6
Soojin sabía lo que era ahogarse. Durante el primer mes después de que encontraran el cuerpo de Mirae, no soñó con otra cosa. Mientras dormía, se veía a sí misma sumergida, forcejeando por salir a la superficie y jadeando en busca de aire.
Esa sensación la perseguía también despierta, como un fantasma sin nombre.
La golpeaba sin aviso. La garganta se le llenaba, la visión periférica se volvía húmeda y oscura.
A veces le sucedía en casa, en la seguridad de su habitación, y crecía poco a poco, por lo que podía preparar al pequeño animal de su cuerpo para lo que estaba a punto de atraparlo.
Pero la mayoría de las veces llegaba de golpe y sin piedad en el instituto o en la cafetería mientras espumaba la leche.
En esos momentos, se refugiaba en la cámara frigorífica para respirar dentro de una bolsa de papel.
En la oscuridad, con la espalda apoyada contra una caja de cebollas, observaba cómo ese pulmón de papel en que se convertía la bolsa de dónuts se inflaba y se desinflaba.
Soojin sintió ahora ese mismo golpeteo ansioso en el cuerpo: visiones de rápidos alzándose contra la orilla como fantasmas azules.
Los árboles pasaban a toda velocidad a su lado a medida que corría, pero a lo lejos ya podía ver la silueta de su casa.
Si lograba llegar, pensó, todo estaría bien.
Le dolían los pulmones, pero las piernas seguían avanzando, impulsándola más rápido al ritmo de ese péndulo animal que marcaba «a salvo, a salvo, a salvo».
Su aliento estallaba en la noche en forma de cortas y pesadas nubes mientras llegaba a la puerta y se colaba dentro. Soojin estaba ya a mitad de la escalera cuando su padre salió disparado de su habitación, con el pelo alborotado tras un sueño intranquilo.
—Han Soojin, ¿se puede saber de dónde demonios vienes?
La voz resonó por el pasillo y las sílabas rebotaron contra las paredes.
Ella sintió la lengua como una losa en la boca.
Su padre siempre había sido el estricto, pero nunca había sido de gritar y mucho menos de soltar palabrotas.
¿Por qué se había despertado? Siempre dormía como un tronco, sobre todo después de su copa de la noche.
—Estaba con una amiga —dijo ella con la voz pastosa de desconcierto.
No era del todo mentira. Mark era lo más parecido que tenía a una amiga.
Aun así, no quería implicarle. Empezó a rebuscar nombres en la cabeza.
Tenía una lista mental de amistades que se había inventado a lo largo de los meses para que su padre no se preocupara por su aislamiento.
Pero sí que estaba sola y no recordaba ningún nombre.
Ahora no podía lidiar con esto. Se tambaleó hacia atrás mientras subía la escalera.
—¿Una amiga? —Su padre resopló y ella comprendió que nunca se había creído sus historias sobre una vida social activa.
Entonces él la miró con más detenimiento y pareció darse cuenta por primera vez de sus ojos enrojecidos, de las lágrimas brillantes que le surcaban la cara.
Soojin vio desfilar una serie de emociones en la mirada de su padre: preocupación, alivio, confusión, pero la ira ganó la partida.
Empezó a subir la escalera tras ella a zancadas.
—¿Sabes cuántas veces te he llamado? Si hubieras seguido sin contestar diez minutos más, habría llamado a la policía.
La vista se le nubló. Buscó a tientas la barandilla, pero sus manos no encontraron más que aire y cayó trastabillando sobre unos cuantos escalones antes de recuperar el equilibrio. Su padre la alcanzó y cuando la sujetó por el hombro para estabilizarla, la agarró con más fuerza.
—Has estado bebiendo —murmuró, como si no pudiera creerlo.
Ella contuvo el aliento, pero fue inútil. El olor a vodka emanaba de su ropa, del pelo.
—¿Me tienes así de preocupado y andabas por ahí bebiendo? ¿Con quién estabas?
