El río sabe tu nombre 4
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El verano que Mirae cumplió seis años, se le cayeron cinco dientes en el transcurso de una semana.

El primero, mientras dormía. Se había despertado con él junto a la almohada, al lado de una pequeña mancha de sangre diluida en saliva.

El segundo y el tercero, tan sueltos que se movían cuando silbaba, necesitaron un poco de ayuda.

Madre ató un hilo a ambos dientes, con una mano preparada al costado de Mirae y la otra sujetando el extremo del hilo.

«Uno, dos, tres...», dijo, y entonces le hizo cosquillas.

Cuando Mirae echó la cabeza hacia atrás, riendo, los dientes cayeron sin dolor, arrastrados por el hilo.

Los dos últimos se le cayeron en la iglesia, jugando con Soojin y Mark.

Eran los únicos niños de la congregación, y siempre los dejaban salir antes del servicio para que se desfogaran en el patio de juegos, con un fondo de himnos grave y ascendente cantados en coreano.

Al subir por la escalera del tobogán, le falló un pie, se golpeó la cara con el borde metálico y se partió el labio.

Escupió los dos dientes inferiores y rompió a llorar mientras Soojin salía corriendo en busca de su madre y Mark le limpiaba la sangre de la boca con la manga de su planchadísima camisa de ir a la iglesia.

Esa noche, en casa, Mirae estaba inconsolable. La familia de Mark había ido a cenar y se oía el ajetreo de los adultos en la planta baja. Aunque todas las ventanas estaban abiertas, la casa seguía llena del olor del humo de la panceta que chisporroteaba.

Pero Mirae no tenía hambre, ni siquiera sabía si podría masticar. Cuando abrió la boca frente al espejo, se vio parecida al coyote de aquellos dibujos antiguos de los domingos, al que se le caían los dientes como teclas de piano. Hundió la cara entre las manos.

—Vamos, no es para tanto —consoló Soojin, aunque su carita reflejaba preocupación, como si estuviera viendo su futuro y no le gustara. Soojin y Mark eran un año menores que Mirae y ella aún conservaba todos sus dientes de leche.

Mark se sentó frente a Mirae.

—Déjame ver —dijo. Llevaba puesta la chaqueta morada de punto con lentejuelas de su madre mientras le empapaban la camisa en vinagre para quitarle la sangre. Podían caber dos Mark Moon dentro de esa chaqueta; parecía un lagarto tropical con piel de sobra.

Mirae negó con la cabeza.

—No eres la única, ¿sabes? ¿Quieres ver los míos? —Él abrió bien la boca y, efectivamente, le faltaba un colmillo y, en su lugar, un pequeño brote blanco empezaba a asomar en la encía—. Puedo silbar con él —aseguró y lo demostró silbando un poco.

Mirae miró la ridícula ranura entre sus dientes antes de abrir la boca de mala gana para que Mark y Soojin pudieran mirar dentro.

Mark se echó a reír de inmediato. Soojin trató de callarlo con un codazo, pero eso solo le hizo reír más.

—¡Has prometido que no te reirías! —protestó Mirae, aunque él no había prometido nada. Pero Soojin ahora también sonreía, contagiada por su risa.

A Mirae no le hacía ninguna gracia.

Él se enderezó lentamente, con la cara aún iluminada por la risa.

—Perdón. No está tan mal, de verdad.

Cuando Mirae hizo un ruidito, poco convencida, Mark se rascó la barbilla con solemnidad y dijo:

—Hagamos una cosa.

Abrió la boca y empujó hacia adelante con la lengua uno de sus dientes de leche. Ya estaba suelto y cedía fácilmente, como la puerta de una gatera, al borde del desprendimiento.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Soojin y, cuando se dio cuenta de lo que intentaba, le dio un golpe y chilló—. ¡Puaj, para!

Mark siguió presionando hasta que el diente se inclinó casi en horizontal y la raíz terminó de soltarse. Entonces, le cayó en la palma, brillante de saliva y levemente enrojecido en la base.

Sonrió triunfal, mostrando dos huecos en su dentadura.

—¿Ves? No está tan mal. Ahora vamos a juego.

A la mañana siguiente, Madre y Padre sacaron a Mirae al exterior, junto con sus dientes de leche, que resonaban en un cuenco. Le dijeron que los lanzara hacia el cielo, uno a uno, tan fuerte como pudiera. Si no volvían a caer, significaba que Dios los había recogido y le concedería un deseo.

Pidió su deseo y los lanzó con fuerza, uno a uno. Ninguno volvió a caer a la tierra. Mirae dio saltos de alegría mientras el viento le silbaba a través de los muchos huecos de la boca. Su padre la alzó por encima de los hombros y la hizo girar y girar. Le preguntó qué le había pedido a Dios.

Mirae soltó una risita y alzó los brazos hacia el cielo, pero nunca le contó su deseo.

Los dientes, por supuesto, simplemente habían caído sobre el tejado.

Algunos se los llevarían los cuervos, atraídos por su brillo marfileño, y los demás serían arrastrados por las próximas lluvias.

Uno caería por el desagüe y regresaría a la tierra repiqueteando para que Madre lo encontrara.

Durante mucho tiempo, Mirae creyó que sus dientes de leche los había recogido el cielo, y el recuerdo del lanzamiento quedó envuelto en la magia persistente de la infancia.

Su madre dejó que lo creyera algunos años más, hasta que un día sacó de un cajón una bolsa hermética con un solo molar dentro.

Se rio poniéndolo en la mano de Mirae. Le preguntó, divertida, qué había deseado tantos años atrás.

Los detalles eran borrosos, pero Mirae respondió…