7 #2
En verano, Jade Acre era pura alegría y espectáculo, enclavada en un paisaje tan bonito que irradiaba magia por el simple hecho de existir.
El centro bullía con turistas que llenaban las tiendas de velas artesanales o miel local.
Durante esas temporadas, su pueblo casi completamente blanco parecía cosmopolita.
Venían visitantes de todas partes y durante unos meses podías oír por la calle todos los idiomas y acentos.
Siempre había una sensación de abundancia, desde las raciones generosas en los restaurantes hasta los helados de cucurucho tan altos que se inclinaban.
Los lugareños te atendían, te recibían y limpiaban lo que habías ensuciado, siempre con una amplia sonrisa.
Y luego, claro, estaba la cara real del pueblo. Cuando el calor se iba de la costa y caía la niebla, los turistas se marchaban todos a la vez, dejando a los habitantes locales en sus tiendas y hostales silenciosos.
Esta era la versión que Soojin veía ahora caminando por la adormecida calle principal. Aparte de unos pocos compradores despistados y un grupo de jubilados charlando en un banco, reinaba el silencio. Las coloridas tiendas estaban vacías y los dependientes, aburridos, tecleaban en sus móviles.
No era tanto un pueblo en decadencia como un lugar en pausa, estancado hasta la próxima temporada turística.
Soojin nunca se había fijado realmente en ello cuando era más joven: la sensación palpable de desánimo durante la temporada baja, cuando la gente se apretaba el cinturón, y cómo eso podía volver a los lugareños ásperos y chismosos en un intento amargo de ahuyentar el aburrimiento.
Pero, Dios, ella seguía adorando este sitio.
A Soojin le encantaban las apretadas filas de edificios de aire italiano con sus cornisas talladas y ornamentadas, el modo en que sus formas cuadradas hacían que la calle principal pareciera una hilera de dientes pintados de colores vivos.
Le encantaban las guirnaldas de luces que llenaban los perales con un brillo rutilante y los bancos dedicados a vecinos fallecidos hacía ya tiempo.
Pero, sobre todo, le encantaban los recuerdos.
Que gran parte del pintoresco centro del pueblo se hubiera mantenido igual, como una fotografía, le permitía imaginar a su familia donde ya no podía estar.
Su madre escogiendo las mejores manzanas de los barriles de fuera de la tienda.
Ella y Mirae, de pequeñas, corriendo a la tienda de golosinas con un puñado de monedas y saliendo con una bolsa de láminas caseras de chocolate y menta.
Soojin sacó los trece dólares con cuatro céntimos que había conseguido en la cafetería y levantó la vista hacia la tienda de golosinas que estaba al otro lado de la calle.
Entró, saludó a la anciana dependienta, que ahora siempre la miraba con ojos tristes, y salió con una bolsa de láminas de chocolate.
En la fría tarde otoñal, Soojin abrió la bolsa de papel, sacó una lámina y la partió por la mitad.
Recordaba cómo Mirae y ella solían pelearse en broma por el trozo más grande, pero Mirae siempre terminaba con el más pequeño.
Las hermanas se sentaban bajo la sombra del peral para dejar que el chocolate se les fundiera en la lengua, riendo por nada en especial.
Hoy, Soojin estaba sola mientras se dejaba el chocolate en la boca. Al principio no notó más que un frescor intenso y potente, que luego cedió a las notas amargas del chocolate. Un dulzor persistente, algo terroso. Esperó el placer, pero su paladar había cambiado y ya no le sabía bien.
Se quedó allí un rato más, con el chocolate derritiéndosele en el calor del regazo, mirando hacia las ramas del peral. Las hojas ya estaban doradas y se soltaban, girando lentamente en su caída hacia la tierra.
La casa estaba en silencio cuando Soojin llegó. No tenía más que un mensaje de texto reciente de su padre: «Salí temprano para Bragg Hills. Por favor, pórtate bien». Como si ella supiera cómo se hacía eso. Pero podía intentarlo. Podía desempeñar el papel de hija ejemplar.
Soojin contestó: «Lo haré. Que tengas una buena semana».
Entró en la habitación de su padre y dobló las mantas con cuidado; luego remetió el edredón bien ajustado, tal y como él le había enseñado a hacer para el hostal.
Puso una lavadora. Barrió el suelo. Podó el jardín con saña.
En las cabañas de alquiler, barrió las telarañas de los toldos y sacudió con fuerza las mantas polvorientas.
Terminado ese frenesí de tareas, regresó a la casa principal y se quedó mirando la pared con estupor, sintiendo un peso extraño en el pecho hasta que un estornino chocó contra la ventana del norte y cayó muerto en el jardín.
Observó sus plumas, con el brillo exacto de un vertido de petróleo y el ángulo antinatural de su cuello, y no lo enterró.
Llegó la hora dorada, luego el ocaso. Mark llevaba todo el día enviándole mensajes.
