El río sabe tu nombre 7
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Cuando Soojin se despertó, seguía en el suelo y tenía la espalda hecha polvo por la tarima de madera. La luz del sol que se colaba suavemente por las cortinas le pareció violenta. Se incorporó hasta quedar de rodillas y se presionó los ojos con las manos.

Permaneció así hasta que un pensamiento la sacudió y la sacó de su letargo.

El diente de Mirae. Se había quedado dormida con el diente de su hermana entre las manos, pero ya no lo tenía.

¿Dónde se le había caído? Avanzó a gatas, barriendo el suelo con manos torpes y resacosas.

En su pánico, un pensamiento la golpeaba sin cesar.

«Es lo único que me queda».

La parte racional de su mente sabía que no era verdad.

Tenía fotografías. Antiguas notitas que se pasaban durante los sermones.

Tarros de crema a medio usar y ropa aún impregnada de su olor.

Soojin conservaba muchas reliquias de su hermana.

Pero, aun así, el pánico era blanco, ardiente.

«Es lo único que me queda. Es todo lo que hay».

Su mano palpaba a tientas bajo la cama, haciendo rodar trastos polvorientos en su búsqueda.

Y entonces lo encontró, incrustado en la alfombra blanca al pie de la cama.

Un diente de leche minúsculo, tan pequeño que podría haberlo pasado por alto fácilmente.

Contuvo un sollozo de alivio al tocarlo y lo apretó contra el pecho.

Desde la esquina, Milkis la observaba, con una pata blanca apoyada contra los barrotes de su jaula y sentada sobre las traseras. Los bigotes se le agitaban, como si percibiera la angustia de Soojin.

—No pasa nada, peque —dijo ella, pero la voz le temblaba.

Volvió a guardar el diente de su hermana en su bolsita de plástico antes de esconderlo de nuevo en la seguridad del cajón de su escritorio.

—Estoy bien.

Su móvil seguía en el otro lado de la habitación. Tenía un vago recuerdo de haberlo lanzado allí. El golpe sordo al caer. Y una avalancha de imágenes que no quería recordar, como el calor de la hoguera, el mar lamiendo la orilla, las crueles palabras de Bentley. Su padre.

Sacudió la cabeza, alejándolo todo, y se agachó para recoger el móvil.

Una cascada de notificaciones iluminó la pantalla y las revisó rápidamente. Varias llamadas y mensajes de Mark, que descartó sin leer. Y luego, unos mensajes que hicieron que se le cayera el alma a los pies.

Margaret, su encargada del turno en el restaurante.

Soojin, ¿no te tocaba abrir hoy?

¿Dónde estás?

¡¿Hola?!

Reprimió una maldición, hizo todo lo posible por arreglarse un poco, se tomó una aspirina y salió disparada por la puerta con las llaves del coche en la mano.

Algunos días a la semana, Soojin trabajaba en el restaurante Media Luna, una trampa para turistas dolorosamente cursi decorada para parecer una cabaña del bosque.

Cuatro décadas de pintadas cubrían las mesas y, en el mostrador, vendían recuerdos de Jade Acre con un pino antropomórfico de aspecto agotado que sostenía una taza de café en una mano y una caña de pescar en la otra.

Soojin casi tiró el expositor de productos en su apresurada entrada.

Había llegado al trabajo con tres horas de retraso y un dolor de cabeza que palpitaba de una forma que jamás había sentido, como si el cerebro empujara con violencia el interior poroso del cráneo en busca de una vía de escape.

Podía verse a sí misma en el reflejo de los separadores de las mesas.

Parecía un cadáver, con el delantal torcido y unas ojeras amoratadas.

El restaurante estaba lleno de gente, como solía ocurrir los domingos después de la misa matinal, y Soojin podía ver cómo sus compañeros se esforzaban por atender a la multitud.

En cuanto se metió detrás de la caja para fichar, Margaret se abalanzó sobre ella.

—¿Se puede saber dónde demonios estabas?

—Me he quedado dormida —contestó Soojin arreglándose el pelo despeinado en un moño.

—¿Dormida? —repitió Margaret con desprecio a la vez que señalaba el reloj con forma de pino torcido en la pared—. ¡Son las diez y media, joder! ¿Cómo que te has quedado dormida?

Los clientes de la barra detuvieron sus tenedores bañados en yema para mirar. Margaret les dedicó una sonrisa falsa antes de volverse y arrastrar a Soojin a la cocina.

—Te he dado tiempo, Soojin —dijo mientras la cortina de cuentas se movía tras ellas, aportando una escasa privacidad.

Hablaba en voz baja y furiosa y sus rizos rubios, normalmente perfectos, caían apagados por el calor grasiento del restaurante—.

He tenido mucha paciencia contigo. —Lo que quería decir: «fui muy buena contigo después de que murió tu hermana.

¿Por qué no puedes volver ya a la normalidad? ».

Después de que encontraran el cuerpo de Mirae, Soojin estuvo dos meses sin trabajar y, cuando volvió, no lograba recuperarse del todo.

Estaba ausente, olvidadiza y a menudo de mal humor, tanto con sus compañeros como con los clientes.

