre las que había pasado para llegar aquí.

Pero en medio de todo ello, una voz nueva atravesó su euforia.

«Soojin», oyó. La voz de un chico. Pero ¿quién? ¿Y por qué sonaba tan horrorizado?

—¡Soojin!

Quiso decirle que no había razón para horrorizarse.

«Ninguna. Porque mira».

«Mira».

«Aquí está».

Mark cayó de rodillas.

—¡Soojin! —jadeó mientras la sacudía por los hombros.

Quería gritar para despertarla de aquel hechizo que la tenía con la mirada vidriosa y ausente.

Pero no pudo. Respiraba de forma entrecortada y con dificultad.

El aire junto a Soojin dolía. Físicamente, pero también por dentro, como una pena devoradora que no era suya y que lo invadía una y otra vez.

Y fue entonces cuando se dio cuenta. Todo estaba marchito. Las ramas bajas y los helechos a su alrededor tenían las puntas marrones, caídas. Un degradado de muerte con una chica en el centro.

—¡Para! —la sacudió otra vez—. Despierta.

Pero Soojin estaba despierta, con los ojos abiertos y fijos. No lograba moverla. Una línea de sangre viscosa le resbalaba por la nariz y murmuraba algo que no pudo entender.

Mark empezó a escuchar un sonido extraño. Un tambor. No, un latido que vibraba en el aire. Un sonido puro e incorpóreo buscando un recipiente.

El suelo se ablandó debajo de ellos, pesado por el olor metálico y penetrante de un alumbramiento.

Les engullía las rodillas, las manos. Había un movimiento lento de subida y bajada bajo sus pies, como si la tierra misma respirase.

Un brillo blanco resplandecía entre las grietas de la capa superficial.

Soojin volvió a murmurar algo y Mark se acercó para escucharla. Notó su aliento cálido contra el oído. Olía a metal y a algo salado y natal.

—Mira. —Su voz era débil y alegre—. Aquí está.

Sus palabras le clavaron una flecha helada de terror. Miró otra vez la tierra palpitante. Tenían que irse.

Tenían que irse.

—Soojin, vamos, por favor —jadeó. Las hojas empezaron a caerles encima como cientos de caparazones de cigarras, una lluvia muerta.

Él le tiró del brazo, sacándoselo de la tierra.

Tenía los dedos enredados en delgados zarcillos negros.

«Raíces», pensó, hasta que se acercó más y vio que era, en realidad, pelo largo y oscuro.

Enroscado alrededor de sus dedos, sobre los nudillos, formándole pulseras negras en las muñecas.

El asco lo inundó al tirar del pelo. No cedía. Más bien parecía enrollarse más, consciente y voraz.

Algo blanco le cayó sobre el brazo y lo interrumpió.

Desenredó los dedos del pelo, cogió lo que acababa de caer y lo giró sobre la palma.

Estaba húmedo. «¿Granizo?», pensó, antes de que su mente se diera cuenta.

No. Era un diente. Un molar pequeño y perfecto, reluciente de saliva y con sangre en la raíz, como recién arrancado. Sin duda, el diente de un niño.

—Jesús —jadeó arrojándolo lejos de sí con pánico. Pero caían más. Golpeaban el suelo como granizo humano, reflejando la luz de la luna en la caída. Su visión se tornó marfil mientras la capa superficial de la tierra finalmente se partía.

Una escápula empezó a asomar entre el barro, luego un cuero cabelludo que empujaba hacia arriba, hacia fuera de la tierra. Pechos, torso, pelo largo y negro. El cuerpo emergió en un torrente de agua subterránea tibia.

Soojin lo llamó, pero el cuerpo no se volvió hacia ella.

Algo iba mal. El cuerpo lloraba y las manos sucias recorrían incrédulas su propia longitud.

Su piel tenía un tinte gris y estaba tirante sobre la carne hinchada.

Varias lesiones sin sangre salpicaban la carne, como si unos animales carroñeros la hubieran mordido y luego dejado a remojo.

Una maraña oscura de venas extendía una caligrafía necrótica por toda la columna vertebral. Soojin se apartó de Mark.

«Eso no es tu hermana», pensó él mientras ella se arrastraba hacia el cuerpo, riendo o gimoteando. Mark no podía distinguirlo. La abrazaba, ajena a la hinchazón muerta, a la putrefacción acelerada por el agua. Él se apartó. La tierra se precipitó para recibirlo. Y luego una oscuridad impenetrable.

Las manos de ella se hundieron en el barro. Los susurros:

«Sujeta firme el cuello del pájaro, así, para estrujarlo.

Sin dolor. ¿Ves qué rápido? Deja de llorar.

Una hija debe aprender a despiezar... Te dije que no debías.

Ahora mira en qué te has convertido... Del río.

¡Qué rápido va tras las lluvias! Mañana volveremos con...

Una mano de espinas. No puede... Shhh. Ahora está viva... Mirad. Mirad. Hijas mías... Mirad».

Soojin miró.

Su hermana. Su hermana. Su hermana.

Todo lo demás era ruido.