Breves y ansiosos: «Pasaré más tarde después del trabajo, ¿vale?
Te sentirás mejor si hablas con alguien».
Ella los dejó en visto y fue a la cocina a prepararse una cena sencilla de arroz blanco con té de cebada.
A su alrededor, el silencio de la casa se expandía y luego se liberaba, como alguien respirando.
Cuando el sol bajó y sumió la cocina en penumbra, no encendió la luz, cenó casi a oscuras porque en esa oscuridad podía recordar la mesa de otras épocas, con una barbacoa portátil de queroseno en el centro y los cuatro, su familia, agrupados alrededor.
Su padre, asando panceta de cerdo con la seriedad de quien hace la declaración de la renta, mientras su madre, de forma caótica, le iba dando rollos de lechuga con más guindillas de las que podía aguantar.
La risa tranquila de Mirae cuando el rostro de su padre se ponía rojo.
La televisión encendida de fondo a la vez que cuatro cucharas rascaban cuatro cuencos.
Fue ruidoso, completo y feliz hasta que Soojin terminó de cenar y encendió la luz.
La delicada arquitectura de su imaginación la abandonó de golpe. Estaba sola en la cocina y las lágrimas le recorrían la cara. ¿Cuándo había empezado a llorar?
«Contrólate», pensó Soojin secándose las mejillas. Todavía quedaba trabajo. Los platos del fregadero. Se puso manos a la obra, abrió el grifo de agua caliente al máximo y cogió el primer cuenco. Gritó en cuanto el agua hirviendo le tocó la mano.
Estaba sangrando otra vez. El apósito líquido que se había puesto se había disuelto en algún momento del día y la piel estaba abierta e hinchada y sangraba. Un dolor agudo y palpitante. Presionó el dedo contra la herida.
—Papá —llamó. La sangre caía en un bol y dibujaba una estela de rojo vivo sobre el agua jabonosa. Su voz resonó hasta las vigas de la cocina mientras cerraba el grifo y esperaba que unos pasos aparecieran doblando la esquina con el botiquín en la mano. Y entonces recordó. «Se ha ido».
Una sensación fría le subió por el pecho.
Fue al baño, buscó el botiquín detrás del espejo.
La herida era larga, aunque no muy profunda, desde la base del pulgar hasta la esquina de la línea de la vida.
Pero picaba al limpiarse la sangre y aplicar la capa de apósito líquido; el alcohol le abrasaba la carne expuesta.
Esperó a que los polímeros sellaran la herida, pero no lo hicieron.
Sangraba demasiado; el líquido se escapaba y le goteaba, aguado y astringente, por la palma.
—Mierda —musitó Soojin para sí—, mierda, joder.
El dolor apenas la molestaba ya, no era más que un latido sordo, pero una arcada le subió por la garganta.
De repente pudo poner nombre a esa presión que había ido creciendo en ella durante la tarde.
Pavor. Ese iba a ser su año entero: cinco días seguidos regresando a una casa vacía.
Mañanas en silencio y cenas en soledad. Y nadie a quien pedir ayuda si la necesitaba.
Su imagen en el espejo estaba sola, con los ojos desorbitados y miedo.
Se sentía como una niña. Lo era y no estaba preparada para todo esto.
Soojin se apartó del espejo del baño con una furiosa patada en el suelo.
El teléfono volvió a sonarle en el bolsillo.
Lo ignoró, subió a su habitación y se dejó caer sobre el escritorio.
Milkis chilló mientras olisqueaba con la naricilla su jaula.
Soojin apenas lo oyó. Solo podía pensar en una cosa.
Abrió el cajón, dejando una mancha de sangre en el tirador blanco. El diente brilló cuando lo acercó a la luz. Era tan pequeño, tan insignificante, del tamaño de una semilla de calabaza. Y, sin embargo, era un universo. Podía cambiarlo todo.
Soojin sostuvo el diente de su hermana y alzó la mirada, como buscando guía en un dios, pero no vio más que estrellas. Estrellas apagadas, verdes, de plástico, que no podían brillar sin oscuridad. Las examinó en busca de respuestas, pero solo oyó la voz de su hermana.
«Esa está en el norte, así que puede ser Polaris. Esa que está a punto de caerse, la que apenas se aguanta —señaló la estrella agarrada por un hilo de adhesivo—, esa la voy a llamar como tú, Soo. Venga, no te pongas triste. Lo arreglaremos por la mañana».
Arreglarlo. Sí. Soojin podía arreglarlo.
El rugido en sus oídos subió como una marea mientras los pies la llevaban fuera de su habitación, la bajaban por la escalera de su casa vacía y la hacían salir por la puerta.
Y ahí estaba, un futuro diseñado por ella, lanzándose hacia ella.
Un futuro mejor. Suyo. Solo tenía que enterrar primero su presente.