5 #4
—No veo una mierda —dijo Soojin. Su voz cerraba la puerta a cualquier réplica. El recuerdo del jardín se desvaneció y volvió a estar en la playa, con el fuego agonizante y su hermana ausente.
El cambio en el rostro de Bentley fue inmediato. Por un instante, sus ojos grises parecieron afligidos; pero la llama osciló y esa expresión se borró.
—Supongo que no, claro —dijo. La cautela entusiasta le había desaparecido de la voz y volvió a sonar como el chico al que ella estaba acostumbrada. Frío, engreído. Pero había algo más, algo que ella no lograba identificar.
—Quería preguntarte una cosa… —Levantó la mano para señalarla, pero el alcohol le jugó una mala pasada y se pasó de largo. Su dedo le rozó el lateral del cuello, un contacto accidental, pero ella se apartó como si la hubiera quemado.
La intensidad de su mirada la atravesó como un relámpago de incomodidad sin nombre. La invadió una necesidad repentina y urgente de irse y se puso en pie. Estaba terriblemente borracha. El fuego moribundo teñía todo de un dorado borroso. ¿Dónde estaba Mark?
—Espera —dijo Bentley. Se levantó también y la agarró por la muñeca—. Espera, solo quiero hablar contigo.
—¿Hablar de qué? —soltó ella con brusquedad—. ¿De qué, Bentley? ¿De las estrellas?
Él tuvo el descaro de parecer sorprendido, confundido.
—¿Qué? No…
—¡No me toques! —Se soltó de un tirón de su agarre.
Él alzó las manos, exasperado, antes de volver a hablar.
—Joder, Soojin. ¿Por qué estás siempre tan enfadada? Solo quería…
—Me da igual lo que quieras. Tú ya lo tienes todo, joder.
—Y lo tenía. Dinero. Una casa enorme. Un padre que, con palabras o con un cheque, sacaba a Bentley de cualquier lío en el que se metiera en el pueblo.
Podía decir lo que quisiera, tratar a los demás como le diera la gana y nunca pasaba nada.
Una vida perfecta, inexpugnable. Y ella lo odiaba por eso.
Las olas subían violentamente por la orilla y luego retrocedían, dejando un ribete de espuma sobre la arena. Se quedaron allí, en un silencio tenso, mientras la fiesta seguía su curso sin ellos.
Algo en sus palabras lo había dejado paralizado.
Un músculo le latía en la mandíbula, los ojos le brillaban demasiado, y entonces ella se dio cuenta de que, por la razón que fuera, de repente estaba furioso.
Se inclinó lo suficiente como para que ella pudiera olerle el aliento a whisky y, por un momento aterrador y desorientador, creyó que iba a besarla.
En lugar de eso, la fulminó con una mirada cargada de un rencor sorprendente.
—Qué cansina eres, joder. Contigo todo es cero o cien —escupió Bentley pasándose la mano por el pelo con un gesto violento y nervioso—. No me extraña que tu hermana necesitara alejarse de ti. Apostaría a que no podía ni respirar. Seguro que no la dejabas ni respirar.
Fue un golpe bajo, la mención de Mirae. Soojin supo que él había ido justo al único punto en el que sabía que le haría daño y el efecto fue brutal e inmediato. La garganta se le cerró. No podía hablar.
Cuando Soojin no fue capaz de contestar, él continuó, con el aliento caliente y venenoso junto a su oído.
—Me da pena tu padre. Debe de ser muy duro para él que sobreviviera la hija equivocada.
Su visión se redujo como si se cerrara el diafragma de una cámara.
De repente estaba otra vez en casa. El día después del funeral de Mirae, cuando se había despertado delirando en un salón bañado por la luz azulada del televisor.
Había oído sollozos ahogados en la cocina y se había acercado, pero no había sido capaz de entrar.
En lugar de eso, se había quedado oculta tras la barandilla, observando como un espectro, mientras su padre lloraba, inmóvil, en la penumbra cada vez más espesa. Como si estuviera completamente solo.
Si hubiese sido ella la que estaba en la urna aquella noche, Mirae habría ido a abrazarlo. Habría encendido las luces.
Bentley tenía razón. Había sobrevivido la hija equivocada. Soojin siempre lo había sabido.
La visión le tembló y apenas tuvo tiempo de registrar la semilla de arrepentimiento en la cara de Bentley antes de que las lágrimas le nublaran por completo la visión.
Oyó su propio pulso martillearla, fuerte y resonante, detrás de las orejas.
El horror le invadió el cuerpo. Conocía bien esa sensación.
«Ahora no —pensó—, aquí no».
—Eh… —empezó a decir Bentley, pero ella no podía oír una palabra más. Tenía que irse.
Soojin le dio un codazo en el hombro, con fuerza. Con la suficiente como para que él soltara un grito, perdiera el equilibrio y se tambaleara, borracho, al borde de la parábola hambrienta de la hoguera. Soojin oyó, como desde lejos, alguna exclamación ahogada sobre el zumbido de la radio.