El río sabe tu nombre 5 #2
14%

5 #2

—Yo también pienso mucho en el pasado, ¿sabes? —dijo Mark apartando la mirada del agua. Le pasó el termo y ella lo sostuvo entre las manos para que el calor le templara las palmas—. No dejo de preguntarme si podría haber hecho algo para salvar nuestra amistad en su momento.

Una imagen fugaz la golpeó. Un Mark de niño en el asiento trasero del coche de su madre, con la mano apoyada en la ventanilla, negándose a mirarla. Sacudió la cabeza y la escena se deshizo entre las llamas crepitantes.

—No fue culpa tuya —dijo Soojin. Su familia se había aislado por completo mientras lloraba la pérdida de Madre y, cuando por fin salieron de ese estado catatónico, ya no quedaba nadie a su alrededor.

Aunque Mirae consiguió retomar poco a poco su vida social de antes, Soojin y su padre se habían convertido en un archipiélago.

Incluso los Moon se alejaron poco a poco.

La madre de Soojin había sido el puente que unía a ambas familias.

Pero la diferencia que provocó la ausencia de Madre en la familia fue lo que más impactó a Soojin.

Siempre había sabido que su madre era el pilar del hogar.

Se notaba en el modo en el que sus manos obraban milagros, pero más aún en el espacio que ocupaba su risa.

Cómo atravesaba puertas cerradas, abría ventanas y causaba alegría incluso en Padre, tan serio, que prefería construir cosas y rezar él solo en la mesa mientras el resto de la familia, no creyente, ya había empezado a comer.

El accidente lo había cambiado todo. ¿Qué podía haber hecho un niño frente a una pérdida capaz de destrozar así los cimientos de una casa?

—Teníamos diez años. No podías haber hecho nada.

—Lo sé, pero... —Mark se sacudió la arena del zapato antes de negar con la cabeza—.

Da igual. Tienes razón. Supongo que lo que intento decir es que me alegro de que estemos teniendo una segunda oportunidad.

Creo que a nuestras familias también les hará ilusión —dijo con una sonrisa ladeada, lo que indicaba que estaba a punto de anticiparse a los hechos—.

A lo mejor tu padre y tú podríais venir a cenar a casa, como antes.

Y deberías empezar a comer con Jay y conmigo en el instituto, en vez de sola.

—¿Y si me gusta estar sola? —preguntó ella.

Él sacó una navaja suiza del bolsillo y cortó un trocito de una rama para alimentar el fuego.

—Bueno, como quieras. Pero no creo que realmente sea así —respondió.

La rama lanzada empezó a soltar un humo oscuro debido a las hojas que aún tenía.

Mark maldijo por lo bajo y abanicó la humareda con la mochila.

Ella observó lo que hacía y, por un instante, vio superpuesto su rostro de niño sobre el actual.

—Vale —dijo ella—. Pero primero tendrás que presentarme a Jay. Creo que nunca he llegado a hablar con ella.

Mark dejó de pelearse con la rama. Su sonrisa era tan contagiosa que ella no se atrevió a mirarle mucho rato.

—¿En serio? ¡Vale! ¿Qué te parece si quedamos el próximo fin de semana en…?

Sus ojos se fijaron en algo detrás de ella y el resto de la frase se quedó en el aire. Soojin miró por encima del hombro hacia el aparcamiento del que habían venido. Varios coches descendían por la carretera del acantilado, con las luces largas cortando la noche.

—Vaya. Pues parece que vas a tener la oportunidad de estar con ella mucho antes —anunció Mark. La gente bajaba de los coches y el estruendo de las voces y la música que salía de las ventanillas abiertas llegaba incluso desde tan lejos.

—¿Lo habías planeado? —preguntó Soojin.

—No, pero ya sabemos para qué era la hoguera abandonada. Debería haberlo imaginado —dijo a la vez que la ayudaba a ponerse en pie y le quitaba una mancha de ceniza del hombro—. ¿Quieres que nos vayamos?

Soojin observó al grupo de estudiantes de último curso que se desperdigaban por la arena mientras las linternas de sus móviles barrían la oscuridad como ojos nocturnos.

Irse sería la opción pacífica, la más cómoda.

Pero había una parte de ella que se sentía resignada a la noche.

Además, el grupo ya los había visto y se acercaba, y algunos de ellos saludaban y llamaban a Mark.

—No, está bien.

Una chica menuda de pelo rizado caoba fue la primera en llegar hasta ellos. Abrazó a Mark con fuerza y, a pesar de lo pequeña que era, lo levantó del suelo.

—¡Eh, tú! ¡Pensaba que no ibas a salir! —exclamó la chica, antes de volverse y fijar sus ojos en Soojin.

Jay era una monada, con un aire de princesa Disney, los amables ojos avellana y algunas pecas esparcidas sobre las mejillas sonrosadas.

Se sorprendió al ver a Soojin, pero se recuperó rápidamente y le dedicó una sonrisa.

—¡Hola! ¡Qué bien verte por aquí! —dijo Jay como si se conocieran desde hacía años, lo cual, en cierto modo, era verdad.

