El río sabe tu nombre 3 #3
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Soojin no estaba acostumbrada a verlo de nuevo en su habitación. Era un choque de épocas de su vida, que había quedado partida en dos: las horas previas a las muertes y las horas posteriores.

—¿Recuerdas aquella vez que a Mirae se le cayeron un montón de dientes de leche y tú te arrancaste uno para hacerla sentir mejor? Estabas justo ahí, donde estás sentado ahora.

Él no lo recordaba.

—Aún lo tengo. No el tuyo, claro. El de Mirae. Ella creía de verdad que Dios los había recogido, pero en realidad se habían quedado atascados en la canaleta del tejado… Una larga historia. Mi madre encontró uno después de que lloviera.

Soojin se levantó y sacó una bolsa hermética con un único diente de leche en el fondo. Era la forma más rara del mundo de ponerlo a prueba, pero si él reaccionaba con asco, sospechaba que lo echaría.

No lo hizo. Tomó la bolsa en la mano y estudió el diminuto diente a través del plástico oscurecido.

—Soo, por favor, no me digas que guardaste esto para traer de vuelta a Mirae…

—No lo digas ni en broma —lo interrumpió Soojin—, aunque mentiría si dijera que nunca he soñado con eso.

De su madre no había quedado nada que enterrar, pero de su hermana tenía esta reliquia. El diente estaba intacto, reluciente. Lo bastante sano como para engendrar nueva vida.

—No estaba bromeando —dijo él en voz baja.

—Nuestro don no está exento de un precio, Mark.

Mi madre nos hizo prometer que nunca resucitaríamos nada más grande que animales pequeños y, aun así, no muy seguido.

Hubo personas en mi familia que no siguieron esa regla y al parecer no les fue muy bien —dijo Soojin, con un tono más despreocupado del que pretendía.

No estaba segura de por qué, pero de pronto se sintió irritada.

»Mi madre solía contarnos una historia sobre una tía abuela.

A su hermano menor le habían disparado durante la guerra.

Era su único hermano vivo. Por más que el resto de la familia intentó que aceptara el hecho, ella no fue capaz.

Llevó su cuerpo a cuestas hasta que no pudo más.

—Soojin tragó saliva. Podía oír los tábanos zumbándole en el oído.

Estaba segura de que Mirae y ella habían escuchado a esa tía abuela una vez, años atrás, gritando histérica mientras Milkis volvía a la vida, a trompicones, entre sus manos.

Fue horrible, una sílaba ininterrumpida de horror animal.

Después de aquello, habían pasado al menos un año sin resucitar nada—.

Al final, mi tía abuela le cortó un dedo y quemó el cuerpo.

Intentó devolverle la vida. —Mark ya no jugueteaba con el diente.

Se había quedado completamente inmóvil, absorto.

»Durante un tiempo creyó que lo había conseguido.

Su hermano volvió, perfecto. Sin heridas, con las mejillas regordetas, como si no hubiese pasado hambre durante meses.

Pero no conseguía que hablara. Era como si estuviera, pero a la vez no.

Cuando nadie lo vigilaba, se metía puñados de arena en la boca.

Vomitaba barro cada noche y se quedaba sentado, sucio, hasta que alguien lo limpiaba.

—Murió. Otra vez —susurró Mark.

—Sí. Y el esfuerzo de la magia acabó también con mi tía abuela solo unos meses después de haberlo resucitado.

Cuando murió, tenía el cuerpo lleno de moratones y la nariz le sangraba constantemente.

O eso me contaron. —Soojin no sabía cuánto de aquello era alegórico, una estrategia de Madre para inculcarles prudencia—.

Mi padre no soportaría otra pérdida, Mark —dijo, tan bajo que él se inclinó hacia adelante para oírla—. Sé que no. Por eso no puedo hacerlo.

Pero no era solo la posibilidad del daño físico lo que la detenía; eran las palabras de Mirae.

Poco después de que Madre muriera, hubo una noche en que las dos hermanas se acurrucaron en esa misma habitación.

Padre aún no había salido de la suya, momentáneamente anulado para la paternidad.

Todas las luces estaban apagadas, pero la luna llena de otoño que se filtraba por las cortinas bañaba el interior de la casa con una luz diáfana de color coral.

—Podemos arreglar esto —había dicho Soojin en coreano, el idioma al que recurría en sus momentos de mayor vulnerabilidad.

Lo dijo llorando mientras apretaba la mano de Mirae.

No era una súplica razonada, estaba rogándole—.

Podemos revisar la urna. Tiene que haber algo.

Podemos traer a mamá de vuelta si lo hacemos juntas.

—¿Y para quién sería eso, Soo? —preguntó Mirae.

—Para todos. Para papá.

Mirae negó con la cabeza.

—Mientes —acusó—. No puedo perdonar ese tipo de mentira.

Mirae no le dio opción de discutir. Soojin no volvió a mencionar la resurrección.

—Odio esto —dijo ahora. Una lágrima amenazó con brotarle del extremo del ojo y parpadeó con fuerza para contenerla.

La mano de Mark se alzó, como si fuese a acariciarle la mejilla, tal y como podría haber hecho diez años atrás. Pero se lo pensó mejor y la dejó caer sobre el escritorio con un golpe sordo.

—Lo siento mucho.

Soojin no supo qué responder. Recuperó la bolsita con el diente de su hermana de la mano lacia de Mark y la guardó de nuevo en el cajón.