5 #3
—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó. El chico había terminado su vaso de zumo hacía un buen rato y ahora extendía las manos hacia el fuego.
Tenía los nudillos rojos y agrietados. Soojin se preguntó si era debido a las horas que pasaba trabajando en el horno crematorio o simplemente al frío.
Aunque ella ya no lo sentía. Iba por su tercera copa y despedía calor.
Algo fundido e incómodo se le había asentado en el interior.
Incluso se había quitado el abrigo a pesar de las advertencias de Mark.
Ahora descansaba sobre la nevera vacía, cubierto por otros abrigos.
—Supongo que sí —respondió Soojin. Sintió las palabras pegajosas y alargadas al salir de la boca. Dio otro sorbo para humedecerse la lengua, pero no sirvió de nada.
Mark dudó un instante antes de inclinarse hacia ella y hablarle en coreano.
—Creo que deberías dejar de beber.
Siempre le resultaba extraño oír a Mark hablar en coreano.
Cuando eran niños, era su idioma por defecto, el que usaban para intercambiar secretos en el patio del colegio.
En Jade Acre los secretos volaban y la mejor forma de evitar que se propagaran era mantenerlos bien alejados del inglés.
Oír ese idioma lleno de vocales salir de la boca de Mark le tocaba una fibra nostálgica y dolorosa. Quería que dejara de hablarlo.
—Creo que deberías ocuparte de tus propios asuntos —respondió ella en inglés. ¿Quién se creía que era, apareciendo de repente en su vida, después de tantos años, solo para darle órdenes? Bebió otro trago, largo, por pura rebeldía.
—Lo digo en serio, Soo. Es sábado. Tu padre está en casa. Se va a enfadar si llegas borracha —dijo sacando del bolso una cantimplora medio vacía de té de barbas de maíz. Desenroscó el tapón y se la ofreció—. Toma, bebe esto. Tienes que espabilarte antes de que te lleve a casa.
Soojin ya había pasado hacía rato el punto de espabilarse. Iba a vomitar o a quedarse dormida, lo que antes sucediera. Pero aceptó la cantimplora por cortesía. El líquido estaba templado y el borde, salado de tantos labios.
Alrededor de ellos, la fiesta no mostraba signos de ir a menos.
Borrachos, los estudiantes se deshacían de sus inhibiciones como si fuesen exoesqueletos.
Algunos bailaban torpemente, con los pies descalzos hundidos en la arena, balanceándose fuera de ritmo con los vasos en alto.
Una chica que conocía de Educación Física roncaba sobre una lona a sus espaldas, esperando que su conductor designado la llevara a casa.
Cerca del calor de la segunda hoguera, una alumna de último curso dejaba que un chico de segundo la besara, aunque parecía indiferente al torpe intercambio.
Mantenía los ojos bien abiertos todo el tiempo y, de vez en cuando, miraba el móvil.
A Soojin le dio un vuelco el estómago. Ya no quería estar allí. Cuando miró hacia el mar, el horizonte temblaba. Apoyó la cabeza en la palma de la mano.
—¿Por qué me has dejado beber tanto?
—¿Yo? ¡Pero si he intentado...! ¿Sabes qué? Da igual —Mark se puso en pie—. Te voy a llevar a casa. Quédate aquí, ¿vale? Voy a despedirme de Jay.
—Voy contigo —dijo ella, pero el mundo se movía más rápido que su cuerpo. Se tambaleó antes de que Mark la sujetara y la ayudara a sentarse de nuevo.
—No, no vienes. Quédate quieta, vuelvo enseguida. —Le acercó su abrigo y se lo sostuvo detrás para que se lo pusiera, antes de desaparecer entre la multitud.
En cuanto lo perdió de vista, Soojin se desinfló sobre sí misma y tragó saliva mientras la marea de náuseas le subía lentamente por la garganta. Si acababa vomitando delante de Mark o, peor aún, en su coche, jamás le volvería a hablar.
Terminaba de apoyar la frente sobre la rodilla, mientras el mundo se apagaba y un zumbido le rugía en los oídos, cuando alguien se sentó bruscamente a su lado y la sobresaltó.
—¡Me has asustado! —soltó entre dientes, pero no era Mark. Era Bentley Porter, que estiraba las piernas hacia la hoguera como si tal cosa.
—Perdona —se rio él. Sus ojos grises tenían una cualidad desenfocada, el tipo de mirada suelta que llega tras tres horas de alcohol—. Qué raro verte socializar. ¿Qué celebras?
El gel de su pelo había perdido la batalla frente al viento y el calor del fuego y eso hacía que tuviera que apartarse los mechones castaños de la cara una y otra vez.
En ese movimiento, ella se fijó en el brillo del reloj de diseño que llevaba, un recordatorio físico de lo fuera de lugar que estaba.
Bentley y su padre, Christopher Porter, se habían mudado a Jade Acre hacía unos ocho años, pero en un pueblo como ese, donde la población era fija y la gente nueva solo venía en verano, seguían siendo, incluso ahora, unos recién llegados.
Habían traído consigo un huracán de remodelaciones que dieron lugar a un aluvión de modernos hoteles boutique y airbnbs que afectaron seriamente a su pensión y al resto de la industria de alojamiento del pueblo.