La chica se soltó de su agarre y subió la escalera a trompicones, casi corriendo.
Sentía náuseas y un dulzor agrio subiéndole por la garganta.
Su reacción dejó a su padre paralizado, pero solo durante un instante.
Le oyó subir los peldaños tras ella de dos en dos.
Llegó a la puerta justo cuando Soojin desaparecía al otro lado y cerraba de un portazo.
Las manos le temblaban mientras echaba el cerrojo y sentía cómo el pomo se sacudía bajo los intentos de él para abrir.
—¡Soojin, abre la puerta ahora mismo! —gritó golpeando la madera con la mano.
Era como si tuviera agua en los oídos; la voz le llegaba distorsionada, como filtrada por un colador.
Retrocedió hasta que sus piernas chocaron con la cama y cayó sobre ella.
El ventilador del techo parecía estar girando, aunque sabía que estaba quieto.
Soojin había pensado que su habitación lo arreglaría todo, pero no era así.
Algo le vibró en el bolsillo. Sacó el móvil y las letras nadaron borrosamente en la pantalla antes de que el nombre de Mark se hilara bajo el resplandor.
Rechazó la llamada y una cascada de notificaciones emergió tras ella.
Quince llamadas perdidas de su padre. Decenas de mensajes que empezaban curiosos se transformaban en preocupación y luego en pura furia.
Los borró todos. Incluso borracha, comprendía que él debía de haber entrado en pánico, pensando que lo que le pasó a Mirae estaba ocurriendo de nuevo.
Si fuera la mitad de hija que había sido su hermana, Soojin saldría a hablar con su padre y arreglaría las cosas.
Pero no sabía cómo. Mirae era la que ofrecía té caliente y palabras suaves, la que lo curaba todo.
¿Cómo habría sido la vida de su padre si Mirae hubiera sido la que sobreviviera, si no hubiera muerto la hija equivocada?
Poco a poco, se dio cuenta de que él ya no estaba gritando al otro lado de la puerta.
Había silencio. Todo estaba en silencio hasta que el móvil volvió a vibrarle en la mano.
El nombre de Mark iluminó la pantalla. Rechazó la llamada.
Cuando el teléfono volvió a sonar por tercera vez, algo dentro de ella se rompió y contestó.
Se llevó el móvil al oído sin decir nada y escuchó el ritmo constante del intermitente del coche, la respiración suave de él al otro lado de la línea.
Cuando Mark se dio cuenta de que estaba ahí, habló deprisa.
—¿Soojin? Dios, estaba preocupado. Solo quería saber si habías llegado bien. ¿Estás bien? Yo…
Finalizó la llamada y lanzó el teléfono, que impactó contra la pared opuesta y cayó al suelo con estrépito.
Esperaba que Mark volviera a llamar, que suplicara de nuevo.
Esperó mientras escuchaba cómo su padre volvía a subir la escalera.
Algo pesado golpeó el suelo al otro lado y el pomo volvió a sacudirse.
Su padre estaba forzando la cerradura. El constante clic, clic, clic de su puerta traicionándola lentamente llenó la habitación.
Le tembló la visión, se le distorsionó. Esto era ahogarse.
Soojin se estaba ahogando y quería que alguien la salvara.
«Vuelve a llamarme», pensó, aunque sabía que era ridículo. Había sido ella quien le había colgado, pero aun así…
«Por favor, vuelve a llamarme».
Pero no era a Mark a quien quería, no quería el consuelo de alguien indeterminado.
Pensó en Mirae, con once años, preparando el almuerzo al día siguiente del funeral de su madre, con los estrechos hombros temblando mientras untaba mostaza en una rebanada de pan.
Mirae tumbada a su lado, señalando hacia el techo de galaxias luminosas, poniéndole nombres tontos a cada estrella hasta que la tristeza aflojaba lo suficiente como para que Soojin se durmiera.
Y más atrás aún, de niñas, una sonrisa mellada, el pelo largo y negro... Lo que quería era a su hermana. «Vuelve».
