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El tiempo había colapsado en un vórtice, y dos carretes de posibilidades se desplegaron ante ella.
En uno, Bentley no recuperaba el equilibrio y caía directo al fuego, donde la piel se le convertía en ampollas rojas y rabiosas antes de que fuera capaz de salir de allí.
En el otro, recuperaba el control, como siempre, sin un rasguño.
Soojin deseó con una violencia terrible que sucediera lo primero.
Quería dejarle una herida que pudiera llevar su nombre.
Pero no fue así. El tiempo se descolgó de su clavo y ella lo vio agitar los brazos como un dibujo animado, mientras su cuerpo se inclinaba peligrosamente antes de girar y caer de culo en la arena. El fuego siguió ardiendo sin él dentro.
—¡Hostia puta! —gritó alguien y le dio una patada a la radio, silenciándola.
—¡Eh! —La voz de Mark rompió el silencio momentáneo. Corrió hacia ella tan rápido como le permitió la arena. La alcanzó y le sujetó los hombros con ambas manos—. ¿Estás bien?
Soojin seguía sin poder hablar, tenía un nudo en la garganta tan denso como un hueso de ciruela, imposible de tragar.
—¿Le preguntas a ella si está bien? ¡Esa zorra casi me tira al fuego! —gritó Bentley, con las venas de las sienes tan marcadas que parecían ramas trazadas bajo la piel pálida.
—Seguro que te lo merecías —espetó Mark. Apartó a Soojin con suavidad y la pasó directamente a los brazos de otra persona—. Lárgate —dijo, pero no a ella.
—Vamos —dijo una voz que Soojin apenas identificó como la de Jay. No intentó resistirse y se dejó llevar, mientras la arena cedía paso a las tablas del paseo, que a su vez dieron paso a la escalera y después al asfalto.
Miró por encima del hombro. Por un momento, pareció que Mark y Bentley iban a pelearse. La discusión era inaudible a esa distancia, pero se empujaron el uno al otro hasta que otros estudiantes intervinieron y le pusieron un vaso en la mano a Bentley.
Ellas llegaron al aparcamiento. Jay murmuraba una sarta de insultos, intentando sonar despreocupada, aunque la voz le temblaba. Mark las alcanzó y los tres se subieron en su coche. Los faros cortaron la oscuridad absoluta. A lo lejos, las hogueras brillaban como ojos.
Nadie dijo nada mientras subían por el camino que bordeaba el acantilado.
Pasaron por el centro del pueblo, donde todas las pequeñas y coloridas tiendas estaban cerradas, salvo el bar y la licorería, iluminados como dos faros.
Sus letreros fluorescentes se difuminaron detrás de las ventanas húmedas por la lluvia que eran los ojos de Soojin.
Los colores se le quedaron grabados en la visión incluso después de haberlos dejado atrás.
«La hija equivocada», repetía su mente, una y otra vez. No podía hacerla callar. La hermana equivocada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó finalmente Mark, con los nudillos blancos sobre el volante.
Soojin no respondió. Lo que había empezado como un hueso de ciruela en la garganta se había hinchado hasta convertirse en un puño.
Sentía como si el agua estuviera subiendo a su alrededor y llenara el coche hasta dejarlos sin aire.
Su pulso era un animal golpeando su pequeño cuerpo contra los barrotes de su jaula, desesperado por escapar.
«No puedo estar aquí», pensó. Avanzaban ya por las carreteras flanqueadas de árboles que llevaban a su casa y la oscuridad envolvía el coche por completo.
Mark la miró de reojo.
—Ey…
—No me mires —espetó ella.
—¿Qué?
—Para el coche. Iré andando a casa —dijo, con una voz apenas más alta que el zumbido del motor.
—No puedes ir andando sola, es casi la una de la mañana.
El puño de su garganta empezaba a abrirse, los dedos apretaban contra la arquitectura de su tráquea y le agarraban la laringe. Los labios le sabían a sal. Era indispensable que no la vieran llorar. Tenía que irse.
—Desde aquí solo hay quince minutos andando.
Déjame bajar —exigió. Los ojos de Jay, abiertos como platos, se reflejaban en el retrovisor.
Mark pisó el acelerador, obligando al viejo coche a ir más rápido.
Y más. Si un ciervo saltase a la carretera en ese momento, el impacto a esa velocidad podría matarlos a todos.
Pero él siguió acelerando. Soojin los estaba asustando.
A ella no le importaba. Los pinos pasaban junto a ellos como una sola cortina verde.
—Soo, por favor, solo…
El delgado hilo que sostenía su compostura se rompió. Se llevó las manos a la cara. Se oyó a sí misma gritar.
—¡Déjame salir! ¡Déjame salir!
No reconocía su propia voz.
—¡Mark! ¡Déjala largarse! ¿No ves que se le está yendo? —gritó Jay desde el asiento de atrás.
Mark miró primero a Soojin, luego al retrovisor, donde los ojos de Jay estaban dilatados y brillaban a causa de la alarma.
—Pero…
—¡Para el coche! —ordenó Jay.
Él pisó el freno con fuerza. Sus cuerpos se vieron propulsados hacia delante mientras el coche chirriaba.
Mark extendió el brazo frente al pecho de Soojin para protegerla y Jay se golpeó contra el respaldo del asiento dando un grito ahogado.
En cuanto el coche se detuvo por completo, Soojin abrió la puerta y salió a toda velocidad.
No se despidió. Ni siquiera cerró la puerta.
El coche se quedó allí, parado en mitad de la carretera, con el motor humeando detrás de ella como un animal jadeante en la oscuridad.