El río sabe tu nombre 5
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Soojin estaba fregando los platos cuando le vibró el móvil.

Sin mirar, ya sabía que era Mark. La única otra persona que podía escribirle era su padre y ese fin de semana estaba en casa.

Se secó las manos con el delantal y miró el teléfono.

Efectivamente, el nombre de Mark Moon brillaba en la pantalla.

Transcurrida una semana desde la resurrección, las cosas entre ellos habían cambiado.

Él aún le dejaba su espacio, pero, a veces, después de clase, se quedaba junto a la puerta para esperarla a la salida y caminaban juntos, charlando de cualquier cosa.

Un par de días atrás, cuando le entregaba unos banchan que había preparado su madre, Mark sacó de su mochila dos latas de Milkis de fresa y se sentaron en la escalera del porche a beberlas.

—Te gusta esta bebida, ¿verdad? —le había preguntado mientras sorbían el batido de leche con burbujas y observaban cómo el sol desaparecía tras la línea de árboles—. Supuse que sí, si le pusiste ese nombre a tu rata.

Era un intento frágil de revivir una amistad muerta desde hacía tiempo. Soojin no terminaba de fiarse, pero mentiría si dijera que no le resultaba un poco agradable.

MARK:

¿Qué haces?

SOOJIN:

Mi padre está en casa este fin de semana.

Por favor, dile a tu madre que no necesito comida.

MARK:

No es eso... ¿Estás libre?

Soojin cerró el grifo y se apoyó contra la isla de la cocina.

Pensó que sí, que estaba libre. Aunque su padre regresaba los fines de semana, no pasaban mucho tiempo juntos.

Agotado tras la jornada laboral, normalmente decía unas palabras por compromiso durante la cena.

Ella lo entretenía con historias sobre amistades imaginarias que no tenía y él se retiraba temprano a su habitación con un pequeño vaso de licor.

De algún modo, se habían convertido en fantasmas el uno para el otro y se veían, sobre todo, de refilón mientras se encerraban en sus cuartos o salían por la puerta principal.

SOOJIN:

Supongo que sí, ¿por qué?

La respuesta llegó de inmediato.

MARK:

¿Quieres salir?

Soojin miró hacia la puerta de su padre.

Las luces estaban apagadas, pero se oía el sonido de los presentadores de las noticias.

Probablemente ya estaba medio dormido, algo ebrio.

Era sábado, poco después de las nueve. Años atrás, los sábados por la noche habían sido noche de juegos.

La familia se reunía en el salón para picar algo, jugar al Monopoly y tener una excusa para hablar a gritos entre risas.

O, al menos, Padre y Soojin se gritaban, aunque al final todos terminaban riendo.

Era fácil olvidar que alguna vez Soojin y su padre habían tenido esa clase de relación.

Quizá, si entonces hubieran sabido que su cómoda charla dependía de la presencia mediadora de Mirae y Madre, podrían haber construido una base más sólida entre ellos dos y, tal vez, habrían salvado lo poco que quedaba de su vínculo.

SOOJIN:

Claro.

MARK:

¡Genial! Paso a buscarte en veinte minutos.

—¿Y a dónde vamos? —preguntó Soojin. Hacía frío y se le habían olvidado los guantes. Se calentó las manos entre los muslos hasta que Mark se dio cuenta, subió la calefacción y giró la salida de aire hacia ella.

—Hoy es el último día despejado que va a haber en bastante tiempo. La semana que viene lloverá a cántaros, así que pensé que debíamos aprovecharlo —dijo. Olía a antiséptico; venía directo del crematorio. Con su sudadera gris deshilachada, iba poco abrigado para el clima.

—¿Y qué propones?

—¡La playa!

—¿Estás de broma? Hace frío.

—No seas exagerada, no está tan mal. Además, tengo un plan para mantenernos calientes, no te preocupes. —Le guiñó un ojo.

Lo que habría sonado lascivo en boca de cualquier otro chico, en la de Mark resultaba completamente inocente.

Fue lo único que evitó que ella le diera un manotazo en el hombro.

Bueno, eso y que él conducía por una carretera muy estrecha, que solo era visible gracias a las luces largas que llevaba encendidas.

—¿Y cuál es ese gran plan?

—Esta mañana estaba corriendo por la playa y vi que alguien había preparado una fogata, pero no había llegado a encenderla. Peor para él, nosotros vamos a tener nuestra propia hoguera —dijo con los ojos brillantes.

Tras alejarse del aparcamiento, alzó la linterna hacia el mar. Tenía razón. Alguien había montado un círculo de piedras y ramas secas, y luego se había arrepentido. Tal vez le pareció que hacía demasiado frío para semejante tontería. Sería una persona sensata, algo que claramente Mark no era.

Aun así, Soojin no podía negar que había algo extrañamente agradable en estar allí en una fresca noche de septiembre.

Solo había ido a la playa así de tarde con su familia y siempre en verano, cuando la arena estaba salpicada de hogueras y retumbaba con el estrépito de varias radios al mismo tiempo. Esto era mejor.

A medida que la luz tenue del aparcamiento quedaba atrás, solo su linterna de acampada los iluminaba.