Al principio, Margaret hizo un gran despliegue de su inmensa empatía, pero con el tiempo esa empatía se volvió un arma.

«Fui buena contigo. Te di tu tiempo. Te envié a casa con una tarta de condolencias».

Soojin no culpaba a Margaret por eso. Entendía que ella era difícil y que la compasión de los demás tiene un límite.

Pero tampoco podía controlar sus arrebatos de ira.

Si Margaret iba a llevar la cuenta de cada gesto de cariño para luego usarlo en su contra, Soojin prefería que no tuviera ninguna paciencia.

Ante el silencio de Soojin, Margaret exhaló con fuerza. Sin decir nada más, metió la mano en el delantal, sacó una libreta de pedidos y se la lanzó contra el pecho antes de salir hecha una furia.

A su alrededor, la cocina bullía. El beicon chisporroteaba manchando las paredes de grasa y los cocineros gritaban los pedidos y tocaban la campana porque las camareras no respondían a tiempo.

Un caos que, en ese momento, Soojin no se sentía capaz de afrontar.

Sostuvo la libreta contra la frente y se obligó a no romper a llorar, hasta que recuperó la compostura.

Cuatro horas. Solo tenía que aguantar cuatro horas.

Volvió al comedor como si fuera a la guerra y, desafortunadamente, su primer cliente fue uno de los habituales que menos le gustaba.

—¿Una noche dura? —preguntó Joe Silas arqueando una ceja mientras Soojin se acercaba con desgana a su lugar en la barra. No había en su voz un tono de broma cariñosa. Se estaba burlando de ella; seguramente olía el alcohol aún a medio metabolizar que exudaba su piel.

Silas, jefe de policía de Jade Acre desde que Soojin recordaba, siempre había tenido una especie de animadversión hacia ella.

Quizá ella misma la había provocado con su eficiencia fría, cuando se negaba a quedarse charlando en las mesas como esperaban los vecinos del pueblo.

«Conseguirías mejores propinas si sonrieras de vez en cuando, jovencita», le dijo una vez, mientras apuntaba su habitual diez por ciento.

Pero su antipatía venía de antes y parecía extrañamente personal. Racismo, supuso.

—No, señor —respondió sirviéndole el café y dejando un par de sobres de sacarina sobre la mesa. No necesitaba tomarle nota. Siempre pedía lo mismo, un revuelto a la californiana sin aguacate. Café negro con sacarina. Y tarta de lima de postre si estaba en plan caprichoso.

Lo vio echar los dos sobres de sacarina en el café y removerlos con el cuchillo de la mantequilla. Tomó un sorbo, arrugó la basura —los sobres usados, una servilleta manchada, un recibo— y se la puso a ella en la mano.

—No dejes que te pille metida en líos, Sue-Jean. —Siempre pronunciaba así su nombre, aunque ella llevaba años corrigiéndole. Si acaso, con el tiempo, el acento había ido a más—. ¿Me oyes?

A pesar de la advertencia, Soojin estaba segura de que a él le encantaría eso, pillarla metida en problemas.

Todavía recordaba la cara de satisfacción que tenía cuando acompañó a Mirae a casa, después de que la sorprendieran bebiendo con unos compañeros, el verano pasado.

Su padre tuvo que pagar una multa y Mirae estuvo castigada un mes.

Pero bastaba decir que la dedicación de Silas para mantener a los jóvenes a raya dependía mucho de quiénes fueran sus padres.

Todo el mundo sabía que Bentley llevaba petaca, pero a él nunca le había dicho nada.

Se le formó una imagen en la cabeza en la que le devolvía la basura a Silas tirándosela a la cara, pero apretó los dientes, asintió con rigidez y se alejó con paso firme.

El resto del turno fue como un borrón al que Soojin sobrevivió de milagro.

En dos ocasiones tuvo que salir corriendo al baño para vomitar.

Olvidó pedidos, llevó platos a mesas equivocadas y, por error, cargó mil dólares en la tarjeta de alguien por un pedido de diez, dejándole la cuenta congelada temporalmente.

Cuando más tarde se le rompió una cafetera en el fregadero y se cortó la palma de la mano, se sentía ya disociada y entumecida.

Ni siquiera se dio cuenta hasta que un cliente, con los ojos muy abiertos, señaló las gotas de sangre que iba dejando tras de sí al ir a tomarle nota.

Una vez que la avalancha terminó y el restaurante volvió a un ritmo manejable, a Soojin le dolía la cabeza y sus compañeras estaban furiosas.

—Vete a casa —dijo Margaret con gesto férreo.

Soojin miró el reloj.

—Pero si solo son las…

—Que te vayas a casa.

Las demás camareras se dieron la vuelta de forma notoria y se pusieron a rellenar cafeteras o a rascarse la suciedad de debajo de las uñas con la esquina de las libretas. Una lenta humillación le calentó las mejillas. Nadie la quería allí. Su presencia era una carga.

Soojin fichó y se marchó.

En un intento de despejarse, decidió dar un rodeo antes de volver a casa. Mientras aparcaba, pensó que un paseo por el centro la animaría.

Jade Acre, como muchos destinos turísticos, tenía dos caras distintas; la que veías dependía en buena medida de quién fueras y cuándo llegases.