Aunque apenas habían hablado, llevaban compartiendo clases desde primaria.

Todo lo que Soojin sabía de ella era por ósmosis.

Sabía que Mark y Jay ahora eran mejores amigos.

Sabía que Jay tenía una novia a distancia que había conocido a través de un videojuego multijugador, lo que había desatado un mes entero de cotilleos hasta que apareció el siguiente supuesto escándalo y el pueblo desvió su atención hacia otro lado.

A Soojin siempre le había molestado eso de Jade Acre, la forma en la que incluso los desconocidos podían saberlo todo los unos de los otros.

El resto del grupo los alcanzó; hablaban todos a la vez y por encima de la anticuada radio que alguien llevaba bajo el brazo como si fuera un balón de fútbol americano.

Algunas miradas se detuvieron ante la presencia inesperada de Soojin, pero no durante mucho tiempo, ya que todos se pusieron a desplegar lonas o arrastrar leños para sentarse.

Alguien había traído una nevera portátil y sacó de ella un par de botellas de vodka cubiertas de condensación, un paquete de vasos de plástico y varias garrafas de zumo de naranja.

No tardaron nada en preparar torpemente unos destornilladores, con más vodka que zumo, y repartirlos.

—Toma. —Jay intentó ponerle un vaso en la mano a Soojin. El zumo diluido se desbordó y les mojó las manos a ambas. Incluso desde lejos, olía ácido, como el limpiador de cáscara de naranja que usaba su padre para los suelos de madera—. ¿Bebes? —preguntó.

Solo una vez. Cuando eran niñas, Mirae y Soojin habían robado un poco de vino de frambuesa del frigorífico. Lo que siempre habían imaginado como algo dulce sorprendió sus lenguas con taninos. Rellenaron la botella con zumo de uva creyéndose muy listas, pero, por supuesto, las pillaron.

Su padre se había escandalizado, pero Madre lo había encontrado divertidísimo.

Les había prometido que, cuando cumplieran quince años, compartiría con ellas algo de soju en la mesa familiar.

Era importante que los adolescentes bebieran por primera vez con la familia para que aprendieran sus límites antes de empezar, inevitablemente, a beber con sus amigos, les había dicho.

Pero no vivió lo suficiente para cumplir aquella promesa.

Mientras Mirae había seguido bebiendo ocasionalmente en fiestas, aquellos tragos furtivos bajo la luz blanca del frigorífico fueron la última vez que Soojin había tomado alcohol.

No tomó el vaso que Jay le tendía. Detrás de ella, oyó a Mark intentando convencer a quien preparaba las bebidas de que le sirviera solo zumo de naranja.

—No tienes por qué beber si no quieres, ¿eh? —dijo Jay con despreocupación—. Más para mí.

Mark volvió con ellas, triunfante con su zumo sin alcohol.

—No, quiero probarlo. Gracias. —Soojin tomó el vaso de la mano de Jay y los tres chocaron los vasos. El primer sorbo fue horrible, le dio arcadas.

—Debería haberte avisado de que es asqueroso. Es lo más barato que hay, básicamente quitaesmalte —rio Jay mientras daba un sorbo sin inmutarse.

—No estaría tan mal si Damien no insistiera tanto en que la proporción correcta para un destornillador es mitad vodka y mitad zumo —dijo Mark en voz alta, con lo que se ganó una peineta amistosa del chico que mezclaba las bebidas—.

No te sientas obligada a acabártelo. No vas a herir los sentimientos de nadie si decides tirarlo en la arena.

No sabía precisamente bien, pero había algo en el ardor lento que le provocaba en el estómago que a Soojin le resultó agradable. Le gustaba cómo el amargor espantoso anulaba la parte de su cerebro que pensaba. Dio otro sorbo y, ahora que la lengua sabía qué esperar, no le pareció tan malo.

Llegaron un par de coches más que cargaban una avalancha de aperitivos, refrescos y un paquete de cervezas.

Soojin, tras probarla, decidió que sabía a orina carbonatada.

Se encendió a toda prisa una segunda hoguera para dar cabida a la creciente fiesta.

Parecía que habían venido todos los alumnos de los cursos superiores, junto con algunos de segundo.

Bentley Porter, el recién llegado hijo pródigo de Jade Acre, apareció tarde, ya borracho, con una pretenciosa petaca en el bolsillo.

Echó un vistazo a Soojin y alzó una ceja, sorprendido, lo que provocó en la chica una antipatía visceral, pero pronto lo perdió de vista entre la multitud que se movía y se mezclaba alrededor de ellos.

Nadie más le prestó demasiada atención, salvo para chocar sus vasos de plástico con el suyo y charlar de forma casual sobre el instituto o lo borrachos que estaban.

Las conversaciones eran lo bastante impersonales como para esconderse tras ellas, y Soojin se dio cuenta de que no había mejor lugar en el mundo para desaparecer que una fiesta.

Finalmente, Mark volvió a aparecer junto a ella tras haber navegado socialmente entre la multitud. Señaló un tronco cerca del fuego y se sentaron, una pequeña mancha de calma en un mar de actividad.