La luna y sus reflejos en cascada se deslizaban por la superficie del agua desde el horizonte hasta la orilla.

Por lo demás, la oscuridad era total, como si caminaran solos dentro de un útero, con un cielo negro y amniótico, y el sonido de las olas rompiendo.

Llegaron al círculo de piedras y Mark se puso manos a la obra. Sacó de su mochila, repleta hasta reventar, una caja de cerillas. Encendió una y la acercó al matorral seco hasta que la llama prendió y devoró la pila de ramitas.

El calor era delicioso. Soojin solo retiró las manos de su alcance cuando Mark sacó una bolsa de nubes y dos palillos metálicos largos.

—No tuve tiempo de pasar por la tienda a comprar brochetas, así que… —explicó, con una sonrisa avergonzada mientras pinchaba una nube en la punta del palillo.

—Innovador —comentó ella imitando el gesto y bajando su palillo hacia el fuego.

Tostaron las nubes en silencio, hasta que la de Mark se incendió.

Maldijo y sopló rápido para apagarla, pero la nube ya estaba negra como el carbón y empezaba a deslizarse del núcleo fundido.

Mark la levantó y la costra chamuscada se desprendió del todo, dejando el centro pegajoso en el palillo. Se llevó la parte quemada a la boca.

—¡No te comas eso! Es malísimo —le advirtió Soojin, pero él la esquivó y se lo tragó.

—Es la mejor parte —replicó con los ojos arrugados de satisfacción… hasta que la masa fundida le cayó sobre el regazo como si fuera caca de gaviota—. Ay, no… —murmuró.

La expresión trágica de su cara le arrancó una risa a Soojin.

Se sorprendió del sonido, de lo abierto y claro que fue.

Aunque durante años había rechazado la compañía de cualquiera que no fuera de su familia, con Mark se sentía cómoda.

Él la desarmaba. Después de tanto tiempo alimentando su arsenal interior, Soojin ya no sabía quién era sin dicho arsenal.

Se obligó a dejar de reír y volvió a concentrarse en el palillo que tenía entre los dedos.

—No tienes por qué hacer eso, ¿sabes? —dijo Mark, bajando el palillo hacia el fuego y chocándolo suavemente con el de ella.

—¿El qué?

—Obligarte a dejar de reír. Disfrutar no es nada de lo que haya que avergonzarse. —Sopló el humo de su segunda nube y, tal vez para evitar que ella lo reprendiera, arrojó las partes más quemadas al fuego antes de comérsela.

—Yo no… —empezó a decir, pero su nube se prendió en ese momento y se interrumpió para apagarla.

En realidad, no tenía respuesta. ¿Acaso le daba vergüenza sentirse bien?

No lo había pensado. Desde que murió Mirae, no había disfrutado de nada.

Iba de la escuela al trabajo en el restaurante y de ahí a casa, como un fantasma.

Pero alguna vez se había permitido reír hasta que le dolió el estómago. ¿Cuándo se había acabado eso? La muerte de Mirae había sido el golpe final, sin duda, pero su desconfianza hacia la alegría venía de antes.

Debió de empezar cuando el coche de Madre se estrelló, hacía muchos años.

Soojin recordaba ese día con la nitidez imposible de la tragedia.

Padre tenía fiebre, así que Mamá había ido a por aspirinas a la licorería, el único lugar abierto tan tarde en aquel pueblo adormilado.

Era una noche inusualmente lluviosa y perdió el control del coche.

Cayó en una zanja. Como, con el mal tiempo, nadie pasaba por esas carreteras secundarias, había transcurrido una hora antes de que alguien viera el coche y llamara para pedir ayuda.

Cuando llegó la ambulancia y lograron soltarle el cinturón, Mamá ya había muerto.

Soojin estaba haciendo los deberes cuando su padre recibió la llamada. Tumbada boca abajo, en su cálida casa, riéndose con su hermana. Fue el hecho de haber estado tan cómoda, tan feliz, mientras su madre moría sola, a pocos kilómetros de distancia, lo que Soojin nunca se había perdonado.

Mark se inclinó hacia ella en un intento de leerle el rostro y Soojin se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo callada.

—Perdona. ¿Me he pasado? —preguntó él guardando la bolsa de nubes medio vacía en la mochila. Luego le tendió un termo con té, en un gesto vagamente conciliador—. Olvida lo que he dicho.

Compartieron el termo, pasándoselo de mano en mano. El vapor se arremolinaba delante de sus mejillas, enrojecidas por el viento y el calor del fuego. En algún punto de las aguas oscuras, cantó una garza nocturna.

—No estoy enfadada —respondió por fin. Mentira.

Sí que lo estaba. No con Mark, sino con el pasado.

Con la forma en que su brillo idílico apagaba el presente hasta convertirlo en un negativo, una posimagen de sí mismo—.

Solo estaba pensando. —Terminó ahí la frase, pero su continuación flotaba en el aire, obvia para los dos.

El fuego crepitó y una brasa se elevó con esfuerzo en el aire antes de posarse en el brazo de ella, convertida en ceniza.