Aunque fuera irracional, Soojin le guardaba rencor a Bentley por ello.
Su mera presencia le parecía un presagio de cosas malas.
—¿Qué quieres? —preguntó Soojin, con una voz apenas audible sobre el crepitar de las llamas. Por su parte, él no pareció molesto con su brusquedad. Así era como siempre se habían tratado, después de todo, desde que se conocieron en primaria.
No recordaba qué había provocado la pelea, pero podía adivinarlo.
Una orden a gritos, que llevó a una discusión, que acabó en un forcejeo sobre el asfalto del patio, que había terminado con ambos con las rodillas raspadas sentados en la oficina del director, esperando a que sus padres fueran a recogerlos.
Soojin no creía que pudiera olvidar jamás la expresión del señor Porter aquel día, cuando pasó por su lado para buscar a su hijo.
Sus ojos grises, brutales, no mostraban el más mínimo respeto; la miró como se mira un decorado o la cabeza disecada de un ciervo.
Luego la rebasó y recogió a Bentley con un frío «nos vamos».
Bentley estaba de vuelta en el colegio a la mañana siguiente, mientras que a ella la echaron tres días.
En cierto modo, aquello debería de haber sido una señal de la impunidad con la que se moverían los Porter en ese pueblo.
Ya fuera por donaciones locales o por la forma en que sus negocios agresivos empujaban a los de los demás al abismo, los Porter se convirtieron en figuras centrales en Jade Acre.
Los quisieras o los odiaras..., así eran las cosas.
La hoguera frente a ellos estalló con un crujido. Bentley echó otra ramita y observó cómo se encendía en un rojo ardiente con forma de garra de pájaro antes de desintegrarse en ceniza.
—¿Qué quieres, Bentley? —preguntó Soojin de nuevo.
El vodka le había despojado la voz de esa capa de indiferencia fría que intentaba mantener delante de él.
La familia de ese chico era la razón por la que su padre se dejaba la piel todas las semanas en un pueblo a tres horas al este.
Su cercanía la hacía sentirse mezquina y al rojo vivo, como un nervio expuesto.
—Vaya —rio él negando con la cabeza—. ¿Te crees que eres la Universidad de Dartmouth o algo así? ¿La gente no puede sentarse a tu lado sin presentar una solicitud y tres cartas de recomendación?
—Tú no puedes.
—Pues qué pena. No quedan más sitios. —Hizo un gesto vago hacia la orilla, donde cada tronco estaba ya ocupado. Por abrigos, por gente vomitando, besándose o completamente desmayada. Soojin frunció el ceño al ver cómo uno se caía de lado y se estampaba contra la arena húmeda y fría.
Bentley dio un trago de su petaca y luego se la ofreció como un intento cutre de hacer las paces. Ella no la aceptó. Él puso los ojos en blanco y bebió de nuevo, desafiante.
—Hace buena noche —comentó mirando hacia arriba. Y la hacía. Una noche clara y generosa, con un cielo desbordado de estrellas, pero justo lo que menos le apetecía a Soojin era hablar del tiempo con Bentley Porter. Intentó ignorarle, pero él la empujó suavemente y le señaló el cielo con insistencia.
—¿Qué? —ladró Soojin.
—Estoy intentando enseñarte algo —contestó él. Su voz tenía un tono distante, como si pudiera estar hablando con cualquiera. ¿Cuánto había bebido? Aun así, Soojin alzó la vista para seguir su mano.
—Allí —dijo él mientras movía un dedo, primero surcando el cielo en horizontal y luego hacia abajo. Sonaba orgulloso—. Esa es la constelación del Cisne. Cygnus. ¿La ves? —Sus dedos recorrieron de nuevo el cielo en horizontal—. Esas son las alas. —Bajó la mano—. Y ese es el cuerpo del ave.
Ella vio lo que él señalaba. Una brillante franja de estrellas dibujada en la oscuridad.
No parecía un cisne en absoluto. Parecía más bien una cruz diminuta o quizá un arco con una flecha tensada.
Soojin ya sabía cómo identificar Cygnus por la misma razón por la que sabía reconocer muchas constelaciones: la obsesión de toda la vida de Mirae por las estrellas.
Una pasión que Soojin nunca había logrado compartir.
¿A quién le importaba la luz de soles muertos hace siglos cuando había tantos problemas más inmediatos?
Aun así, ese momento de observación estelar ebria de Bentley le pareció una intrusión en algo que les pertenecía solo a ellas.
En su expresión, que se había suavizado al mirar al cielo, vivaz y ansiosa, Soojin sintió una proximidad repentina e insoportable.
Por un instante, ya no estaba en la playa.
Estaba en su jardín y los grillos cantaban en medio de la oscuridad casi perfecta.
Una toalla extendida sobre la hierba húmeda y las dos hermanas tumbadas una al lado de la otra.
«Esa estrella tan brillante es la Polar —había dicho Mirae, antes de mover el brazo hacia otro lado—.
Y esa es Cygnus. Soo, ¿la ves? El Cisne.
Simboliza las transformaciones. El renacimiento y… ».