La cerradura hizo un clic y Soojin apenas tuvo tiempo de pensar que la puerta era una traidora antes de que su padre la abriera.
La concentración que le había requerido forzar la cerradura había disipado parte de su ira y entró encorvado, con la postura de un hombre que ya se siente derrotado.
Su carácter obstinado solo le había llevado hasta ese punto: abrir la puerta.
No había pensado en lo que haría después, ni qué diría una vez superado el obstáculo.
Eran demasiado parecidos ella y su padre.
Y, sin embargo, nunca habían sabido entenderse, nunca habían sido capaces de intuir qué necesitaba o deseaba el otro.
Después de que el coche de su madre se saliera de la carretera, las hermanas solían encontrar a su padre sentado como una hoja doblada en la silla del comedor con la cabeza sobre las rodillas, los brazos abrazándole el vientre.
Era la imagen que Soojin siempre asociaría con los dos meses en los que su padre se apagó por completo, inmóvil mientras el mundo seguía girando más allá de la ventana de la cocina.
Cuando su padre eludió sus responsabilidades, Mirae las asumió.
Limpiaba la casa, preparaba bocadillos de mermelada y vasitos de fruta para Soojin y para ella.
A pesar de ser solo un año mayor, le tomaba la mano de camino al autobús escolar y le recordaba que mirara a ambos lados antes de cruzar la calle.
Recibía en la puerta a la madre de Mark cuando venía de vez en cuando a dejar comida.
Y al final, fue Mirae quien consiguió que Padre volviera en sí. Poco a poco, con té, tiempo y palabras suaves. Al igual que Madre, Mirae era hábil a la hora de ofrecer ternura. Al contrario que Soojin, que casi nunca sabía atender los sentimientos de nadie, ni siquiera los suyos.
—Soojin —dijo su padre deteniéndose al pie de la cama. Su voz sonaba cautelosa, desgastada por los gritos a los que no estaba acostumbrado—, ¿qué te pasa?
Le dolía más escucharlo así que oírle gritar. Él alargó una mano que se quedó suspendida en el aire, como si quisiera acariciarle el pelo. Soojin se apartó sin pensarlo. La mano de él se retiró y luego la dejó caer al costado.
—No me pasa nada, papá. Vuelve a dormir. —Su voz le sonó ajena, como si ella hubiera salido de su cuerpo y estuviera escuchando desde otra habitación—. Mañana tienes un viaje largo. Deberías descansar.
—¿Cómo voy a dormir ahora? —Su padre se sentó pesadamente a su lado. La cama se hundió por su peso y la inclinó hacia él.
—Estoy bien, de verdad. —Las mentiras salieron con facilidad una vez que empezaron a fluir—. Fui a una fiesta y discutí con una amiga. Siento haber bebido.
Sabía que él quería que dijera algo más. Pero, en lugar de eso, el silencio se infló entre ambos.
Él alzó la mano para rozarle la mejilla un momento y luego negó con la cabeza. Se quedaron así un rato, padre e hija atrapados en la más frágil de las treguas. Y entonces él, como si supiera que un paso más allá de ese punto caerían los dos, cedió.
—Si ahora te dejo tranquila, ¿me prometes que hablaremos más tarde?
—Claro —mintió ella.
Cuando por fin salió de la habitación, Soojin fue al baño y vomitó en el inodoro.
Su estómago no soltó más que una bilis naranja y dulzona y, al incorporarse, no se sintió mejor.
Bebió del grifo, apoyó la frente contra el metal frío en un intento de detener el vértigo y, cuando no funcionó, volvió tambaleándose a su cuarto y sacó el diente de su hermana del cajón.
Acurrucada en el suelo, lo sostuvo entre las manos como si rezara.
Cuando la luz empezó a clarear tras las cortinas, oyó los pasos suaves de su padre, preparándose para ir a misa.
No fue a despedirle, pero escuchó cómo el coche cobraba vida y se alejaba lentamente por el camino de entrada, rumbo a un amanecer pálido y solitario.